Black death

0

Toda película medieval, como el es caso de la dirigida por Christopher Smith en 2010, Black Death, tendría que referirse a la peste. Tendría que tenerla como tema central o secundario. Una simbólica excusa a través de la que referirse a la verdadera plaga que asoló el Medievo occidental: la barbarie y el miedo de las propias hordas cristianas. La decadencia de un mundo que, confrontado con el oriental, palidecía por su escaso refinamiento. Se desesperaba como un animal a punto de ser degollado, buscando en  Cristo un milagrosa señal, un símbolo para resistir.

La tortura mental y la ansiedad fueron el motivo real que llevó a forjar las cruzadas. La creación de un mundo mágico y mítico, Camelot y el Santo Grial, que consiguiera mantener viva la fiera occidental. Quienes se empeñaron, a pesar de los fracasos, en recuperar Jerusalén, sabían que era una manera de morir matando. Ante todo, por la fortaleza del imperio árabe. Pero también porque su envanecido comportamiento se encontraba desde hacía ya mucho tiempo en las antipodas de la leyenda de aquella ciudad plural. Santa. El mundo occidental no tenía, de hecho, posible comparación con el oriental. Ni tampoco con el bizantino.

Es triste repetirlo. Pensamos que el Medievo fue una época oscura. Pero esto sólo ocurrió así en unos cuantos países europeos. Aquellos que hoy en día controlan todavía parte del mundo y por tanto, la visión que tenemos de él. Los mismos que engañaron el mundo árabe y lo dividieron, según sus conveniencias, durante el siglo XX. ¿Fue para España el dominio musulmán, el califato omeya de Córdoba por ejemplo una época negra? Al contrario, fue una de las más esplendorosas de toda su historia. Un jardín cultural eterno. Pero no somos capaces de reconocerlo. Por lo general, gritamos airados contra el moro. Clamando de júbilo por la disolución del imperio persa. La gloria del caballero Ramiro. Una prueba de que la peste no era sólo una enfermedad física. Era, ante todo, mental y espiritual. Una metáfora cruenta de la que asolaba el espíritu de unas tierras vencidas que encontraron afortunadamente en la fe un soporte para no desaparecer. Y más tarde, también un bastión para reinar y poder vengarse con saña de las afrentas sufridas. Las humillaciones y muertes contra las que reaccionarían cruelmente, olvidando los mensajes de amor y perdón aprendidos en oscuros, aislados monasterios.

Tal vez esté delirando. O tal vez no. Pero creo que lo anteriormente dicho, resume Black Death. Un film duro y rocoso. Pero también ágil. A mitad de camino entre el cine de autor y las leyendas de espada y brujería. El documento histórico y la extravagante ficción. La seriedad y la hechicería. Un rotundo martillo que destroza conciencias sin excesivas pretensiones. Pero por ello mismo, consigue abrir brecha en la pantalla. Permite vislumbrar en unos cuantos minutos algunas de las más profundas raíces de la cólera occidental. La creación del reino anti-sufista e imperio de la sospecha actual o el nacimiento del superhombre nitzscheano y la aniquilación de la magia alquímica, como el lógico, siniestro resultado de cientos de heridas sin cicatrizar.

De hecho, Black Death finaliza en su punto más álgido -con el antaño joven monje inocente convertido en un cruento caballero medieval que no duda en torturar y arrojar a cualquier joven acusada de hechicería, a la hoguera- porque esta historia no ha finalizado todavía. Sigue ardiendo en los escupitajos que preceden al encuentro con lo “desconocido” en nuestras tierras y la ceguera y pasión con que nos abrazamos a todo nuevo invento técnico. A la ciencia. Esa enemiga de la peste negra que para protegernos de la enfermedad, ha caído en extremos tan o más grandes que los del torturado monje que termina encarnando la antigua plaga mortal. Cabalgando por una Europa que, como prueba su fría mirada de odio final, fue reconquistada por la fuerza de la sangre, la bestia ardiente que ruge hasta matar a los contrarios, y no tanto por la fe. O el amor. Las virtudes teologales cristianas derrotadas por el paganismo. Junto con la ciencia, repito, probablemente la ideología bajo la que se cimentó y construyó la Europa actual. Y la pretérita. La griega y romana. Ese mundo en que Pablo de Tarso no sufrió ninguna conversión. Continuará persiguiendo cristianos en nombre de Roma hasta la eternidad. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Dios te juzgará según tú juzgues

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo