Cerezas

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El sabor de las cerezas es obviamente un filme que le he hubiera gustado a Albert Camus puesto que, a los pocos minutos, deja claro que no hay problema filosófico que sea más importante que el suicidio. De hecho, si se hubiera estrenado en los años 60 estoy seguro de que en muchos cineclubs se establecerían debates sobre su contenido tras una lectura de El mito de Sísifo. Su pausado y seco estilo visual posee además muchas concomitancias con el de las novelas del escritor de La peste. El origen de Kiorastami y Camus era africano y esto se percibe perfectamente en esta película. Puesto que el director iraní habla en voz baja. Casi en murmullos. No acentúa practicamente nada. Y tampoco, como ocurría en El extranjero, da excesivas explicaciones sobre su personaje. Simplemente expone unos hechos, una cierta tesis, y deja que la realidad se encargue de desmentirla, ratificarla o, mejor aún, transformarla. Le bastan unos cuantos elementos para emocionar y contar una historia eterna. Captar el paso de la vida.

El sabor de las cerezas es una película bellísima. Es una parábola. Un filme bíblico y existencialista. Sencillo y claro. Casi un cuento sufí. Una obra parecida a un huerto que lleva incrustada en su interior varias semillas de trigo y unas cuantas gotas de zumo de uva y de sabiduría popular. En realidad es un milagroso haiku forjado con tierra, agua, sal y aceite. Y por eso no me resisto -contrariamente a lo que suelo hacer- a narrar a grosso modo su argumento. Un hombre, Badii, del que apenas sabemos nada pero es bien claro que acaba de sufrir un drama personal, busca una persona que, en caso de suicidarse, lo entierre o, en caso de inclinarse por no hacerlo, lo saque del hoyo donde dilucidará durante toda una noche si merece la pena seguir viviendo. En su camino encontrará varias personas que se niegan a ayudarle por diversas razones hasta que conoce a un taxidermista, el señor Bagheri, que tuvo un intento de suicidio años atrás. Pero, tras saborear unas cerezas que se hallaban en la rama del árbol en el que iba a ahorcarse, decidió no hacerlo. Esta anécdota así como el coraje y la vitalidad con la que le habla, impresionarán a Badii que no obstante, cumplirá con su promesa y se dirigirá al hoyo para tomar una determinación definitiva sobre su destino que nunca conoceremos porque Kiarostami deja el final abierto apelando al espectador.

Cada uno de nosotros ha de optar por vivir o no hacerlo. Eso es algo intransferible. E, igualmente, también ha de elegir internamente si el personaje de esta semilla de lino se suicida o no. Aunque obviamente, la historia narrada por el señor Bagheri es tan esperanzadora que podemos presumir que no lo hará. Porque, al fin y al cabo, el jugo de las cerezas es el de la vida. A veces algunas frutas maduran en exceso y se estropean y otras veces caen frescas y antes de su tiempo a la tierra. Hasta en las mejores cosechas aparecen alimentos amargos, agrios resecos y estropeados del mismo modo que en las existencias más dichosas hay experiencias lamentables y días aciagos. Pero eso no debería hacernos olvidar que incluso los ángeles en los cielos envidian a los seres humanos cuando son felices y tienen la posibilidad de degustar los frutos de la tierra en su punto justo. Shalam

الانتحار هو الحصول على قلب

Suicidarse es subirse en marcha a un coche fúnebre

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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