Depredador

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Depredador, el film de John McTiernan, era una película de acción realmente especial. Tal vez porque a pesar de encontrarse protagonizada por un estrellón como Arnold Schwarzenegger y estar rodada con bastantes medios, desprendía un aroma a producto de serie B irresistible. Parecía una de esas breves y mágicas historias que bañaban las páginas de revistas como Cimoc o Zona 84 o una de esas películas deslavazadas pero llenas de magia del cine de los 50 o 60 protagonizadas por dinosaurios. Su error radica en que descubrimos muy pronto que el depredador es un extraterrestre y en que, por momentos, es demasiado obvia. Pero estas imperfecciones las corrige perfectamente la banda sonora de Alan Silvestri. Un inquietante y abrupto fondo sonoro ideal para la historia narrada: el encuentro entre una fuerza de élite norteamericana y un monstruoso ser en una frondosa selva de América Central sobre el que, afortunadamente, apenas sabemos nada. Porque, en estos casos, toda explicación suele ser redundante y acabar con el misterio. En Depredador, de hecho, no nos interesa únicamente la lucha, el combate por la supervivencia sino qué cojones hace la horrorosa criatura en la selva. Y el no saberlo le da empaque, consistencia, magia a la película. La convierte en un thriller de consumo bélico que roza la ciencia ficción y el género abstracto del terror. Una delicia trash parecida a un pastelito de chocolate a la que cada error, hace más encantadora.

Depredador es cine de acción intenso y simple. Bien ejecutado. Una película que da para un debate. No tanto sobre lo que ofrece que, a grandes rasgos, es violencia fascinante y horror malsano sino sobre el cine de acción. Un género que está demasiado encasillado. Es demasiado previsible. No acostumbra a romper sus moldes ni sus límites sino que se precipita en ellos. Lo que acaba generando aburrimiento. Una sensación de estafa. El cine de acción se ha convertido básicamente en palomitas y espectáculo. Pero cuando es bueno es delicioso. Tan o más aprovechable como el cine de autor. De hecho, es su opuesto y complementario. El cine de autor a veces es insufrible por demasiado trascendente. Porque considera la reflexión un absoluto y muchas veces ni negocia ni es empático con el espectador. Y por contra, el cine de acción es insufrible por intrascendente. Porque despliega un mundo en el que la reflexión está vejada y vive pendiente del espectador (o mejor, de su dinero).

Vivimos en la sociedad del ocio pero, paradójicamente, el entretenimiento está muy mal visto. Tanto a veces como el deporte. Tal vez porque tanto los actores fetiche del género acción y aventuras como los deportistas nos recuerdan a los niños. Desean imponerse en vida contra el ocaso aunque su fracaso es seguro. Y los intelectuales por lo general, viven obsesionados con la idea del fin. Son incapaces de golpear con fuerza en la vida. Son esclavos de la realidad a la que intentan suplantar, engañar a través de la reflexión. La imaginación. Pero tanto las creaciones más aparentemente inanes como los deportes más obscenos o las novelas más complejas surgen al menos en primera instancia, del tiempo que no existe, que no se encuentra programado: el desechado. Lo que indica que tienen más en común de lo que pudiera parecer. Que son actividades, creaciones a través de las que el ser humano explora el mundo. Y que lo que importa básicamente es ejecutarlas con toda la grandeza que sea posible. Bien como si la muerte no existiera, bien como si fuéramos a morir ahora mismo. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

Los cabellos grises son los archivos del pasado

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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