Cárceles

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Lo que me interesa del primer Jarmusch es su faceta musical. El director norteamericano no filmaba con espíritu de cineasta sino de bluesman. Movía la cámara como si tuviera en las manos una guitarra y visualizaba la realidad bajo el filtro rockero. Por lo que sus películas eran rebanadas de blues árido y antiguo rociadas con un poquito de gasolina punk. Filetes en blanco y negro en los que se intentaba recuperar el espíritu artístico de los años 40 del pasado siglo o la anárquica libertad beat sin retrotraerse a ella expresamente. Por eso en Bajo el paso de la ley, la trama no importaba tanto como el espíritu que se deseaba invocar: el de Howlin’ Wolf, Elmore James, Bresson y Bogart. El argumento era una mera excusa para realizar una declaración de amor a los filmes carcelarios y al género negro. De hecho, los actores -y no digo esto peyorativamente sino como una marca de estilo- no se tomaban en serio su papel. Tanto John Lurie como Roberto Benigni y Tom Waits no más que hacían que interpretarse a sí mismos. Parodiar su imagen. En gran medida, los tres realizaban un recital de jazz delante de la cámara durante el que de tanto en tanto llevaban a cabo portentosas y rocosas improvisaciones como esa mítica tonada que al ritmo de un simple estribillo -“I scream, you scream, we all scream for ice cream”- hace rugir como animales a todos los convictos de la prisión en que se encuentran.

Jarmusch en los 80 era un destroyer. Un tipo con estilo clásico y al mismo tiempo arisco. Su cine era completa y desesperadamente opuesto al que se estrenaba en las salas. Era crudo y salvaje. Libre. Parecido a un disco en directo y sin casi trabajo de producción. Desnudaba las películas de todo lo superfluo y se dedicaba a experimentar con dos o tres elementos. A veces da la sensación de que esos filmes eran proyectos universitarios. De que habían sido rodados en una habitación y no con todo un equipo fílmico detrás. Siempre que los veo, repito, ecos de blues sucio suenan en mi cabeza. Por lo que supongo que alguna vez bajaré el volumen de una de sus películas y la contemplaré mientras escucho a Robert Johnson. Ya que, al fin y al cabo, recuperaron y mantuvieron vivo el alma del rock con mucha mayor intensidad y coherencia que una gran parte de los discos de su época. Shalam

يشكون من عدم وجود ذاكرة ولكن ليس لديهم أي معايير

Se quejan de no tener memoria pero no de no tener criterio

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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