Resaca

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Ayer volví de la República Dominicana y mi alma sufre. El corazón quema. Cualquier viaje, aunque sea de ocio y descanso como el que acabo de realizar, provoca distorsiones. Rupturas. Desgarros. Los viajes son drogas. Baudelaire lo supo ver con absoluta claridad. Con los ojos del lobo. Se vuelven adictivos tras un período de adaptación. Sin agujas. Hace tiempo que me mareo y suelo enfermar cuando viajo. Se está empezando a convertir en una costumbre terrible. Creo que porque me he convertido en un yonki de la escritura. Si no escribo ni leo, me siento fuera de lugar. Perdido. Rodeado por el vacío. Muerto. Sin respiración ni alma. Triste y confundido, como un perro sin amo. El espíritu del abandonado. Necesitado de nuevas dosis. Sin embargo, las conversaciones de los amigos, las playas, las nuevas aventuras, los rostros de las mujeres que van apareciendo, poco a poco sustituyen las imágenes de los libros. Y obras de arte. Se convierten en espejismos que lentamente comienzan a ser parte de mi nueva vida, confundirse con los recuerdos de otros tiempos y las frases de ciertas novelas, hasta que empiezo a familiarizarme con ellos, y los introduzco en mi mundo interior. De ahí el descontrol anímico, la atrofia corporal que experimento al separarme de ellos y volver al día a día. Los nuevos paisajes y personas, los amigos reencontrados eran similares a los libros que llenaban mis horas. Se habían convertido en personajes. Metáforas de vida. Heroína. Recuerdos de la locura. Porque los viajes como el arte, son droga. Emoción imprevisible. Una razón por la que vivir en un mundo cuya razón de ser, no es más que hacernos desear morir. Amar la muerte.

Lo malo de algunos viajes como de ciertos libros es que acaban. Y el alma lucha en agonía para resistirse al fin. Un viaje nunca debería terminar como tampoco debería hacerlo un verdadero libro. Ninguno nació de hecho para expirar. Su vocación siempre es continuar. Extenderse. Ampliar los límites del mundo y la mente. Anteriormente, las depresiones eran anunciadas por el aviso de la conclusión del verano. Ahora por los cristales pequeños de un avión. Un pasaporte a punto de caducarse. Hay demasiado dolor en el amor. Demasiado vacío. Las nuevas experiencias son humo. Se introducen en nuestras venas, nos destrozan y se van con idéntica facilidad. La vida no es indiferente. Nos obliga a tomar partido. Leer es olvidarse de uno mismo y viajar, recuperarse. Trabajar, por contra, destroza el mundo y el alma. Es una obligación criminal. El despertar de un asesino. O quién sabe qué. Cualquier palabra que hoy diga, es falsa. O incierta. Un picor en el vientre. Porque vivo una distorsión. Volver de un viaje no es sano. Como nacer. Destroza el corazón y la psique. Los individuos sedentarios crearon la civilización y de ésta nace y crece la neurosis. El que viaja no es neurótico porque no existe. Renuncia a ser humano. Se convierte en alma que vaga y no tiene enfermedades. Y si las tiene, se recupera de ellas para continuar viajando. El viajero ni muere ni nace, viaja. Está del “otro lado”. Y, por contra, leer puede que sea también viajar pero con otros fines y objetivos: intentar averiguar porqué somos neuróticos. Algo lógico, pues al fin y al cabo, las lecturas sustituyen a los viajes y muchas veces los superan, porque la enfermedad por lo general, termina siempre imponiéndose a la vida. Shalam

إِذَا كُنْتَ فِي قَوْمٍ فَاحْلُبْ فِي إِنَائِهِمْ

Detrás de la cruz, está el diablo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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