La vida fácil

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Siguen sin resolverse unos asuntos laborales que me trajeron a México y que ahora me están agobiando más de lo debido. No me hubiera gustado hacerlos públicos. Pero me referiré a ellos. Hace unos meses, recibí un nombramiento como investigador de tiempo completo por parte del rector de la Universidad Veracruzana, el Doctor Raúl Arias Lovillo. Este verano comencé a trabajar y todo parecía seguir el más feliz de los cursos. Pero un hecho cambió este idilio con Xalapa y su cultura. En agosto se produjeron elecciones a Rector en la institución en la que trabajaba y salió elegida la Doctora Sara Ladrón de Guevara. Una de sus primeras decisiones fue poner en cuestión los últimos 80 nombramientos del anterior rector entre los que me encontraba yo. Me llegó por ello una carta a mediados de octubre en que se me comunicaba que mi plaza pasaba a ser de interino, en febrero quedaba vacante y si quería conservarla, debía realizar unas Oposiciones. Debo decir que las Oposiciones a Universidad en México son mucho más sencillas que las tradicionales a Instituto de España. Se premia una trayectoria. Ese no es el problema. Probablemente, las hubiera pasado con facilidad. El problema es que la Institución que me contrató estaba incumpliendo las bases del contrato laboral o la plaza que se me concedió. Me aseguraron, es cierto, que convocarían Oposiciones en un plazo muy breve y que la plaza ofertada sería para un perfil parecido al mío pero supongo que se comprenderán mis temores y sentimientos. Las noches pasadas en blanco. En el vacío más feroz. Colgando del alambre. Secuestrado y ahorcado en el país que más había amado hasta entonces y donde la mayor parte de mis experiencias no es que hubieran sido buenas, sino grandiosas. Había días que no me podía levantar de la cama, dejé de hacer deporte y la rabia y la angustia soterradas que llevaba a flor de piel, las aproveché para concluir El jardinero y comenzar a urdir Ruido. Estaba en el paraíso y de repente, volví a vislumbrar las puertas del infierno.

En fin, intentaré volver a centrarme en el tema. Si esas Oposiciones no se llevaban a cabo, yo quedaba totalmente desligado de la Universidad sin posibilidad de protestar. Por lo que finalmente, puse una demanda. Supuestamente, este 10 de abril se podía haber solucionado el asunto ya fuera en junta de conciliación o juicio. Yo estaba ilusionado pero no fue así porque como hubo que ampliar la demanda hace unas semanas, los funcionarios de la Universidad Veracruzana pidieron tiempo para contestar la ampliación y se nos dio nueva fecha para resolver el litigio: el 22 de agosto. Como allí no habrá ya ampliación de demanda alguna, se empezará, supongo, a avanzar en positivo y comenzaré a vislumbrar la luz. Luz que ayer casi se oscurece completamente porque desde luego, fue un día malo. Malo de verdad. Estaba tomando un jugo de zanahoria en el mercado de la Rotonda y cayeron unas lágrimas y luego otras y luego muchas más. Estaba ciertamente desesperado. Pensando que jamás podría trabajar en mi especialidad por más bueno que fuera e interés le pusiera. Más que nada, por el rumbo avasallador de un mundo que no perdona las dudas y te hace pagar por cientos cualquier error. En fin, tampoco hay que dramatizar pero si alguien es capaz de observar con cierta objetividad el mundo y sociedad en que vivimos, supongo que no juzgará mis palabras como excesivamente disparatadas. Sí. Desesperanzadas, sí.  Ausentes de confianza, sí. Pero no disparatadas.

He pasado por todo tipo de momentos esta mañana. Como un drogadicto, a veces me encuentro tranquilo y otras, ansioso. Me cuesta controlar la situación porque no depende de mí absolutamente pero sí que entiendo que podría poner freno a ese nerviosismo que a veces, no me permite tener la serenidad necesaria para tomar ciertas decisiones y finalizar el libro que escribo: que creo que finalmente llamaré Martillo. Sobre mis neurosis ya hablaré en El libro del padre si es que  puedo llegar a escribir ese texto que tengo claro que sería una absoluta heroicidad concluir pues de momento, no veo atisbos de solucionar mis angustias y miedos cuya raíz por más que he comprendido y explorado, no he podido sanar. Ahora más bien, me interesa encontrar un sentido a la difícil situación laboral y por ende, existencial que experimento. Estaba meditando esta mañana a este respecto y he pensado que el objeto y foco se encuentra en este hecho: para poder redactar el libro en el que trabajo y que concluyo ahora era necesario disponer de tiempo libre y lo estoy teniendo. En este sentido, sus resultados me parecen satisfactorios y creo que han superado mis expectativas que, en ningún caso, hubieran llegado al nivel en que se encuentran ahora si hubiera tenido que combinar la escritura de este texto con la Universidad. Por otro lado, esta circunstancia me parece también esencial para centrarme en finalizar la segunda parte de la trilogía del horror. Pues si he de ser sincero y verdadero en ella y volcar todo mi odio y desesperación, entiendo que es justo que experimente las pruebas que atravieso ahora mismo. Si no, ¿cómo voy a hablar o referirme con exactitud al terror o el dolor?. Precisamente, estaba hoy escribiendo un pasaje en Martillo en el que hablo de los años pasados por Miguel de Cervantes en Argel. El personaje del libro, un poeta que realiza recitales como quien bebe agua, se refiere a esta época del escritor de Alcalá de Henares como central para la escritura de Don Quijote puesto que tan sólo un ser humano que ha experimentado el infortunio, la tristeza en grado sumo, se ha enfrentado a los múltiples reveses de la vida sobreviviendo a ellos y ha conocido los límites de la desesperación, puede expresar algo valioso sobre la experiencia humana o concebir un personaje como el caballero de la triste figura.

Obviamente, no me voy a comparar con el genial escritor. Eso sería una absoluta estupidez además de una insolencia. Pero supongo que se comprenderá a lo que deseo referirme. Que los libros son hechos por personas con alma y sentimientos y si estoy escribiendo de los temas a los que he aludido anteriormente y es cierto que en unos años voy a ser capaz de realizar un texto tan grande en propósitos e intenciones como El libro del padre, debo atravesar circunstancias un tanto ásperas y duras. Pues será así, que me encuentre en disposición de afrontar la escritura de un libro en el que, profundizando en mis frustraciones, temores y neurosis, acaso consiga sanar para siempre y jamás. Shalam

وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

Se oscurece el sol al mediodía y oscurece el alba cuando hay tristeza en el corazón

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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