Carretera perdida

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Carretera perdida es una barbaridad. Tanta satisfacción me producen sus imágenes que creo que si decidiera no ver ninguna otra película durante el resto de mi vida, no me sentiría especialmente insatisfecho. Porque el negro telón que antecede a sus imágenes, se encuentra cortado a trizas y no cesa de moverse. Formando una figura u otra, más que según el punto de vista elegido para adentrarnos en sus movedizos pasajes, según nuestro estado de ánimo. ¿A qué alude la obra de Lynch? Es difícil decirlo pero creo que Carretera perdida es un agujero que marca y refleja un límite. El límite cruzado por el capitalismo según el cual ya es imposible para cualquiera a quien alcancen sus tentáculos -y mucho menos para los que viven cerca de su centro- evitar la esquizofrenia. El tortuoso músico hábilmente interpretado por Bill Pullman, Fred Madison, es el hombre contemporáneo adentrándose para siempre en un anillo de Moebius infinito y perpetuo. La era Internet. O la de la conciencia autodestruida. Quebrándose en cientos de trozos y reconstruyéndose una y otra vez en un deja vu continuo. Como el arte contemporáneo. La música hecha de refritos y samplers. Anónima y colectiva. O esos discos que son más indagaciones desorientadas en lugares desconocidos, búsquedas abismales rastreando el cadáver de la música, -pienso por ejemplo en John Zorn- que interpretaciones musicales tradicionales.

Fred Madison es probablemente un criminal y un cornudo. Un asesino vulnerable. O un psicópata sensible. La imagen de un torbellino dentro de una película que es tanto una invocación demoníaca, la emergencia del crimen en esos fantasmagóricos suburbios capitalistas que son máquinas de olvido, como una alegoría sobre el vacío. Una trituradora de imágenes, hipótesis y explicaciones racionales que destroza clichés y tópicos a ritmo de un espídico réquiem roquero. Un pedazo del corazón negro de las Torres Gemelas. Seguramente, Carretera perdida es una tragedia sin anagnórisis. O un reconocimiento del drama al borde del fin de la película. Como corresponde a una obra que traspasa fronteras. La historia de un artista que no acepta haber sido traicionado por su mujer y tampoco es capaz de admitir su asesinato. Pero en realidad, ¿importa? Pues seguramente sí. Aunque creo que no es eso de lo que habla en su trasfondo este maremoto de imágenes con vocación de puzzle sin resolver. Más que nada, porque entiendo que alude a cómo las imágenes no es que nos hayan conquistado sino que nos han destrozado. Transformado y travestido. De hecho, actualmente pensamos vinculando extremismos, ideas contradictorias y puntos vacíos. Desde lo borroso y lo difuso. Siendo tan difícil aclarar a quién pertenece una imagen como el dinero. Básicamente, porque el sistema, la corporación tiene como fin engañar al ciudadano. Pero no culpabilizándolo. O castigándolo. Ni juzgándolo. Sino a través de mensajes cuya función no es transmitir verdades o falsedades sino imponerlas a través de sugerencias. Omitiendo la ideología real que se encuentra detrás. La cual no importa que descifremos, teniendo en cuenta que para cuando  unamos los fragmentos, el poder hace tiempo que se habrá ejercido. Con mayor o menor radicalidad. Convirtiéndonos en víctimas o asesinos que es sin duda lo que con más eficiencia fabrica el sistema. Seres solitarios, apenados, débiles o esquizoides. Balsas de miedo flotando entre remembranzas del pasado y un mar de perversa tecnología.

Carretera perdida mira hasta el fondo del abismo industrial. Conduciendo -un poco en la línea de la adaptación realizada por Fellini en su Tobby Dammit– a torturados personajes que pudieran haber sido extraídos de un relato de Edgar Allan Poe, a nuevas dimensiones. Sin embargo, lo que se rompe ahora no es el pasado, antiguos sueños, sino el futuro. Convirtiéndose el presente en un bucle perpetuo. Imágenes de castillos y rascacielos difuminándose. Mientras la civilización deviene de guarida en prisión y el ciudadano en  un asesino de instantes. Pero del instante que agoniza. Pues no puede dormir pero tampoco despertar. Vive alucinando. Olvidando el presente. Y recordando todo aquello que ya no podrá ser. Muy lejos de la realidad y lo cotidiano que ya no se le muestran o revelan ni en sueños. Shalam

عِنْدَ الْبُطُونِ تَذْهَبُ الْعُقُول

A la hora del hambre, se pierde la razón

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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