Bashir

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Vals con Bashir es un filme que me fascina y podría estar viendo en bucle una y otra vez. Entiendo que Ari Folman dio en el clavo con esta película que no es tanto una operación cerebral o intelectual como una catarsis pura y absoluta.

Tengo la impresión de que si el director israelí no hubiera filmado Vals, su salud mental se hubiera resquebrajado y no habría podido dormir en paz el resto de su vida. Su obra es un testimonio fidedigno y sincero. Es una lograda manifestación del puro horror. No me extraña que su filmografía sea muy reducida. Porque entiendo que Vals con Bashir es de esas películas que justifican una existencia. No una carrera artística -no quiero ser malinterpretado- sino una vida. Tras rodarla, el resto es un agregado. Una coda a un capítulo central y casi definitivo. Si existe el paraíso, Folman tiene un hueco porque llevó a cabo este proyecto. De no haberlo hecho, estaría de una u otra manera condenado a vagar en el purgatorio entre un sinfín de recuerdos de la Guerra del Libano tan cruentos e inhumanos que, de una u otra manera, podrían haber acabado provocándole -como a su reflejo en pantalla-  el olvido total. La amnesia absoluta.

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    Me extrañan muchos de los reparos y críticas que he leído sobre este filme. Hay quienes dicen que es absolutamente inverosímil que Folman, el personaje, no recuerde sus traumáticas viviencias de las distintas operaciones militares en las que participó durante la Guerra del Libano y, más concretamente, la masacre de Sabra y Chatila (en la que las falanges libanesas, enojadas tras el asesinato de su presidente Bashir, acabaron con cientos de civiles, mujeres y niños, rompiendo los códigos de honor de la guerra). Y si entendemos la película en un sentido literal, debo reconocer que estoy de acuerdo con esos reproches. Por más que creo que es un craso error entender el olvido de Folman de este modo.

En realidad, yo creo que la desmemoria de Folman es una metáfora. No sólo apunta a un personaje sino a todo Occidente. Seamos sinceros. ¿Cuántos de nosotros, (a pesar de que probablemente las vimos décadas atrás abriendo los telediarios y nos golpearon fuertemente) no habíamos olvidado las estremecedoras imágenes con las que concluye el filme? En este sentido, creo que es un error entender el proceso interno vivido por Folman en su obra como algo personal. Puesto que, en el fondo, es universal. El olvido de Folman es nuestro olvido.

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En realidad, de lo que Vals con Bashir nos está hablando es de la banalidad del mal. De la frivolidad moderna. (Y, desde este punto de vista, nada mejor para mostrar la crueldad que los dibujos animados). Folman nos está preguntando a los occidentales en conjunto por qué somos capaz de olvidar con tan suma facilidad actos tan horrorosos como los cometidos en Sabra y Chatilla. Ciertamente, quien recupera la memoria de la guerra y la fija para siempre en su cerebro no es sólo el Folman de la película sino nosotros. Los espectadores. Después de contemplar Vals con Bashir, yo al menos vi varios documentales sobre aquel conflicto bélico. Y me informé al fin bien (y no por los telediarios) de la naturaleza de aquella guerra. La amnesia a la que alude Folman es la de todo Occidente. La de medio mundo. Y, por supuesto, la de su país, Israel, cuyos ciudadanos (en vez de castigar) auparían posteriormente como primer ministro a Ariel Sharón; responsable por omisión (interesada) de una masacre que aún continúa provocando pavor cuando se la rememora.

En este caso concreto, Folman alude a la Guerra del Líbano pero podría referirse perfectamente a la del Yom Kipur, las múltiples tropelías cometidas en Siria o cualquiera de las batallas que sembraron las calles de Mostar de bombas durante la Guerra de Bosnia. Infiernos sometidos al imperio de la frivolidad occidental y pronto relativizados por la cultura del espectáculo. Convertidos en carnaza de prime time para conquistar audiencias lobotomizadas a las que lo mismo les da un suceso que otro siempre y cuando sea lo suficientemente llamativo.

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Vals con Bashir está excelentemente filmada y documentada. Sus dibujos provocan a veces más terror y malestar que cientos de escenas interpretadas por actores reales en el cine contemporáneo. El amarillo que recubre múltiples momentos es lánguido y angustioso. Provoca una sensación de asfixia muy adecuada para los intereses del director.

Cualquier persona que vea el filme, percibe con claridad la indefensión y la locura del conflicto bélico. Los personajes que aparecen no son héroes. Son de carne y hueso. Hay quien no se atreve a disparar a seres humanos y sufre de pesadillas después de tener que acabar con una manada de perros. Otro es incapaz de reaccionar con determinación tras ser derribado su superior en un tanque. Los hay que se vuelven locos y comienzan a disparar a todos lados bailando el extraño vals que da título a la película. Muchos bromean, juegan a las cartas y se bañan como si estuvieran de vacaciones a pesar de que, segundos después, pueden ser acribillados por una metralleta y su cabeza rodar por los suelos. Y existen los que pierden toda dignidad y comienzan a aprovecharse de la situación, para cometer violaciones, realizar torturas y vengarse con la población civil e indefensa de sus propios sufrimientos.

Hay por cierto momentos en que si alguien me dijera que estoy viendo una película de Kubrick me lo creería. Porque Folman es un esteta preciso y aséptico. Frío y exacto. Las secuencias protagonizadas por francotiradores de la OLP son magnéticas. Quitan el aliento. Y, desde luego, la utilización que se hace de la banda sonora de Max Richter y de las canciones de OMD y P.I.L. me parece excelente.

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He leído también muchas críticas a los últimos segundos del filme. Los únicos cuyas imágenes son reales. De hecho, abrieron los telediarios de mundo hace casi cuatro décadas. Yo recuerdo (puede que mi memoria como a Folman me falle) haberlas visto en un Informe semanal junto a mi tía. Aunque no puedo evitar confundirlas con otras de enorme sufrimiento protagonizadas por los ciudadanos libios, irakíes, palestinos o sirios que también tuvieron su momento en las pantallas occidentales.

Obviamente, no estoy de acuerdo con esas objeciones. Creo son una coda perfecta y necesaria a esta película parecida a una experiencia. Esa es la forma a través de la que Folman nos pide (o más bien nos exige) que las recordemos para siempre. No tanto por él sino por el respeto y memoria de unas víctimas que, de haber nacido en otras circunstancias, podríamos haber sido nosotros. Es gracias a esa sorpresa final que permanecen, ahora sí, ya para siempre fijadas en nuestra retina. Shalam

لا شيء مخيف مثل الخوف

Nada es de tanto temer como el temor

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

3 comentarios

  1. Alejandro Hermosilla on

    1) Angustia amarilla. Sueño depresivo narrado a un psicoanalista. 2) Estaremos dañados para siempre. 3) Soy un detective de los recuerdos. La gabardina lo indica claramente. 4) Bailando hasta el fin del mundo. 5) Sin comentario ninguno. PD: me dice que la página de youtube no está disponible.

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