Anticristo

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Más que a Andrei Tarkovsky, Anticristo, el absorbente film de Lars Von Trier, siempre me pareció un homenaje a Stanley Kubrick. Una conversación con ciertas atmósferas precisas, concisas, de una sutileza diabólica, conseguidas por el director norteamericano a lo largo de su cine. En concreto, en El resplandor. En ambas obras, el horror era -no importaba las atrocidades que viéramos en pantalla- más psicológico que físico. Más simbólico, metafórico que real. El resplandor era en el fondo un retrato de la destrucción del núcleo familiar durante el capitalismo. El aniquilamiento salvaje que el el neoliberalismo comenzaba a llevar a cabo sobre el refugio tradicional de la comunidad. Jack torrance era el rostro fiero del hombre capitalista. Incapaz de disfrutar en paz de un año sabático. Siempre moviéndose. Siempre actuando. Siempre tecleando la máquina aunque fuese para repetir la misma frase una y mil veces. Siempre gritando. Siempre necesitando hacer y hacer y hacer hasta asesinar. Hasta el enloquecimiento. Pero además, Torrance era una encarnación del machismo. Un arcángel de la violencia doméstica. El fiero rostro de los hombres guerreros luchando por no ser encadenados al ciclo del consumo. Un hombre aún sin afeminar. La constatación de la violencia con la que el capital se emplearía para destruir los nidos sociales y fraternales. Aterrorizar a sus hijos. Además, de un aviso, preclaro indicio, de la futura esquizofrenia a la que se vería abocado el mundo moderno, tras la estrategia política, económica, que convertiría interesadamente a los hombres en lobos. En demonios machistas contra los que la tierra debería protegerse para sobrevivir. Si es preciso, consiguiendo que las mujeres reaccionaran con idéntica violencia. Igual insensibilidad, como pone de manifiesto Anticristo. Una película -en la que el papel interpretado por Jack Nicholson, (Jack Torrance) le corresponde aquí a una mujer, Charlotte Gaingsbourg- donde en unos pocos minutos, Von Trier ha enlazado la furia del escritor loco encargado de cuidar el Hotel Overlook con la rabia de una mujer descompuesta tras la muerte de su hijo, que urde ansiosamente una tesis sobre el feminicidio en una cabaña perdida en el bosque llamada Edén.

Si El resplandor era una aterradora visión de cómo el capitalismo (un solitario y espectral hotel levantado sobre sangre) estaba comenzando a utilizar el machismo para destruir el Edén, la unión de sexos y ese paraíso al que aspira toda familia, Anticristo era una puesta en imágenes de un proceso contrario pero complementario. La utilización del feminismo como último eslabón para destruir el mundo conocido. El ocaso de la burguesía y la clase media representada aquí por un impotente Willem Dafoe. Y, sobre todo, el fin de toda comunicación posible entre los sexos, representada por el intento de castración de Dafoe, su completa inmovilización, y la forma salvaje con la que Charlotte se corta el clítoris. Ansiando finalizar con las raíces dela vida.

En realidad, tanto El Resplandor como Anticristo reflejaban la historia de una posesión. Convertían los edificios capitalistas, como también ocurriría en Eyes wide shut, en catedrales del mal. Aunque, obviamente, teniendo en cuenta que Anticristo se ocupaba, a través de reverberaciones directas o indirectas, de ahondar en la esquizofrenia feminista, -cómo el capital se aprovecha de la culpabilidad y las reivindicaciones más o menos justas (eso al dinero no le importa) de las mujeres para esclavizarlas a la ley, el consumo y el trabajo- pronto salíamos de los espacios opresivos de la ciudad moderna, en dirección a los bosques. La naturaleza, la madre tierra y el cuerpo femenino libres y sin moral. En total libertad. Asistiendo a un catártico lienzo expresionista, un visceral, violento retrato que explicaba simbólicamente, a través de cruentas, sangrientas imágenes, crisis de nervios, monólogos que rememoraban el cine de Bergman o histéricos gritos perdiéndose en el infinito, hacia dónde conducen las reivindicaciones femeninas sin el varón (o un varón débil). En qué deviene un mundo femenino sin hombres: el sadomasoquismo y el nihilimo.

Las dos corrientes, al fin y al cabo, en boga en el siglo XXI. Vertientes que Von Trier tenía el talento de explorar simbólicamente. Como si fueran frutos del aliento de Satanás o de los amarres espirituales realizados por las fuerzas, potencias malévolas que dominan el mundo material. El dios oscuro, Yaldabadaoth, que según los gnósticos, impone su dominio en esta realidad, y necesita a una mujer dominante, agresiva y violenta, una mujer cuyo miedo  y ánimos de lucha -además de su culpabilidad- superen a su sensibilidad, para destruir el mundo. Esclavizarlo. Controlar sociedades cada vez más atomizadas y, en el fondo, desesperadas. Aniquiladas espiritualmente, como si sus habitantes hubieran sufrido un exorcismo. Un lavado de cerebro histórico que es el camino más rápido hacia un Gran Hermano Global, imposible de implantar sin la guerra de sexos. Sin un feminismo radical. Occidental. El estado y la publicidad penetrando ahora el cuerpo de una mujer fracturada entre su deber, placer, deseos, reivindicaciones, luchas y naturaleza. El conflicto que desata su psicosis y renuncia vital. La obliga a afirmarse a través de la violencia. O la ausencia. La reivindicación estéril o la amenaza de castración. Acabar con el mundo masculino rehén igualmente del mismo sistema. Mismo demonio.

En suma, si kubrick exploraba los fantasmas contenidos en el cuerpo del asalariado capitalista, y la psique perversa de sus intelectuales, (veía cómo el cuerpo hombre del capitalismo era desbordado por la dinámica del deseo, enloqueciendo violentamente), Von Trier indagaba en los de la mujer liberal capitalista. O más bien, neoliberal.  Esa que se ríe de la virginidad y ensalza el sexo. A la brujas. Se siente víctima de un dios varón cuyo pene la atravesó en cientos de hogueras. A lo largo de los siglos. Esa que desprecia por igual el cristianismo y el Playboy. Agarra el cuchillo cada vez que hay un debate o una réplica a sus propuestas. Cada vez que alguien intenta darle un beso, follársela, provocarla o amarla. O encuentra un hombre sensible o bruto. El padre que le recuerda que tal vez no tenga razón en sus premisas o el hermano que intenta que abra los puntos de vista sobre sus reflexiones. No importa quién. Pues Von Trier nos la muestra convertida en un barco autodestructivo sin respeto por los símbolos de la vida. Aquellos que Andrei Tarkovski, por ejemplo, nos animaba que insistiéramos en buscar dentro de los evangelios, intentando obviar a esos hijos del demonio -sacerdotes e iglesia- que substrayeron, robaron la religión del alma de las personas. Condenándonos a todos a perecer en el fuego, como hechiceros.

En Anticristo, en esencia, Von Trier filmaba un proceso de posesión social. Casi natural. Y antropológica. El de la mujer moderna. Insistiendo en que Occidente se encuentra embrujado. Y de ahí su depresión y decadencia. Que reine allí el caos. Pues, al fin y al cabo, la maternidad en alza, aquella que encumbra y por la que lucha, sí, no es otra que la que aborta. El reino del Anticristo. La melancolía y la ninfomanía. En resumen, un vientre que anticipa, desea el fin del mundo. Sueña con la destrucción de los hombres y su sangrante sexualidad. Caperucita convertida en lobo feroz, devorando a su abuela. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Aúlla con los lobos, si te encuentras entre ellos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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