Clowns

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¿Dónde están los clowns? Hoy he vuelto a ver cinco minutos del mítico film que les dedicara Federico Fellini y no he podido evitar hacerme esta pregunta. Tal vez porque las películas del director italiano continúan siendo las únicas que me hacen querer bailar al terminar de verlas. Plantearme ciertas cuestiones que no suelo hacerme en mi vida cotidiana.

Una inmensa e intensa celebración de la existencia. Así concibo yo el cine del gran Federico. Como si se tratara de una fresa sensual repleta de chocolate que contiene las píldoras justas de sensualidad, magia e ingenio dentro. Una representación interminable, festiva y de gran maestría de la Comedia del Arte. Una invitación a establecer un diálogo con Polichinela, los viejos forzudos que trabajaban en los circos, las matronas y las muchachas fascinadas con la prensa rosa y los galanes. Un viaje por lo que resta en la Italia moderna de la Imperial. Una revisión a corazón abierto de los mitos clásicos y los sueños de la infancia, los grandes proyectos e ilusiones de la modernidad entre las calles de una Europa que renacía de sus cenizas tras la postguerra.

Pocos creadores me han hecho disfrutar más en una sala que Fellini. Recuerdo que durante años, cuando no las había visto todas, los momentos previos a contemplar una de sus obras eran emocionantes. El paso anterior a un baile en pareja inolvidable. He disfrutado tanto con el cine de Federico Fellini, con su visión de las mujeres mediterráneas, el minotauro, la luna, las ciudades imperiales y la vida moderna y la pedantería de los intelectuales y el encanto de los viejos danzantes y del gran Giacomo Casanova y su retrato de los jóvenes playboys de la Italia profunda y sus jocosas críticas a la iglesia y sus recorridos en motocicleta por Roma y lo grotesco de muchas de sus representaciones, que no creo que pudiera ser justo con él ni dedicándole ciento y una entradas de avería. Federico fue un grande del arte y de Italia en serio. Una buena persona. Un hombre con un corazón sensible que amaba comer y dialogar. Estaba totalmente enamorado del estilo de vida latino y nunca llegó a salir del todo, como sabemos todos sus admiradores, de la infancia.

No merece la pena recomendar una sola de sus películas. Todas llevaban su sello y esto ya era suficiente garantía. Tal vez Julieta de los espíritus y La voz de la luna sean las dos únicas que no llegaron a satisfacerme del todo y me dejaron una media sonrisa en los labios. Pero incluso en ellas encontré fotogramas e instantes sublimes o que al menos me hacían sonreír. Sentirme como un niño ante la pantalla dispuesto a participar de la vida de los personajes con absoluta naturalidad. Pues creo que este era el merito del gran Federico. Presentarnos la vida de hombres y mujeres que en principio nos eran ajenos con una cercanía tal que no nos hubiera sorprendido saludarlos en la calle al terminar la sesión sin que por ello perdieran glamour o magia alguna. Tal vez porque para Federico no había muchas diferencias entre el arte y la vida. Los concebía a ambos unidos por ese cordón umbilical que era su memoria.

Si el arte europeo del siglo XX murió cuando lo hizo Pier Paolo Pasolini, la inocencia terminó del todo y para siempre cuando se fue Federico Fellini. Cuando las trompetas que emergen como cisnes entre un cielo nublado de la banda sonora de La Strada dejaron de oírse en los palacios de Roma, los canales de Venecia, las calles de Nápoles, los pueblos de la Sicilia o el puerto de su Rímini natal, y cientos de ángeles dibujaron una media sonrisa porque uno de los suyos llegaba al paraíso mientras cientos de humanos lloraban para despedir a un ser especial que se había ido para siempre como lentamente, lo haría el público en general de los circos. Condenando a los clowns al ostracismo. Ese desierto de sonrisas en que se ha convertido la vida cotidiana. Un arisco páramo donde se ha perdido la conciencia de lo que significa el arte de comer, tomar un café, saborear el sexo y un helado y tomarse el tiempo necesario para hacerlo. Olvidando que más que placeres humanos son placeres divinos sin los cuales no tendría sentido alguno esta vida. Como tampoco la habría tenido para mí sin el cine del gran Federico. Un hombre que concedió dignidad a lo ridículo, aportó frescura en la decadencia, se rió de todos los ocasos y supo hacer comprensible el Barroco y todo aquello a lo que se aproximó. Porque era prácticamente un joven adolescente que se sentaba a contemplar con nosotros sus películas, bostezaba tanto o más que lo hacíamos nosotros y se preocupaba realmente si no nos reíamos o las disfrutábamos lo suficiente. Un clown con una mezcla en su alma de niño, intelectual y poeta, nacido en una marmita donde cientos de gotas de cariño y simpatía y unas cuantas más de magia y sensibilidad se mezclaban con las obras de arte más relevantes de los siglos pasados. Shalam

 وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

La manzana no cae lejos del árbol

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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