El club del suicidio

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El club del suicidio es una obra retorcida hasta la extenuación. Tanto que únicamente tiene dos escenas realmente grandes. Sumamente perversas: los suicidios colectivos de un par de grupos de adolescentes. Pasajes fascinantes de una belleza insólita. ¿Puede ser esto casual? No lo creo. Básicamente porque entiendo que el mundo sórdido retratado caóticamente en el resto del metraje tiene como propósito destacar esos dos intensísimos momentos que sostienen toda la película. Además de la repetitiva actuación de un grupo de éxito infantil cuya canción -una pegadiza nana bailable- funciona a modo de un mensaje subliminal, hedonista en su forma y nihilista en su fondo. El resto de la película -desde la búsqueda policial, la aparición de un esquizoide grupo de rock o las espeluznantes llamadas telefónicas de un niño- sobra. Está de más. Lo que en absoluto debe ser entendido como una crítica negativa al film. Al contrario. Dado que pienso que el absoluto desorden en que nos son presentados los hechos, su enmarañada distopía narrativa, su cruel desparpajo y sus constantes fallas argumentales, tienen como función destacar y dotar de sentido precisamente al objeto de interés central de la obra: el suicidio. Hacer comprender que en la sociedad nipona lo único que tal vez tenga sentido, relieve o auténtica trascendencia, sea perder la vida precisamente por ningún motivo en concreto. Nada en especial. ¿Una venganza, un complot, ocultismo, mafia? ¿Qué más da las razones que se esconden tras esas bellas muertes?

El club del suicidio no es una película que deba ser vista, mirada, analizada como cine. Pues puede decepcionar. Y no lo hace si pensamos que detrás de ella se encuentran personas que se acercan al séptimo arte con la mentalidad de un macarra. Músicos de dark guarro que lo mezclan todo en un amasijo de imágenes que transmiten confusión, diversión y desorientación. Deseos de romper expectativas y jugar con el espectador. Muchas de sus escenas, de hecho, parecen guitarrazos. Desafinados toques de piano filtrados por una computadora loca. Bromas de niños jugando con las normas del cine y la moral. El club del suicido es el anti-Camus. Más que nada, porque no se plantea que el suicidio pueda ser un problema esencial y menos el primero. Es más bien, una consecuencia. Una elección dentro de una decena de posibilidades. Un acto sin demasiada trascendencia y sin catarsis. Algo apático y con cierta emoción no demasiado fascinante, aun lo suficientemente atractivo, como para realizarlo en masa de tanto en tanto. Casi como ir al parque de atracciones. Acaso una prueba de que a Sísifo no hay que imaginarlo feliz pero tampoco muy triste. Más que nada, porque la vida carece de sentido sin el suicidio pero tampoco goza de mucho si lo cometemos. Y en Japón quién sabe ya qué es lo que tiene o no tiene sentido. A estas alturas, supongo, los tamagotchis deben tener más sentimientos que la mayoría de nipones, que deben además haber traspasado los confines de la realidad virtual hace tiempo. Haber llegado a la última pantalla de cada uno de los videojuegos existentes. Y no digamos ya el de la vida. O la muerte.

El club del suicidio no es una película en cualquier caso frívola. Es más seria de lo que parece. Ocurre que es gamberra. Sabe que a día de hoy nada merece ser tomado en serio. En nada es necesario profundizar. Pues sólo siendo superficiales -¿era Nietzsche quien lo decía?- es que podemos ahondar, cavar el muro de lo real. Sacar a luz la verdad. En la era del nihilismo además, ¿de qué sirve denunciar? Mostrar el horror como algo natural casi que es la única opción posible. Una prueba de que ya no es que el mundo entero se haya convertido en un espectáculo sino de que todos somos espectaculares. Y hay actos momentáneamente más espectaculares que otros. Por ejemplo, el suicidio. Un crimen al menos en esta película no resuelto. Porque no se sabe si atenta contra la vida, la muerte o dios. O en el fondo, lo que desea es enaltecerlos. O más bien, es un hecho absurdo porque en esencia es una declaración conformista. Un alegre acto de sumisión a las nuevas tecnologías cuya aspiración es besar una y otra vez los pies de un sistema que ni cuestiona ni denuncia. Más bien, ratifica y entroniza. La raíz perversa del film. Shalam

عُذْرُهُ أَعْظَمُ مِنْ ذَنْبِهِ

             Su excusa es peor que su culpa

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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