La resistencia

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Mi nochevieja en la República Dominicana terminó así. En una casa (que abre como bar durante 24 horas) de una diabólica estética kitsch con reminiscencias a las películas de Almodóvar, David Lynch y la santería, donde un dominicano vestido con un traje cuyo aspecto condensaba la agresividad de Toni Montana y la sensualidad caribeña, repetía una y otra vez como si fuera un loro: “Mi nombre es Alegría. Mi nombre es Alegría. Y es Alegría porque Dios se puso contento cuando nací”. Al terminar su monólogo, mirándome fijamente mientras decía que tenía un muy buen swing, abría una y otra vez sus brazos señalándome el tamaño de las lonchas de cocaína que podía probar si me decidía a irme con él y su hermanita -una prostituta en ropa interior- al baño. A él, yo le gustaba. Me dijo que sabía, tenía la certeza de que no era un mamahuevos. Porque los españoles somos firmes y seguros. Gente fuerte. Resistente y sin complejos. Y además, había tenido una novia española. Una muchacha oriunda, no sabía bien si de Cantabria o Valencia, con la que había durado un día. Shalam

           ذَا كَانَ الْكَلاَمُ مِنْ فِضَّةٍ يَكُونُ الصَّمْتُ مِنْ ذَهَبٍ

                 Las excusas son semejantes a las mentiras

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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