Visión

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Hay muchas costumbres mexicanas que han arraigado en mí. Una de ellas son los temazcalis. No concibo ya la vida sin tomar mis dos o tres baños espirituales al mes. En su interior, por lo general, consigo serenarme, alcanzar perspectiva y paz. Y otra que está comenzando a ser esencial es la búsqueda de la visión. Cuatro días y tres noches de ayuno de agua y comida en medio de la montaña sin poder salir de un círculo formado con un hilo rojo que representa nuestra vida y une una de serie de papelitos de distintos colores que simbolizan nuestros deseos, voluntad, anhelos, etc. Esta pasada Semana Santa desarrollé mi segunda y quiero completar un ciclo de cuatro en los próximos años. ¿Cómo expresar lo que se siente? Cada persona, desde luego, experimentará un proceso diferente. En lo que se refiere a mí, la mayor dificultad consiste en la imposibilidad de beber agua. Desde luego, el ayuno de comida me es mucho más sencillo y agradable pero hay momentos, durante la noche, que he llegado a despertarme angustiado, con la garganta completamente seca. Y tampoco es fácil cuando, durante la madrugada, comienza a llover y debemos levantarnos, guardar la manta con la que nos cubrimos en una bolsa de basura y aguantar, sin apenas poder movernos, a que la lluvia cese. Pero esa es una de las esencias de la visión: hacernos más fuertes y resistir. Conseguir que realicemos un viaje interior, rememoremos partes importantes de nuestra vida, tengamos más claro el camino a seguir y crezcamos. Era una costumbre en Mesoamérica que los niños y adolescentes que deseaban madurar la realizaran. Y era muy habitual también que los visionarios que buscaban iluminación y ayuda espiritual la llevaran a cabo así como los grandes guerreros antes de enfrentar una gran prueba o tomar una importante decisión.

Sé que esta experiencia no es para todo el mundo pero todo el mundo debería hacerla. Esa sensación de llevar el cuerpo al límite, el contacto con la naturaleza de manera brutal y apasionada, un sin fin de recuerdos de nuestra vida que estaban sepultados apareciendo inesperadamente, una mayor agudeza y destreza mental, mejor capacidad de discernimiento. Realmente, la experiencia es mágica y trae consigo grandes beneficios pero no es sencilla. Cuesta trabajo. Implica un compromiso. Un desarrollo de la voluntad. Un espíritu dispuesto a dejar muchas de sus fobias y neurosis entre el pasto. ¿Qué puedo decir? Dado que, al igual que la primera vez que la llevé a cabo, fui velado y guiado por la familia de don Felipe, tuve presente durante todos los días y noches al gran guerrero. Casi que podía sentir su presencia, su rostro fuerte animándome a que continuara hasta el fin con la prueba. O más bien, diría, celebrando conmigo porque él ya sabía que iba a superar al reto. De hecho, para mí este año fue mucho más fácil que la primera ocasión. Caí en un lugar rodeado de árboles que no permitían apenas el paso de los rayos de sol y no sentí tanto calor como el año anterior. ¿Qué más da? No creo que importe lo fácil y difícil que sea esta experiencia sino hacerla. Mutar la piel y en cierto modo, morir durante esos días. De hecho, tampoco hay tantas diferencias entre la vida y la muerte. Existen pero no son tantas como cotidianamente creemos. Pues, al fin y al cabo, sólo viven bien los que aprenden a morir diariamente. Y como saben los aventureros, los cementerios son lugares hermosos llenos de vida y los montes están llenos de espíritus muertos, susurrando secretos al oído de los extraviados y lunáticos. El mundo es un círculo de fuego y los sueños, semillas divinas esparcidas por el cielo que aparecen y desaparecen como libélulas hasta estallar. Shalam

إِنَّ اللَّبِيبَ بِالإِشَارَةِ يَفْهَمُ

Muchas veces, los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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