El caballo de Turín

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El caballo de Turín es una película viciosa y áspera. Porque si uno conecta, entra dentro de ella, ya no sale. Se queda allí a vivir. Respirar. Entre los tornados de un viento inacabable, molesto que quiebra el esqueleto. Como en la mayoría de las filmadas por Bela Tarr. Solitarias sinfonías de dolor a las que la monocorde y repetitiva música de Mihâly Vig pone el fondo adecuado, aunque igualmente podrían ser ilustradas, mecidas por un disco de Goodspeed You! Black Emperor. Por un mar de estruendosas guitarras capaces de hacer caer ángeles violentos del cielo, ilustrando el pánico. La noche oscura del alma. El film de Tarr hace rememorar el trotar de caballos cabalgando a través de paisajes solitarios y nevados con un miedo feroz en los ojos. Como si estuvieran siendo perseguidos por la peste. O la misma muerte. Además, del desconsuelo de individuos hacinados en cuevas donde se cuece y casi que se huele una soledad feroz. Una soledad que muerde como no se ha visto nunca en el cine. Porque es una soledad sin remedio. Sin esperanza. Y que no se puede nombrar y sobre todo, comunicar que es precisamente lo que pretende Tarr. Con esa desgarrada pasión que sólo los locos poseen. Y los vagabundos. Los héroes destruidos de sus oscuros frescos de apática mentalidad eslava.

El caballo de Turín, el testamento del cineasta de húngaro, es la filmación de un suicidio. Lento y pausado. El de la humanidad. Un ensayo de Cioran enrevesado con la funesta sombra del Apocalipsis. El fin del mundo. Una muestra de que para los humildes, el pueblo, sólo han quedado dos opciones desde la caída del muro o el comienzo del siglo pasado: la locura o la pobreza. El camino de Nietzsche o el del padre y la hija retratados aquí. Condenados a morir de hambre aunque, aun así, ponen en duda las ásperas noticias del exterior. No se atreven a terminar de reconocerse como excluidos. Cadáveres. Muertos. Y viven y respiran como si estuvieran siendo torturados. Sometidos por la mirada de un demonio que no los quiere en su reino. Los desprecia tanto que ni siquiera les hace un hueco en el lodo. En este film, no hay palabras. Hay rugidos. Murmullos de almas perdidas. Pensamientos mal dichos. Monólogos sin cadencia. Porque no creo que Bela Tarr haya retratado un trozo de la tierra, sino del purgatorio. El creador húngaro se ha introducido debajo de los lagos y atravesado el otro lado del límite, para narrarnos una historia de seres fallecidos. Desvanecidos. Espíritus que flotan. Piensan que tal vez viven o que vivirán algún día. Cuando ya no quede ni un pellejo de su piel sobre sus huesos.

Bela Tarr es un asesino. Odia a sus personajes porque ama la vida. Sabe que el ser humano no es digno de ella a no ser que sufra. Aprenda a redimirse. Por lo que retrata el egoísmo sin compasión. Y brinda por nuestra indefensión. Pues entiende que sólo en nuestro fracaso, la conciencia de nuestro error, se haya un pozo de salvación. Retrata un mundo sin dioses y posiblemente sin hombres. Un cenagal en el que ni siquiera al llegar el ocaso, alguien se pregunta las razones por las que vive. Y aguardar una reacción, que la mano se alce al cielo interrogándose por algún porqué, es un milagro. Como escuchar la palabra de dios. O tocar el manto de un ángel. Porque, en esencia, Tarr no filma el fin de la vida. Filma el fin de la cultura. La venganza del mundo natural contra la filosofía. Y el desprendimiento una a una de las páginas de la Biblia. Shalam

نَّ الْكَذُوبَ قَدْ يَصْدُقُ

El mentiroso a veces dice la verdad

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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