Akira

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Shoji Geinoh Yamashirogumi es el apócrifo nombre del creador de la banda sonora de Akira. Ese halcón de varios colores. Una compleja sinfonía de sonidos que no desmerece ni al cómic ni a su adaptación cinematográfica. Al contrario, profundiza en sus conceptos y diseños de manera libre. Concentrado espíritu lúdico. Mezclando cacofonías, minimalismo, toques ancestrales de música oriental, ambient procedente de un futuro desconocido, riffs de videojuegos o animés, lánguidos y evanescentes teclados, cascadas sonoras y vocales, canto gregoriano disuelto en ramalazos de música concreta, budismo capitalista y frío industrial dentro de una envolvente producción que, tras escucharla, provoca una sensación de misterio que se acrecienta con las horas. Como al contemplar la obra madre en que se inspiró el músico japonés para trazar esta odisea sonora. Un cómic que profundizaba en el apocalipsis contemporáneo y el capitalismo vacío del Japón para trazar una enigmática fábula sobre redención, milenarismo, confusión posmoderna y renacimiento místico y mítico que aún sorprende. Deja sin aliento por la gelidez con la que describe el desasosiego, el vicio y la enfermedad. La mirada de hielo con la que retrata un mundo donde los samurais parecen reliquias arqueológicas, los códigos rígidos de honor están sometidos, regidos por los movimientos, flujos constantes de capital y el fin del mundo no es una amenaza sino una idea con la que se convive a diario. Con escasa importancia. Como el acostumbrado cinismo de los políticos o la impiedad con la que las corporaciones imponen su ley en las nuevas sociedades.

La banda sonora de Akira no es perfecta. Como tampoco lo eran el cómic o el film. Pero impresiona. A veces parece una excursión kautrock de tintes psicodélicas realizada por un grupo de curiosos adolescentes en el sótano de un centro químico. Entre decenas de probetas con bacterias, virus, niños mutantes o pájaros disecados. Y otras, una oración realizada por monjes lamas al futuro. Una invocación secreta a los antiguos dioses japoneses en el centro de un gimnasio donde varios karatekas se ejercitan mientras los hombres santos llevan a su cabo sus oraciones. Cánticos visionarios y distantes que entumecen el cielo, confundiéndose con el horizonte hasta crear la figura de un inmenso astro solar alzado sobre un Tokio sepulcral. Nihilista y moderno. Lleno de galerías laberínticas y rascacielos entre los que resuenan estos sonidos que invocan tanto destrucción como renacimiento. Simbólico florecer y agotamiento. Decadencia y juventud. Porque, en realidad, reflejan un compás de espera en la historia de la humanidad. Le ponen sonidos a un momento en que aún dudamos si el paisaje post-industrial será humano o no. Si el capitalismo morirá con una devastadora guerra nuclear, se reconvertirá en megacapitalismo haciendo del Universo y las estrellas su supermercado energético o su decadencia, posibilitará realmente un cambio de conciencia humana. Y la pobreza o escasez material devendrán finalmente en riqueza espiritual.

La banda sonora de Akira está llena de recovecos secretos. Cofres de hierro de los que emerge el canto de un pájaro robótico. Es un desafío para el oyente. Una aventura. Una ruta mística y futurista. Un sortilegio. Una continua lucha por orientarse en un territorio repleto de discontinuidades, cuya melodía central a veces pareciera haber desaparecido para siempre, dejándonos solos en una habitación tras la que cada puerta esconde una sorpresa. Un sonido diferente o una aleatoria visión del discurrir musical que puede emocionar, sorprender o irritar. Porque Akira, todo el concepto Akira es algo insólito. No es tanto una obra diseñada desde el presente para describir el futuro como una obra llegada del futuro para destruir nuestro presente y conducirnos a la eternidad. Invocar la calma y la paz, la llegada de la era de Acuario y el nuevo Cristo del lejano Oriente en medio de un territorio superpoblado, autodestructivo y confuso. Shalam

 اِعْمَلِ الْخَيْرَ وَارْمِهِ فِي الْبَحْرِ

Al enemigo, dale agua antes de mostrarle el desierto

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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