La guerra del cerdo (8)

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Prosigo con mi particular diario –La guerra del cerdo– y dejo a continuación algunas de mis últimas impresiones y experiencias con ese mundo cotidiano que, a medida que la pandemia avanzaba, ha terminado convirtiéndose en un delirante e ingobernable trip.

Quien desee por cierto leer la anterior entrada, sólo tiene que pinchar aquí: http://www.averiadepollos.com/biografia/la-guerra-del-cerdo-7/

La guerra del cerdo (8)

Comienzo a correr por la playa diariamente. Esa es la forma que tengo de mantenerme con ciertos niveles decentes de optimismo. Algo que me recuerde que la vida es algo más que pagar impuestos, asistir a debates estériles de políticos y competir hasta con el último hijo de vecino. Mientras corro, únicamente pienso en acabar la distancia que me he propuesto alcanzar. No rendirme. Resistir. Durante una hora nada logra descentrame. El sol, el calor, las rocas, el agua deslizándose por la planta de mis pies son ahora los protagonistas. El aire puro me ayuda a fijarme en detalles distintos de los discos a los que antes o después dedicaré un avería. Se me ocurren algunos temas para el blog y agradezco estar vivo. Al menos estos momentos nadie podrá quitármelos.

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Leo en twitter a un usuario conjugando la siguiente frase: «yo no me vacuno, tú no te vacunas, él no se vacuna, nosotros no nos vacunamos, vosotros no os vacunáis, ellos no se vacunan». Otro usuario le responde: «yo me vacuno, tú te vacunas, el se vacuna, nosotros nos vacunamos, vosotros os vacunáis, ellos se vacunan». A continuación, se suceden insultos y agravios sin fin e indecibles.

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Por supuesto, corro sin mascarilla. A veces termino agotado. Necesito recuperarme durante unos segundos. De tenerla puesta, podría desmayarme. Caer fulminado al suelo. Casi todos los que se cruzan conmigo, tampoco la llevan. Pero algunos sí. La mayoría de los que la portan, cuando me ven a lo lejos correr sin ella, comienzan a apartarse levemente hasta que una amplia distancia nos separa. Entiendo que actúan así porque creen que podrían contagiarse. Y en ese caso, no lo veo mal. Pero no puedo evitar considerar grotesco este comportamiento. Imaginad decenas de personas corriendo o caminando por la playa haciendo esfuerzos por distanciarse lo más posible de sus compañeros. No suena cabal.

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Veo en twitter imágenes de distintas personas colocando imanes en la zona del brazo donde fueron pinchados al inyectarles la vacuna contra el coronavirus. Según dicen, esa vacuna contiene elementos metálicos «pesados» y la prueba de los imanes lo corrobora.

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Leer a Thomas Bernhard es mi más efectiva manera de combatir la locura cotidiana. Es muy difícil que alguien pueda destrozar las rabiosa telas de araña literarias construidas por el escritor austriaco. Las proclamas habituales de las redes sociales parecen juegos de niños frente a sus perversos castillos literarios.

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Los integrantes del culto covidiano van aún más lejos. Aseguran que la vacuna contra el coronavirus contiene un microchip. Según parece, una prueba flagrante de este hecho es la premura con que los medios oficiales han negado que contenga algún tipo de elemento metálico. Si lo hacen, aseguran, es porque tienen algo muy grave que esconder.

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Cuando corro, de tanto en tanto, encuentro mascarillas enterradas en la arena o flotando en el agua. Muy de tanto en tanto. Pero aparecen. Como recordatorios del mundo al que voy a volver a introducirme en cuanto encienda la computadora, lea un periódico o charle con alguien guardando si es posible una distancia prudencial.

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Reparo ahora en una noticia que fue muy importante durante los últimos días. Un cohete chino fuera de control que algunos expertos (cuyo nombre nadie cita) pensaban que podía caer en el centro de Madrid. Según parece, hubo personas que lo relacionaron también con el coronavirus y las vacunas. Aseguraban que ese cohete nos advertía de algo muy importante relacionado con esta humanidad completamente a la deriva. En esto último debo reconocer por cierto que yo también estoy de acuerdo. Totalmente de acuerdo.

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Últimamente he de reconocer que también me relaja leer libros sobre ufología. Soy totalmente escéptico con la naturaleza humana. Teniendo en cuenta los delirantes acontecimientos semanales, no creo ya que la humanidad se salve si no es debido a la fulgurante llegada de otras razas del espacio exterior. Así que me siento a disfrutar del Apocalipsis leyendo sobre avistamientos ovnis. Strieber, por ejemplo, tuvo la impresión de «haber estado cara a cara con Dios» tras su famoso encuentro con los visitantes narrado en Comunión. Y llegó a la conclusión de que «somos literalmente Dios en su expresión material». Una afirmación que, en otros tiempos, me haría considerarlo un loco pero que, en los tiempos actuales, me hace casi tenerlo por un visionario.

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La de los corredores desviándose unos de otros en la playa es una imagen poética. Imagino a un policía en una película de ciencia ficción observando con sus prismáticos a sus cobayas corriendo entre la arena mientras sonríe entre dientes satisfecho y suena una melodía melancólica, minimalista.

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Bajo mi punto de vista, podríamos salvarnos si creyéramos en Dios y siguiéramos a rajatabla sus mandamientos o el ejemplo crístico. Pero nadie está dispuesto a hacerlo. Occidente se refleja perfectamente en aquella escena de Nostalgia, el filme de Andréi Tarkovkski, en la que múltiples jóvenes paseaban a su aire sin prestar atención al combativo discurso de fé pronunciado por Doménico. Algo que, a estas alturas, no me parece bien ni mal. Entiendo que es algo comprensible por muchos motivos. Aunque no puedo evitar recordar aquella frase de Chesterton que rezaba que quien deja de creer en Dios, está condenado en creer en cualquier cosa. A las pruebas me remito de que el escritor inglés estaba en lo cierto.

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Recuerdo que cuando era niño vi un secuencia en televisión que me impactó. Un muchacho subido a una Ciclostatic sin cesar de pedalear en una habitación cerrada frente a una muchacha rubia en bikini que bebía una limonada con hielo. Tenía la impresión que aquel deportista moriría deshidratado ante la modelo. Y que, de alguna manera, esa escena era una metáfora del sistema en que vivíamos o al menos decía algo muy profundo y verdadero sobre el mismo.

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Hace varios días terminó el toque de queda en España. Las calles de distintas capitales de provincia se llenaron de jóvenes bebiendo, gritando, abrazándose y celebrando poder salir a la calle sin ser multados. Y ayer miles de marroquíes cruzaron ilegalmente la frontera de Ceuta. Sobre los hechos políticos no me voy a pronunciar. Únicamente diré que no es algo que me sorprenda. Sin embargo, lo que sí que me deja perplejo es un tweet de alguien que, a raíz de esta situación, clama contra la hipocresía médica. Se pregunta por qué motivo callan los médicos ante el hecho de que la mayoría de marroquíes que accedieron a Ceuta lo hicieran sin mascarilla y sin embargo, levantaron su voz como endemoniados posesos contra los jóvenes que llenaron las plazas de España tras el toque de queda. Minutos después vuelve a publicar otro tweet donde vuelve a preguntarse indignado sobre el porqué de este comportamiento y clama y desafía a que alguien se lo explique. Su último tweet del día es una arenga llena de insultos contra todos los médicos de España excepto los que alertan del peligro de las vacunas.

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Leo en Informe Comunión a Whitley Strieber diciendo lo siguiente: «Tengo la sensación de que estamos en un proceso de descubrir que el mundo a nuestro alrededor es, en realidad, puro attrezzo de cartón».

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Alguien afirma en twitter que no se vacunará y varias personas lo felicitan. ¡¡¡Somos La Resistencia!!!, escriben en mayúsculas y entre exclamaciones.

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Si alguien desea una prueba de que, en caso de existir, Dios es compasivo y nos ama, le invito a que se de una vuelta por twitter y teclee dos palabras: vacuna  y mascarilla. Cualquier ser que no tuviera un amor infinito por sus criaturas, no habría dudado en borrarnos del mapa para siempre hace tiempo. Shalam

يبدو أن الجنة مكان يتجنبه الرجال

El cielo pareciera ser un lugar que los hombres evitan

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

4 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….y un diente de oro………
    2ºimagen:….recuerdo «el septimo sello» y la «elocuencia» con que contesta el muerto «apestado» al escudero de los dos que vienen de «tierra santa»…….jajajjj
    3ºimagen:……es usted alergico a algo?…..si soy alergico a lo absoluto…………..
    4ºimagen:….sputnik-v…….vaccine…..https://www.youtube.com/watch?v=BuLI6B7AU-M….the byrds..mr spaceman ……..el «colegismo», mas chulos que un ocho….
    5ºimagen:…..quieto, no te muevas….no se leer…..foto como las que hacian en la primaria franquista……

    PD…https://www.youtube.com/watch?v=vnXbSGTg6dI….1963 …b. dylan…don´t think twice, it´s all right………

  2. Alejandro Hermosilla on

    1) homenaje a la serie V. Lagartos. 2) camino al limbo. Espera en el purgatorio. 3) Rec la película. El pinchazo antes de la transformación en monstruos de los que nos rodean. 4) Ashes to Ashes. Bowie en picado hacia el Absoluto. Grandes The Byrds. 5) No me fio de la fotografía. Prefiero la escritura. ¿Estaré posando bien? Casi que todo eso se puede leer en la mente de Chesterton en la foto. PD; bonita versión. Juventud, divino tesoro.

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