Chiriro

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Probablemente, Hayao Miyazaki quisiera transmitir en su fábula surreal, El viaje de Chiriro, que el capitalismo era un parque de atracciones. Un centro de distracción continua basado en la explotación. La acumulación de grasa y materia y trabajo esclavo. De hecho, eso es lo que Chiriro aprende durante su alucinada epopeya. Que la diversión es fruto del sudor y las risas del dolor. Probablemente también, que el hombre masa es un fantasma que el poder puede manejar de un lado a otro y al que hay que tener más compasión que odio. Aunque, desde luego, también deberíamos temerlo. Porque en su inconsciencia es capaz de adoptar una u otra forma y personalidad indiferenciadamente, como una peonza que se mueve vertiginosamente hacia todos lados. Ya que para el hombre masa, no es el universo el que fluye sino los gustos y sobre todo, los objetos a consumir. Su fisionomía es el reflejo de un mundo de colores cuyo fondo gris no puede ocultar una realidad sombría.

Con un lenguaje complejo, onírico y maravilloso, Miyazaki explicó a los niños y recordó a los adultos, que el tiempo del ocio es, al menos en el mundo moderno, fruto de la explotación y la vejación. Que los campos de trigo y amapolas florecen sobre el sufrimiento de miles de personas. Muchos de ellos emigrantes arrancados de sus familias, o nacidos en países, donde el trabajo es sinónimo de esclavización y no es una opción sino la salvación. Y que la violencia es la matrona de la sociedad. La madre fálica y eterna. La castigadora. La ley. Ese alguien que nos obliga a hacer las cosas. Casi un símbolo de la naturaleza destrozada. Violenta y vengativa. La muerte en ebullición. Dejándose ver orgullosa entre las estelas de un mundo fantasmal del que se desvanecen los sueños y en el que los viejos seres legendarios quedan reducidos a juguetes de feria. Kamikazes que entregarían su vida a un samurai si esto les permitiera volver a ser respetados.

En realidad, de no ser japonesa, Chiriro sería una película esquizofrénica. Casi violenta. ¿Dónde están los ancianos en ella? (Sí los hay, pero están o hundidos o locos). Un cuento cruel. Un maremoto de sentimientos encontrados volando al ritmo que lo hace un dragón blanco por el cielo, que lo mismo sugiere que las niñas para sobrevivir deben aprender a prostituirse como inunda de mierda unos baños termales, enseñando al espectador a ver el negro, la corrupción y la podredumbre detrás de la limpia asepsia de los edificios modernos. A descubrir los cuerpos calcinados de cientos de africanos bajo los hierros de la Torre Eiffel y las manos cortadas de indígenas enterradas en los subterráneos de los rascacielos norteamericanos.

Chiriro es una película perversa. No hay sexo en ella pero sólo aparentemente. Porque Chiriro es una menstruación infantil. Como la mayoría de los cuentos de hadas o infantiles. Un diafragma del mundo adulto encarnado en los ojos de una niña cuya heroicidad radica en no sucumbir a los deseos. Básicamente, porque no los tiene. Aún. Todavía. Lo que no significa que no haya flujos y más flujos de líbido -ciertos sonidos que se intuyen tras las paredes de los baños o ese baile entre espíritus muertos y cuerpos más o menos consistentes- flotando en torno a ella. Casi como símbolo de una sexualidad que crece a medida que el mundo adulto se hace más y más decadente. Las brujas se retuercen en sus mundos ególatras y los padres se bañan en pozos de comida para evitar su frustración, mientras el proletariado vive entre murmullos y gritos, obedeciendo órdenes o soñando con fiestas tumultuosas para sobreponerse al tedio.

El viaje de Chiriro muestra en definitiva que el opio del pueblo es, sí, el trabajo. Y la obediencia. No tanto el consumo como la sumisión que este acto muestra así como la necesidad de estar encadenados a un falo. Chiriro  en cualquier caso no es una melodía dulce. Es una película de terror con final abierto. Una jocosa caricatura del mundo moderno que explora las raíces de nuestro miedo a vivir. Y también preludia los problemas y la imposibilidad que Chiriro tendrá de experimentar una sexualidad libre. Porque -y aunque parezca lo contrario- Chiriro nos dice que en este mundo, tal y como se encuentra estructurado, no hay libertad. Cada día de fiesta regulado por el estado es un funeral. Y cada una de las vacaciones que hemos disfrutado a lo largo de nuestra vida, una masacre de inocentes.

El capitalismo es un un mundo como la televisión, lleno de colores que Chiriro tendrá que apagar. Opacar y fundir al blanco y negro para sobrevivir. O vivir su vida, como las heroínas de Godard. Que es con quienes se me ocurre comparar a esa inquietante niña. Además de con las geishas. Pues el viaje al que alude la película, comienza precisamente al final. La introducción al mundo adulto. Ese muro de tierra que Luis II de Baviera y cientos y miles de seres crecidos al abrigo de Peter Pan se empeñaron en tumbar con montículos de arena, contribuyendo únicamente a hacerlo más grande. Más y más grande. Como esas fantasmagóricas montañas rusas parecidas a las patas de gigantescas arañas enclavadas en los parques de atracciones que de vez en cuando aparecen en mis pesadillas cuando recuerdo esta cruenta aventura por los extrarradios neoliberales. Un mundo en crisis y destruido tras la visita de Godzilla, el capitalismo tardío, que aún así, sigue funcionando. A base de deuda y de niños. Inocencia y crueldad. Chiriro y Hansel y Gretel. Escarvando obstinadamente en la tierra para sentar las bases de la futura Mad Max nipona. La tierra sin tradición ni futuro. Mundo Manga. Chiriro corriendo desnuda por una Tokio que está siendo destruida por un terremoto. Akira. Un maremoto. O las bombas fabricadas por los hombres. Shalam

                    ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Los pobres no tienen tiempo libre

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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