Sirviente

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Este verano estoy trabajando en una pizzería por las tardes. Una experiencia que me está sirviendo de mucho. Sobre todo, para conocer a la gente. No suelo hacer mucha vida social pero cuando me reúno con varias personas, suelen presentarme como profesor o escritor. Algo que condiciona inevitablemente sus reacciones y posterior comportamiento. Hablar de igual a igual con nuestros congéneres abre inmediatamente todo el repertorio de hipocresía social al que estamos habituados. Pero cuando alguien es camarero, nadie se ve forzado a comportarse con él de una manera especial. Todo lo contrario. Es mucho más fácil que alguien pierda los papeles y grite a los vendedores de billetes de metro y autobús, los cocineros y sirvientas o a los camareros que a los escritores o profesores. Algo que permite percibir con mucha mayor facilidad que en la vida real cuando una persona es realmente paciente, sencilla, empática o sensible o es egoísta y clasista. Hay clientes que no dudan en preguntarme si me encuentro bien e intentan hacerme el trabajo más agradable. Los hay que a los dos minutos de haberse sentado ya se están quejando porque su comida no está puesta en la mesa. Quienes me miran de arriba abajo, perdonándome la vida, por pedirles excusas tras haber derramado una gota de su café. Los que además de exigentes, dejan patente su mal humor, revisan la cuenta una y otra vez y por supuesto ni se les ocurre pensar en dejar un solo céntimo de propina. Por lo general, los turistas extranjeros -alemanes, ingleses y franceses- son extremadamente educados y dejan propinas muy elevadas. Agradecen nuestro esfuerzo y lo recompensan y tratan de sonreír. Los más difíciles de hecho son los españoles. No todos. Obviamente, muchos son un encanto. Pero los hay que son muy poco condescendientes. ¿Cómo explicarlo? Los extranjeros son conscientes de que el camarero no suele estar muy bien pagado. Muchas veces incluso está explotado y no tiene nada que ver con el negocio. El no pone los precios de la comida y por tanto no se beneficia de los muchos o pocos ingresos del restaurante. Lo tienen en cuenta y valoran nuestro esfuerzo por salir adelante en la vida atravesando circunstancias muchas veces dificultosas. Sin embargo, para los españoles, restaurante y camareros forman un pack conjunto. Un todo. Y como además, por lo general, tienen sueldos más bajos que los extranjeros suelen ser más proclives a la sospecha. A considerar que el camarero ya debe encontrarse bien pagado con el sueldo que haya acordado con los dueños. Lo que no es obstáculo para que cuando se relajan y toman dos o tres cervezas, sean realmente amables, tiren la casa por la ventana y llenen de alegría el local con los típicos gritos, chascarrillos y carcajadas latinas.

Otro aspecto que me parece realmente interesante de esta experiencia es el siguiente. Por razones obvias, he conocido a muchos escritores en mi vida. La mayoría son muy sensibles a las críticas. No olvidan una palabra mala de sus libros o una reseña no muy elogiosa. Se suelen partir por la mitad si su obra no alcanza el reconocimiento que deseaban. Y tienden a sufrir crisis de ansiedad cuando sus textos son rechazados o no comprendidos del todo. Tienen la piel muy débil y guardan rencor a quien no les rinde pleitesía o no alaba a sus grupos o escritores favoritos. Viven por lo general en torres de marfil de las que únicamente salen cuando entran en contacto con alumnos y realizan los consabidos esfuerzos por adaptarse al sistema para seguir cobrando sus sueldos. Y ¿qué puedo decir? Trabajando en la pizzería, hay noches que he recibido más gritos en una hora que en varios años. He sufrido reprimendas, me he llevado alguna bronca injusta y continuamente, he sido sometido a pruebas de resistencia psíquica para simplemente aspirar a ganar un sueldo decente (por llamarlo de alguna manera). Obviamente, no creo que haya mayor vacuna contra el “ego” de los escritores que un trabajo de este cariz. Si después de este verano, alguien realiza una crítica destructiva de Martillo y Bruja, obviamente no me sentiré muy bien pero en cualquier caso, no creo que me afecte demasiado. Supongo que continuaré haciendo mis averías sin prestar demasiada atención ni dar más importancia de la debida a las palabras del crítico que se perderán rápidamente entre las de mis compañeros de trabajo, clientes y los jefes de una pizzería que, bajo mi punto de vista, es una muestra mucho más real de lo que la vida es que el mundo literario. Shalam

إِنَّ كِذْبَةَ الْمِنْبَرِ بِلِقَاءٍ مَشْهُورَةٌ

El dinero es como el estiércol. Sólo sirve si se esparce.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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