El cuervo

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Vincent Price era el rostro de lo inevitable. Bastaba verlo aparecer en pantalla para saber que cualquier situación podía empeorar. Que no había escape. Vincent Price era una sombra insinuante. Un águila agónica. Un emisario de la muerte y del horror. Tan sólo necesitaba de dos muecas para sugerirnos que todos íbamos a morir y en muchos casos, no precisamente de muerte natural. Su serio semblante era un sello del abismo y cualquiera de sus histriónicos gestos una metáfora de la locura divina. Vincent Price era un hombre jocoso en su vida privada. Un hombre que se reía de las reglas establecidas porque vivía en su limbo.  En ese otro lado del límite donde las pesadillas y las tormentas son habituales y los seres humanos se parecen a arañas. Se balancean sobre las ilusiones de la gente hasta devorarlas. Y por ello, no pasó mucho tiempo para que su silueta se convirtiera en sinónimo de miedo y peligro. A los 28 años ya había protagonizado una película junto a Boris Karloff –La torre de Londres– y su presencia llamó la atención de decenas de directores que lo consideraban el villano perfecto. Pues parecía que no realizaba esfuerzo alguno para interpretar los más perversos personajes y que conocía íntimamente los mecanismos del terror como si hubiera nacido del vientre de una bruja y un hechicero en un remoto pueblo de Norteamérica y no como fue en realidad, de un exitoso empresario. De hecho, para Vincent, interpretar los más malévolos personajes era algo tan natural como para un oficinista ajustarse el nudo de la corbata o para un creyente el rezo en la iglesia. Había algo en su mirada anclado en el pasado, en un torbellino caótico que lo hacía ideal para convertirse en la imagen de la decadencia y lo macabro. Interpretar a personajes históricos, fantasmagóricos enamorados a punto del desequilibrio y retorcidos seres morbosos.

Vicent era un hombre muy elegante y profesional. Un enamorado del arte antiguo. Un coleccionista que a nadie hubiera extrañado saber que jamás había salido de un castillo o que dormía diariamente cerca de un ataúd. Era un gentleman de la vieja escuela que deformaba las convenciones, era capaz de convertir un plató cinematográfico en un telúrico aquelarre y dotaba de trascendencia a cualquier película con sus teatrales apariciones. Signos de locura que se clavaban en el estómago de los espectadores como puñales. Su mirada era profunda. Era la viva imagen de un alma errante. Del ciudadano occidental desquiciado. No sólo era capaz de atravesar a cualquiera de los compañeros que se le pusieran delante sino al propio espectador.  Porque Vincent Price tenía la virtud de encarnar el monstruo simbólico que más tememos. Ese superyo aterrador que nos recuerda que estamos en falta y antes o después, seremos juzgados por demonios y dioses. Vincent Price era la torre. El decimosexto arcano del Tarot de Marsella. Su efigie recordaba la expulsión de Adán y Eva del paraíso y el odio y temor sentido por los ángeles caídos. Su presencia auguraba el fracaso de cualquier proyecto. El final de toda esperanza. Y su voz, su sardónica y tremenda voz, era la introducción ideal de una furiosa tragedia. Una incitación a penetrar en la oscuridad. El preludio de la demencia psicótica. Del carnaval fúnebre y sin sentido de la vida cotidiana. Era una anticipación de la demencia. Una juguetona referencia a la dulzura con la que la vida golpea insistentemente nuestras ilusiones hasta derribarlas. La voz del viento antes y después de la batalla. Un recuerdo de la risa de los insectos en los instantes previos a su picadura.

En repetidas ocasiones, le cuestionaron a Vincent si no sentía que había desperdiciado gran parte de su talento, interpretando películas de bajo presupuesto. Los periodistas y críticos faltos de visión de su época estaban convencidos de ello pero él nunca tuvo en consideración la pregunta. Algo comprensible porque su simple aparición bastaba para transformar las películas de serie B en obras de arte mayor y además, se sentía más cómodo y libre trabajando en producciones de escaso coste que en superproducciones. Una postura a la que el tiempo no ha hecho más que darle la razón. Pues nadie como Roger Corman ha conseguido trasladar el espíritu de las insólitas narraciones de Edgar Allan Poe al séptimo arte. Y muchas de las películas en las que intervino, consideradas desechables en su momento, se han transformado en auténticos clásicos del género de terror. Imprescindibles obras que son rescatadas en cine clubs y descargadas de internet con fruición por fans deseosos de enfrentarse a ese más allá que su presencia invocaba. Ese jardín malévolo lleno de flores marchitas que Vincent parecía contemplar diariamente desde la azotea de la colina en la que vivía. Shalam

                                                    إِذَا عَمَّتِ الْمُصِيبَةُ هَانَتْ

 Lo mejor no es tan fácil de creer como lo peor

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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