Derek Jarman: un icono en tiempos revueltos

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Hace varios años, realicé para la revista El coloquio de los perros un artículo sobre el cineasta Derek Jarman. No conté allí qué es lo que me impulsó a escribirlo pero lo haré ahora. Estaba pasando unos días de asueto en Barcelona y al comprobar que proyectaban Jubilée en un cine, me decidí a ir a verla. No sé si era lunes o martes y se me antojaba un buen plan asistir a su pase para comenzar la tarde. Hacía unos meses, había contemplado en Buenos Aires la mayor parte de los films de Jarman y me apetecía terminar de hacerme una idea de los mismos. He de reconocer que desde el primer momento, al llegar a la sala, percibí ciertas rarezas. Las miradas indisimuladas de los revisores y gerentes, decenas de afiches de películas porno mezclados con otros de arte y ensayo de manera torpe y un olor un tanto desagradable. Ingenuo de mí, no tomé conciencia de que me hallaba en un cine gay (más o menos camuflado) hasta que, al poco de empezar la película, un señor se me acercó intentando acariciarme la espalda. Rápidamente, lo aparté y le pedí contención y continué atento a la proyección. Pero a los cinco minutos, otro señor repitió la operación y luego otro, llegando a ser el abordaje tan agobiante que tuve que salirme del cine por unos minutos. Al preguntarle al dueño qué es lo que sucedía y si esto era normal, me contestó si no sabía dónde me encontraba. Para entonces, yo ya lo había comprendido perfectamente pero le repetí que estaba interesado en la película. Una obra que desgraciadamente era difícil de visualizar en los cines comerciales o incluso en filmotecas y que terminé de ver en condiciones -por decir una palabra suave- un tanto extrañas. Ocupando con mi cuerpo entero dos o tres asientos haciendo creer a quienes se acercaban que estaba ocupado en ciertos menesteres sexuales.

En cualquier caso, no me enojé, tomé todos estos percances como anécdotas que engrandecían y hacían más atractiva y peligrosa la visión del cine de Jarman y, a los pocos días, escribí este texto que dejo a continuación.

Ahí va:

Derek Jarman: un icono en tiempos revueltos

Es probable que, debido a su irregularidad, excesivo manierismo y melodramatismo, la obra del británico Derek Jarman (1942-1994) no haya entrado todavía a formar parte del santoral cinematográfico. Aunque tal vez lo que más haya contribuido a esta indiferencia sea su singular, valiente y sin complejos apuesta homosexual en un mundo en incipiente estado de alerta y proclive a la censura de la promiscuidad debido a la reciente aparición de la enfermedad conocida vulgarmente como Sida que  terminó con su vida.

Otra de las razones que podría explicar el que, por ejemplo, en España no se haya reconocido su talento como artista, podría radicar en su pericia para combinar géneros a primera vista disonantes como la moda, el ballet, la música pop, el teatro y el cine sin excesivos complejos. Su filmografía surge de las contradicciones que comenzaron a forjarse en las sociedades posmodernas con un alto desarrollo industrial a mediados de la década de los 70 de las que estaba apartada en aquellos momentos España. Se forjó en un mundo que no podía ya identificarse con los mensajes de amor lanzados por las hordas hippies en los años 60, lastrado por la incertidumbre de la crisis petrolera, las diferencias entre los bloques capitalista y comunista y necesitado, por tanto, de una nueva manera y estética de pensar y mirar artes como la literatura, el cine o la música pop.

En este sentido, aunque el arte de Jarman contenía muchos atributos y rasgos modernos, se encontraba marcado por pautas que  en su día chocaron con el gran público: el kitsch y la ambigüedad genérica y narrativa. Era una obra bastante difícil de calificar, que participaba de las confusiones éticas y estéticas de su tiempo e intentaba abrirse en un hueco en un mundo tendente a dividir los ámbitos y espacios culturales en dos categorías: alta cultura (literatura, cine de autor y música clásica) y baja cultura (bestsellers, cine de bajo presupuesto o comercial y música pop).

Lo cierto es que, por más sofisticadas que pudieran parecer, las coloridas, iconoclastas y rebeldes creaciones de Jarman eran una manifestación intensa, sensible y, por momentos, dolorosa del dolor, miserias y anhelos del ser humano a lo largo de los tiempos. Únicamente que su acercamiento a estos problemas no fue en absoluto tradicional. Como hemos dicho, el artista británico buscó una nueva mirada y forma de abordar esta temática plenamente contemporánea que lo condujo a explorar múltiples campos artísticos.

Resulta, desde este punto de vista, imposible separar su famosas realizaciones de videoclips para The Smiths, Pet Shop Boys, Suede o Mariane Faithful, de sus diseños para ballets contemporáneos, inquietantes pinturas o famosas, sí, irregulares pero irresistibles películas. Creaciones que demuestran que -aunque Jarman nunca desdeñara la literatura, como prueban tanto su autobiografía como su adaptación, por ejemplo, de La tempestad de Shakespeare- su talento era eminentemente visual. Adaptado al ojo catódico del medio televisivo. Lo que le conduciría a jugar en algunos films –acaso inspirado por Godard- con la estética teatral y la por entonces técnica subvalorada de los telefilms (véase Eduardo II o incluso Wittgenstein) para llevar a cabo una radiografía sutil y visceral de nuestro tiempo.

Por ello, entiendo que es rescatable y de visionado obligado la obra de este cineasta. Porque fue él quien inmortalizó la imagen de Morrissey y sus muchachos, The Smiths, en unos vídeos que marcaron y condicionaron para siempre toda la estética de la música pop e indie de los años 80 y 90; consiguió dar un testimonio sin fisuras de la época post-industrial y del no future inglés de una intensidad única; dotó a Pet Shop Boys de credibilidad poniendo el énfasis en su habilidad y talentos kitsch al introducir en sus espectáculos elementos de ballet contemporáneo; o, por ejemplo, permitió que la línea cinematográfica trazada por Paul Morrissey pudiera seguir expandiéndose en el tiempo aunque fuera de una manera muy sui generis como demuestra esa obra feísta y atípica –suerte de Jhon Waters meets punk rock- que es Jubilee.

Además, Jarman se atrevió a realizar –cuando ya languidecía aquejado de Sida- una radiografía fría y etérea del filósofo que, sin ninguna duda, más ha influido en su obra y puede que en todo el siglo XX, Wittgenstein. No dudó en dejarse guiar por influencias en aquellos tiempos desacreditadas como Fassbinder o Douglas Sirk para construir sus películas a contracorriente y radicalmente personales. Y supo radiografiar con entereza, entre el testimonio personal y documental, la eclosión de la cultura queer. Realizando de paso un veraz autorretrato de sí mismo: una personalidad inteligente y compleja, por momentos, autodestructiva y hedonista, con tintes sadomasoquistas.

Verdaderamente, resulta hoy muy difícil concebir gran parte de la estética de los videoclips actuales sin mencionarlo como a su vez, es difícil imaginar o creer que la carrera de un director como Mike Leigh hubiera podido desarrollarse con la sobriedad que la ha caracterizado de no tener antes un epígono en el que apoyarse como Jarman.

Y es por ello que me he animado a rendir homenaje a un cineasta que ya desde su primera película, Sebastianne, marcó un límite y frontera entre su cine y el de sus contemporáneos. Elevó a obra de culto el oscuro y subvalorado biopic gay y contribuyó a “normalizar” el obscuro cajón homosexual en el mundo, haciéndolo objeto de admiración en determinados ámbitos. No hace falta más que citar los nombres de Almodóvar o toda la saga de artistas heterodoxos surgidos a partir de kaka de luxe –el impagable Carlos Berlanga a la cabeza- para corrobarlo; o referirse a toda la pléyade de modistos que, inspirándose en los films de Jarman, introdujeron en el ámbito heterosexual, trajes y atuendos diseñados a partir de la sensibilidad gay que comenzaría a imponerse en los centros de alta cultura durante toda la década de las 80 hasta su ascenso imparable en las últimas décadas.

No acaban aquí los méritos de la obra de Derek Jarman. Un artista que permitió hacer más comprensible y digerible el talento de Tony Richardson y de, por supuesto, Ken Russell. Un cineasta este último bastante devaluado por intentar mezclar de manera confusa géneros tradicionalmente antagónicos como la ópera y el rock que, sin embargo, Jarman sí que supo conjugar e integrar de manera magnífica en su obra. Haciendo un tratamiento minimalista de las facetas pop para adaptarlas al espectáculo intenso y grandilocuente operístico con una inteligencia y sensibilidad radicalmente modernas (véase War Réquiem con la participación de un resucitado Lawrence Olivier).

Sí, la figura de Derek Jarman da para mucho que hablar y por ello, sorprende los escasos artículos que hay sobre su obra. Su pintura, por ejemplo, –cercana, por momentos, a la de Bacon y, sobre todo, a la de Pollock- nos habla de un hombre radicalmente enamorado del arte que no necesitaba sumergirse en los fosos surrealistas para bucear en su conciencia e iluminar los matices oscuros que la vida traía consigo. Y de ello da muestra, por ejemplo, su intenso Caravaggio. Film en el que realiza un retrato de la tumultuosa vida del pintor italiano, evocando sus amores, traiciones y pelea para ofrecernos una idea cabal de las raíces de la belleza irreal, inaudita y angélica de tantas de sus composiciones.

A su vez, la iconografía cerrada, simple, escueta de sus films, (a excepción de la mayestática Sebastianne, rodada en los parajes agrestes de África y en riguroso latín), nos remiten a un artista muy preocupado por los aspectos compositivos y encuadres de sus obras. Un estudioso, observador atento y conocedor de la arquitectura moderna, sabiamente utilizada en sus films para aproximarnos a los personajes evocados en ellos. Pues es gracias a su meditado uso del minimalismo que Jarman conecta con el espectador y nos acerca a figuras históricas, haciéndolas pasar prácticamente por contemporáneas nuestras. Incidiendo en la proximidad de sus vidas y dramas con los nuestros.

Dejando de lado las polémicas sobre su opción sexual -desgraciadamente, lo único que en profundidad conocen muchas personas de este autor en España-  lo cierto es que la obra de Jarman está necesitada de un estudio pausado que sepa delimitar sus influencias, verdaderos logros y la huella que ha dejado en el arte contemporáneo. Pero mientras ese estudio llega, creo que es necesario poner de nuevo de manifiesto tanto su talento como las dimensiones poéticas de su obra.

Entiendo, de hecho, que si sus películas suscitan todo tipo de reacciones extremas es porque su mensaje y estética no han podido –gracias a su rebeldía- ser comprendidas y absorbidas del todo por la sociedad culta de consumo. Y basta, a este respecto, revisar de nuevo el último testimonio de Jarman  (Blue) –filmado prácticamente por entero con la pantalla en tonos cromados azules y sin imagen alguna- y volver a escuchar el testimonio de su voz en off reflexionando sobre los problemas del mundo contemporáneo y la vida del ser humano para atestiguarlo.

De alguna forma, el último mensaje que Jarman nos quiso legar antes de que el Sida lo apartara para siempre de nosotros, no era muy distinto al que sigue: todos somos un océano de emociones, un río revuelto o pausado de sentimientos que, antes o después, desembocaremos en algún lugar, alguna perdida playa desierta donde tal vez nos encontremos con aquellos seres con los que compartimos nuestra vida; y allí, frente a ellos, ya todos muertos, mirándoles a los ojos, deberemos atrevernos a confesarles si les concedimos todo el amor que pudimos haberles dado. Algo que el artista intentó darnos en una obra alejada del academicismo y forjada desde el sentimiento. Desde el centro exacto del corazón. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

        No hay mano que pueda parar el tiempo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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