Hay un volcán en Cuernavaca

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Menciona uno Cuernavaca y a los pocos segundos, alguien cita el nombre de Malcolm Lowry. Tal vez algunos se puedan sentir molestos por este hecho pero no es ese mi caso porque en lo que a mí respecta, es un placer siempre recordar al escritor de Bajo el volcán. Si acaso lo único un tanto fastidioso es que únicamente se lo conozca por este libro pero esto es algo que también me parece justo puesto que su novela, esa especie de poema apocalíptico, es tan absorbente, que encuentro lógico que haya empequeñecido a las restantes que escribiera. Que no fueron muchas. Basta con leer su carta al editor Jonathan Cape, traducida en España con el nombre El volcán, el mezcal y los comisarios, para tomar conciencia de la gigantesca empresa llevada a cabo por el autor inglés; hasta qué punto puso su alma y sabiduría al servicio de un texto por cuya creación estuvo a punto de morir o enloquecer. No sé, eso sí, si tanto por lo absorbente de su composición como debido a sus recurrentes y tantas veces citados problemas con el alcohol. Supongo que una mezcla de ambos aspectos pues, llegado a un punto de su vida, Lowry debía ser muy consciente de que o finalizaba ese alucinado poema lírico que lo enloquecía y le insuflaba vida a partes iguales o moriría en el más puro anonimato a pesar de ser un genio.

En fin, Bajo el volcán es una novela tan compleja y apocalíptica que para hablar de ella con un mínimo de propiedad debería consagrarme a este trabajo al menos durante un mes y hoy sólo deseaba mencionarla porque me encuentro de nuevo en la ciudad donde fue escrita en su mayor parte. De hecho, se desarrolla allí. Hablo, claro, de Cuernavaca. Una urbe mágica donde siempre hace calor, situada entre volcanes, en la que a menudo he disfrutado de muy buenos momentos. Pasé muchos fines de semana entre sus muros cuando vivía en el DF. Aquí se hallaba un buen amigo y si no tenía la oportunidad de verlo, me dirigía al temazcali Mayahuelcalli a tomar ese baño místico de vapor entre silenciosas, suntuosas mujeres cuyo comportamiento no era muy diferente al que hubieran tenido un siglo atrás. También solía disfrutar de las luchas libres que se disputaban los domingos en las que el contacto con los luchadores era prácticamente íntimo dada la escasa distancia con el escenario. Y obviamente, disfrutaba mucho contemplando a decenas de personas bailar en las plazas cercanas al imponente Palacio Cortés.

Escribo este texto ahora, en un restaurante que ha cambiado de lugar y nombre. Antes se llamaba Casa Frida y era una especie de pequeño santuario silvestre dedicado a la pintora mexicana y otros artistas, y ahora se denomina don Melchor y se encuentra junto al parque del mismo nombre. La última vez que hablé con su propietario, Hugo Pozos, no sabía si mi destino estaría en EUA y recuerdo que él me dijo que no tenía nada que hacer allí como así se ha demostrado. Se ha sorprendido al verme. No sabía que volví a su país hace más de un año. Ha conseguido rehabilitar el frondoso parque que se encuentra junto a su local y prepara todo tipo de exposiciones y performances artísticos en él. Me alegra verlo tan activo y, en cierto sentido, lúcido. Es un personaje que tengo asociado con la voluptuosa locura que envuelve esta ciudad bohemia y embriagadora.

En realidad, Cuernavaca es una ciudad contradictoria. Se encuentra llena de características dísímiles. Es silenciosa, festiva, nocturna y oscura. Lo más parecido, en suma, a una ciudad de leyenda donde tanto lo que se hace público de ella como lo que se encuentra oculto, es eterno. Y supongo que por estas razones, me ocurre siempre al visitarla que comienzo a sentir que el tiempo no existe, vivo rodeado de fantasmas y la distancia entre la vida y la muerte es mínima. De hecho, si una silla se moviera a mi alrededor en un bar o la habitación en la que duermo, no me extrañaría. Tampoco si durante la noche se me apareciera la muerte, me diera un beso y bailara conmigo. En parte, de esto habla Bajo el volcán pero, eso sí, bajo sus propios términos y códigos. Lo que, en definitiva, tengo claro es que gran parte de la sobriedad y seriedad occidentales se disuelven diariamente aquí entre océanos de aire confusos y las leves máscaras de humo que flotan en el ambiente. Una característica que hace que todos los que paseamos por esta urbe llena de sombras y claroscuros violentos, nos sintamos hijos del sol y la luna, las estrellas y el mar, y que bebamos alcohol convencidos de que es una bebida que los dioses nos concedieron para que experimentásemos lo que es la inmortalidad. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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