Arrebato

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Arrebato es un film tan absorbente y asfixiante que resulta inevitable preguntarse si en el caso de decidir verla un día tras otro, terminaríamos por sufrir el destino de los protagonistas. Seríamos abducidos por la propia película, completando el círculo perfecto. Y la respuesta es sí. Pues estoy prácticamente seguro de que finalmente, antes o después, en esta u otras vidas, acabaríamos desapareciendo de este lado de la realidad y quebrando el espejo definitivamente. Esnifando imágenes. Metiéndonos por la vena fotogramas. O bañándonos en fantasías irrealizables. Como lo hizo Iván Zulueta. Ese Polanski pop. Un Warhol con alma. Porque probablemente su perversa y fresca obra de arte -esa lámina de vidrio- es, antes que nada, una biografía de su propia personalidad, a la vez que un reflejo sin fin de las múltiples adicciones modernas. La descripción de una sociedad fetichista. Sin esperanza. Atrapada (o arrebatada) por los objetos, imágenes y los recuerdos, además de abúlica con las vivencias reales. Deseosa, casi ansiosa de experiencias virtuales, y desdoblamientos especulares. Fantasmáticos. Desesperada por la llegada del videojuego o la droga eterna: internet. Y obsesionada casi psicopáticamente con el cine.

Sí. Ya sé que Arrebato es una película tan mágica y oscura, mítica y reverenciada, que casi que ha imposibilitado cualquier interpretación. O que haya una canónica. Pero incluso entendiéndola como un improvisado delirio genial, un cuarto herméticamente cerrado al que no llegan los rayos del sol o un cuento mágico e indescifrable, resulta difícil no vislumbrarla como un lúcido presagio de lo que le ocurriría a la cultura pop en breve; a la mayoría de los artistas españoles jóvenes, una o dos décadas más tarde de su estreno en el Cine Azul de Madrid en 1980. Esto es; que en gran medida, serían fagocitados tanto por las invulnerables imágenes que ofrecían de sí mismos en los medios, -esas fotografías instantáneas, postales juveniles, adolescentes y presuntamente atemporales, proyectadas como bucles en cientos de pantallas- como por las drogas. Su descarga y alivio. De hecho, muchos de ellos, tras un arrebato pop y un intenso protagonismo catódico y mediático, desaparecerían, al igual que los personajes de Zulueta, como si se los hubiera tragado la tierra o un agujero negro y nunca hubieran existido. O bien, serían abducidos tanto por la fama como por las adicciones. Los pájaros negros. Huecas plataformas que terminarían por arrinconarles (véase el fin de Bernardo Bonezzi, Enrique Urquijo, Antonio Vega y tantos otros) en lugares y rincones mentales sino tan extremos, probablemente no tan diferentes como los que aparecen en las magnéticas secuencias rodadas por este Quijote cinematográfico. Esa mezcla entre un villano de Dumas, un galán italiano y una peluquero de moda, que era Zulueta.

Aunque siendo sinceros, me parece que el fatal destino sufrido por muchas de aquellas refulgentes estrellas fugaces que triunfaron en los 80, es extensible también a la sociedad española (y occidental) en su conjunto. Cientos de miles de personas con más o menos creatividad, que han acabo sepultados en sus hogares. Aislados. Rodeados de pantallas por las que son vampirizados, en habitaciones que son un reflejo de la caverna platónica y, en su mayoría, alejados de las calles. Pendientes del polvo blanco, la amistad virtual o el nuevo selfie. Los Megusta. Y combatiendo a imaginarios fantasmas, personas cuyas palabras aparecen desprevenidamente en la pantalla de la computadora, como lo hacían invisibles voces en la mente de los mórbidos protagonistas de una película que mira de refilón tanto a Antonin Artaud como a David Cronenberg. Pues es una rara avis. Una flor de Baudelaire pasada por el filtro de una máquina fotográfica, que intuyó visceralmente en dónde acabarían los sueños de renovación y cambio de la sociedad española después de la muerte del dictador Francisco Franco: en el puro nihilismo. Se atrevió a diagnosticar lo que ocurriría en el país español diez, veinte, treinta años después, ahorrándonos los fastidiosos discursos, las gastadas imágenes sobre la Transición y el Cambio. Yendo directamente al meollo de la cuestión: de la dictadura y el aislamiento a la absoluta destrucción de la vida social. El fin del pueblo y el sujeto ante el maremoto adictivo consumista.

Es increíble (y tal vez paradójico) pero, como si hubiera sido escrita a medias por Lewis Carrol, Carlos Berlanga y Luis Buñuel, Arrebato recuerda a discos, músicas, ambientes, que fueron creados posteriormente. A mí por ejemplo, me hace rememorar algunos discos de Echo and The Bunnymen, Parálisis permanente o Smashing Pumpkins, cómics de Neil Gaiman  y dibujos de Bill Sienkiewicz, ciertas escenas de films de Darren Aranofsky, David Lynch o Vincenzo Natali, y su estética me sumerge directamente en la de los 90 o principios de este siglo. Pornography recitado en voz baja por Massiel. Probablemente porque no habla tanto de presentes sino de futuros. Dimensiones perdidas. Es tanto un relato de una época que vendrá como de otra que nunca fue. Anarquía tecnológica. Una película de atmósferas y paisajes mentales. Sociopatía gótica. El mundo interior de un genio lunático puesto en escena. Una obra que no habla tanto del peligro de las adicciones sino de la imposibilidad (o extrema dificultad) de vivir sin ellas a finales del siglo XX. El vacío al que conduce el narcisismo y el riesgo de vivir en sociedades que viven indiferentes, o bien de espaldas a la muerte. Pura perversión. Una auténtica película de terror. De vampiros que se alimentan de imágenes e ilusiones. Como básicamente toda la cultura posmoderna. De hecho, el cuento de lobos y extrañas hadas filmado por Zulueta, es Videodrome años antes de Videodrome. UnaVideodrome castiza e ibérica y de plastilina, cuyas imágenes casi que se derriten delante del espectador. Se convierten en rayas de cocaína cuyos límites se ensanchan y contraen constantemente, parecidas a los brazos de Mr. Fantástico o a un Blandiblu. Un relato en imágenes, y casi que en vivo y en directo, de la descomposición del ser humano occidental. Lo que luego los filósofos posteriores -¿quién sabe?- denominarán la introducción en el agujero globalizador. El ojo que todo lo ve y al mismo tiempo todo lo ignora. Un “spleen” psicodélico. Val del Omar meets Thomas Pynchon entre montañas de semen, rollos y cintas de vídeo grabadas o no.

Arrebato no es un delirio. Es un relato de amor místico. Pura brujería. La descripción más exacta de la relación de Zulueta con el cine. Una muestra por otra parte de que el vídeo no mató únicamente a la estrella de la radio. Nos asesinó a todos. Y de que la vida -cien años después de la invención del séptimo arte- se ha convertido básicamente en contemplar imágenes y más imágenes de hombres y mujeres muertos, entre los que más tarde o más temprano, nos encontraremos nosotros. Una prueba, en definitiva, de que una cámara cinematográfica es una máquina de matar, y que nuestra sangre es el tributo que muchos le hemos entregado por haber conseguido que no nos cortemos las venas. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

El escarabajo es bello a ojos de su madre

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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