Vivir

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¿Para qué vivimos? Con el tiempo, esa es la pregunta que más suelo hacerme. En realidad, miento. Normalmente, los automatismos se imponen. Hay que pagar impuestos, comer, trabajar, dormir. La ley de la supervivencia es tajante y no me cuestiono nada en absoluto. Tan sólo intento disfrutar lo más posible y cumplir ciertos objetivos más o menos mundanos y que me afecten lo menos posible el odio, el rencor, la envidia. Generalmente, no hay demasiado que decir. Los seres humanos no somos racionales sino pasionales. Y por ello, los diálogos son cacerías. Veladas maneras de imponer puntos de vista. Las personas buscan la libertad pero se encajonan en ideologías. Aspiran a la concordia pero transforman sus palabras en áridos puñetazos contra quienes piensan diferente. El pensamiento ha sido sustituido por automatismos, las sorpresas por fórmulas de cortesía y la democracia en una enorme jaula que se nutre de las confrontaciones entre grupos y facciones diversas.

Hubo épocas en que conversar era un arte. Los cafés se encontraban llenos de malabaristas de los diálogos, lienzos de pintores anónimos y señores mudos cuyos pensamientos se escuchaban en todas las zonas. Antes y después de la Segunda Guerra Mundial, el café no era tanto un estímulo para el trabajo como una excusa para preguntarnos qué estamos haciendo aquí, qué hemos venido a hacer a este mundo, donde escuchar y hablar eran dos artes complementarios. La bebida ilustraba sobre la vida disipada, la escasa importancia del orgullo y las ilusiones, y los seres humanos intentábamos tal vez hallar un sentido a ciertas preguntas, las cuestiones eternas, en medio del fragor cotidiano. Pero esa no es mi percepción actual. A día de hoy creo que la mayoría de personas lo saben y conocen absolutamente TODO y no es por tanto necesario ni hacerse compañía ni dialogar. No hay más que un fin y es el poder o la supervivencia. Por otra parte, creo que así ha sido siempre y así seguirá siendo. Por lo que las obras que más me interesan suelen estar protagonizados por personas con omnímodo poder y subalternos. Amos y esclavos. Aunque también me gustan mucho las que escarban en los huecos negros y medios que quedan en medio de la tensa y armónica relación entre señores y sirvientes, como es el caso de las de Vila-Matas, Pitol, Tabucchi o Pessoa.

En realidad, la literatura actual cumple el papel de ese diálogo que ya no nos permitimos tener en la calle. Aunque en gran medida, la literatura es otro monólogo. Alguien habla y alguien escucha y apenas hay posibilidad de intervenir. Razón por la que el poder no acaba de una vez y por todas con los libros y se encarga sutilmente de que la mayoría lean los mismos y pronuncien parecidos elogios sobre ellos. Todo con tal de evitar que los seres humanos nos preguntemos para qué vivimos y sigamos gritando encarnizadamente en una u otra dirección o respirando aliviados porque de momento podemos evitar la quema económica, laboral y vital. Shalam

لهم حتى يمارسوا مهامهم في

Las palabras que no van seguidas de hechos, no valen nada

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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