Antes que el diablo sepa que has muerto

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Sidney Lumet era un trabajador nato. Un cineasta de la vieja guardia crecido en la época de la televisión. Un hombre con una acusada conciencia pesimista que rodaba películas que remitían tanto a Howard Hawks y al cine negro como a los intensos telefilmes de los años 60 y 70 llenos de persecuciones de coches y personajes mal encarados con un destino aciago. Para él rodar era un acto físico. Filmaba como si estuviera comiendo un bistec. Con la naturalidad de quien almuerza en su restaurante de confianza diariamente. Como el trabajador compulsivo que bebe su café y le da un sorbo al whisky antes de ponerse manos a la obra.

No era un intelectual. Llevaba el cine dentro. Las imágenes emergían de sus riñones y entrañas. Utilizaba la cámara como una pistola. Como un arma. Y esta visceralidad le permitía acertar de lleno de tanto en tanto pero también acometer empresas artísticas cuyos irregulares logros eran desdramatizados inmediatamente. Porque más tarde o más temprano se embarcaba en un nuevo proyecto. Y tengo la impresión de que no le importaba tanto la excelencia artística como transmitir sensaciones. Hacer comprender al mundo que vivir (o más bien sobrevivir) en los Estados Unidos de Norteamérica no era tanto un sueño sino casi una experiencia bélica. Una dramática guerra interna contra el entorno. Algo que hacía tan bien que casi se le puede considerar un cineasta existencial y antiheroico de no ser porque su intensidad superaba en muchas ocasiones a su capacidad de reflexión.

En cualquier caso, Lumet se fue de este mundo a lo grande. Rodando una contenida y trágica obra, Antes que el diablo sepa que has muerto, sobre el ocaso del capitalismo cuya oscuridad interior envidiaría el mismísimo Abel Ferrara y probablemente despertara miradas de asombro y elogios de Martin Scorsese. Una obra de un realismo visceral, sucio, sudoroso, físico que, a pesar de estar rodada digitalmente y encontrarse divida en varios fragmentos, remitía a los clásicos y transmitía pesadumbre en todos sus fotogramas. Era un emocionante y lastimoso poema sobre varios perdedores que podría estar viendo en bucle horas y horas que, en cierto modo, preanunció, anticipó y describió la crisis interna experimentada por miles de personas en EUA a partir de la crisis de las hipotecas subprime y la famosa estafa Madoff. Apareció en el momento justo para captar el zeitgeist de la época y desde luego que dio en el centro de la diana. Tanto que creo que el día que quiebre Wall Street, Antes del diablo será vista como una incisiva oda al suicidio acumulativo. Una triste letanía sobre una totalitaria ideología que no soporta a los perdedores. Que hace mover a todo el mundo el culo de su asiento para lograr el éxito caiga quien caiga y pese a quien pese. Aunque eso suponga asesinar a la propia madre o robar -como ocurre en este caso- el propio negocio familiar.

Ciertamente, Antes que el diablo no es perfecta ni falta que hace porque Lumet no era Kubrick ni lo pretendía. Pero es tan directa y extrema describiendo la putridez moral de una era, la refleja con tanta contundencia y con tan pocos remilgos, que provoca fascinación. No se puede dar mejor cuenta de la degradación y destrucción individual, la absoluta pérdida de la inocencia, por ejemplo, que en la escena en la que uno de los dos torturados hermanos, Andy, accede a la habitación donde suele inyectarse heroína mientras aparecen imágenes de una película de dibujos animados en el televisor. Y es también muy difícil imaginar un final más desolador y brutal que el filmado por Lumet como colofón a una obra que, independientemente de su intensidad, describe con equilibrio el drama de varias vidas gastadas. La incineración de la burguesía. El corazón del diablo. El reino de la mentira capitalista. La cruda realidad de la Nueva York de postal edificada en el siglo XXI. Una obra marcada por una opaca fotografía y una suave y melancólica melodía de Carter Burwell que tal vez no sea el gran filme norteamericano de su tiempo, pero gracias a la profundidad de su inmersión en el fracaso, se convierte en el filme que hay que ver para vislumbrar unos cuantos reflejos del corazón del odio occidental. O más bien, para sentirlo. Porque Antes que el diablo es como un puñetazo en el estómago. Se siente. Se palpa. Es un guantazo y no tanto una reflexión. Es puro hedonismo maligno.

Por otra parte, es casi un tópico decirlo y me siento ridículo al hacerlo pero lo de Philipe Seymour Hoffmann no tiene nombre. Impresiona. El actor neoyorquino era heroinómano y tuvo que ser para él un dulce que le ofrecieran interpretar un reflejo de su mundo personal en la pantalla. Porque su actuación es gigantesca. Enorme. Llena de matices y sordidez. De épica. De locura. De violencia. De verdad. Philipe dejó reflejada su alma en la película. La expuso. Se expuso. Se abrió en canal y legó un descarnado, tremendo retrato de su vida personal que transforma cada una de sus apariciones en un esperténtico autorretrato. Un inmenso combate de boxeo con la cámara que vence por KO. Pero aún así, no consigue opacar del todo el meritorio trabajo de Ethan Hawke, Albert Finney, Marisa Tomei y el resto de actores de esta fúnebre elegía. Un filete de lomo bien hecho y sazonado con el que Lumet dijo adiós para siempre a la jungla de asfalto donde había crecido y aprendido como una fiera a sobrevivir. Shalam

بدون ضحك وبدون بكاء ، لا معنى للحياة

Sin risa y sin llanto, la vida no tiene sentido

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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