Batman

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Batman es un espectro. Un fantasma. Un héroe negro.  Alan Moore, Frank Miller, Grant Morrison y Chistopher Nolan supieron vislumbrar lo que la educación refinada y el porte apolíneo de su identidad real, el multimillonario Bruce Wayne, escondía: una persona fragmentada. Quebrada. Alguien tan complejo psíquicamente como su archienémigo, el Joker, hasta el punto de hacer dudar de si su heroica transformación se debe a  un motivo altruista o a su incapacidad de canalizar su ira y frustración por los medios habituales. En Batman, de hecho, justicia y venganza se confunden. Se vuelven prácticamente palabras y conceptos sinónimos como lo hacen odio y bondad. Batman es la creación de un hombre destrozado por el asesinato de sus padres. Es producto de la orfandad y la desesperación. Tal vez del rencor y del capricho de un niño rico incapaz de tolerar el dramático revés de la vida. En cualquier tragedia griega, Batman estaría condenado al ostracismo. Debería arrancarse los ojos y vagar por medio mundo pagando sus culpas. Sería alguien que rompe las reglas de la comunidad y debe ser perseguido, por consiguiente, con tanto ardor como el mayor de los enemigos. Por eso, a pesar de las veces que ha defendido y librado a la sociedad de los perversos planes y ataques de los villanos, es más temido que amado. Y hay quienes sospechan de su figura que transmite más inquietud que paz y tranquilidad. Aparece entre los edificios como una feroz tormenta, rememorando la angustia divina y la feroz esquizofrenia moderna.

La sombra de Batman sobrevolando Gotham no es tanto indicio de seguridad y bienestar como constatación de peligro e incertidumbre. Un reflejo del miedo y el caos más que de la ley y el orden. La existencia de Batman ciega y entumece los cielos, ensombrece las ventanas de los centros de negocios y destruye las esperanzas de una posible concordia universal, poniendo de manifiesto la corrupción absoluta de los estamentos sociales. Es una señal de que  las ciudades fueron fundadas por miedo a dios y rencor contra la naturaleza y, por tanto, el crimen forma parte de los intestinos de la civilización. Batman no es solución a nada. Es más bien, un cortador de césped. Alguien que adecenta la hierba salvaje pero es incapaz de extirpar la raíz de la que surgen las matas que estrangulan los árboles y la convivencia entre las plantas. Batman es la droga dura que utiliza el sistema para no autodestruirse. Una mezcla de cocaína y heroína disuelta en una película de terror. La bomba nuclear diaria. La justificación que utiliza un hombre, Bruce Wayne, para no suicidarse. Una tardía y salvaje búsqueda de ética en medio del estercolero moderno. Batman es, de hecho, uno de los escasos superhéroes que posee un traje oscuro. Es un murciélago. El animal que con sus gritos y vuelos protege a los vampiros -los banqueros capitalistas- e inconscientemente, vela por los responsables de la “injusticia y las desigualdades contemporáneas”. Es un aliado de los centros de poder y un perverso domesticador de los instintos rebeldes. El demonio que destruye a otros demonios. Un empresario metido a héroe para salvaguardar los intereses de su clase que clama torturado en medio de la noche por la incomprensión de unos y otros.

Batman es un ser sin reposo. El héroe de la sospecha. Un hombre en eterna huida hacia delante. Culpable. Alguien que hereda sin esfuerzos una tremenda fortuna que, al menos una parte tuvo forzosamente que tener orígenes turbios y se convierte en icono publicitario del capitalismo. Pero rápidamente, reniega de esta imagen y abandona el amparo de la ley para convertirse él mismo en esa ley de la que desconfía y frente a la que se impone no con el fin, paradójicamente, de construir un nuevo orden económico y social sino para proteger aquel del que soñaba con alejarse. Es decir;  Batman es un símbolo de la esquizofrenia capitalista. Tanto víctima como culpable de sus actos. Un héroe frívolo y a la vez, siniestro. Superficial e intenso y profundo. Un delirio de la era del dolar incapaz de aceptarse a sí mismo y transformar su violencia en altruismo: donar por ejemplo, gran parte de su ingente fortuna a los desheredados de Norteamérica o a los desnutridos habitantes del Tercer mundo y someterse a un tribunal que juzgue sus actos como el resto de ciudadanos a los que dice defender desde su privilegiada posición. Lo que prueba que el joker y Batman no son tan diferentes. Utilizando la realidad social española, serían algo parecido a lo que fueron el GAL y ETA. Dos diablos cegados aliados del poder cuyas confrontaciones ayudan a que las semillas del odio continúen propagándose. Sueño y pesadilla de un mundo sin más ley que el dinero. Shalam

                                                   إِذَا عَمَّتِ الْمُصِيبَةُ هَانَتْ

Las fronteras son para los nómadas una forma de locura

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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