El oscuro deseo

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A Luis Buñuel le he dedicado muy pocos averías. Creo que tan sólo uno o dos. Pero realmente, para ser justos con él, habría que consagrarle uno al mes. Porque no conozco a nadie cuyo arte sea tan fresco, bruto y visceral además de sutil. Buñuel no tenía en demasiada estima a los hombres de cultura (no los consideraba desde luego por encima de quienes se dedican a otras profesiones) y esto le salvó de la pretenciosidad y la hipocresía. Le hizo rodar escenas como quien cuenta chistes. No tener miedo a introducir cualquier ocurrencia en medio de rodajes complicados y guiones preestablecidos. Ayer vi una escena en su portentoso testamento fílmico, Ese oscuro objeto del deseo, que no se me va de la cabeza. ¿A quién más se le podía haber ocurrido esto? Mathieu Faber, el burgués interpretado por Fernado Rey, comprueba en el transcurso de una cena en un restaurante caro que hay una mosca en su vaso. Se lo dice al camarero y éste, tras presentarle sus excusas, le contesta que ya conocía al insecto muerto puesto que había intentado matarlo durante los últimos cinco días. ¿Qué se puede añadir a esto? Supongo que el cine experimental y surrealista ha terminado de abusar hasta tal punto del absurdo que tal vez ni siquiera nos asombren los mayores delirios. Al fin y al cabo, han pasado casi cuatro décadas de la muerte del cineasta aragonés. Pero esto no significa que su arte haya quedado desplazado. Al contrario. Puesto en lo que nadie ha podido superarle, es en la naturalidad con la que introducía estas anécdotas y detalles. A sus seguidores por lo general se les ve el truco. Intelectualizan demasiado. Pero Buñuel, no. Buñuel metía un burro en medio de un tren como quien se afeita o toma un vaso de vino. Sin tener una respuesta al porqué de esta decisión pero con una convicción profunda, instintiva, de que funcionaría. De hecho, tengo por seguro de que no se tomaba demasiado en serio a sí mismo y que siempre estuvo de vuelta de todo.

Ese oscuro objeto del deseo, como prácticamente todas sus películas, es sumamente divertida. Buñuel tenía esa virtud. Que nunca aburría. Nunca alargaba una escena o película más de la cuenta. Siempre iba a lo esencial. Y era capaz de captar la brutalidad y la vulgaridad humanas como nadie. De hecho, creo que ese es uno de sus grandes méritos: haber convertido la socarronería en arte y haber sublimado el despojo humano, los comportamientos abusivos y los pensamientos perversos sin necesidad de culpabilizarlos. Simplemente, dedicándose a mostrarlos sin añadir ni quitar nada. Y dándose el lujo de introducir ciertos detalles o bromas de tanto en tanto, no tanto por ego o por necesidad de dejar su impronta sino por convicción de que podían mejorar la película. Es triste pensar que en el vacío mundo actual, varias de las escenas de Ese oscuro objeto del deseo ni siquiera podrían ser planteadas para no herir la sensibilidad de ciertos espectadores. Buñuel desde luego, rodó lo que quiso y como quiso. Pocas películas retratan con tanta veracidad y sentido del humor el deseo insatisfecho masculino y la voluptuosidad femenina. El testamento fílmico de Buñuel es una obra perversa y por momentos, visionaria. Los atentados terroristas filmados que se suceden sin un motivo aparente recuerdan demasiado a los de los últimos años. Y las conversaciones de los diplomáticos y burgueses sobre los mismos, no creo que disten mucho de los que hoy en día pueden escucharse en comedores de lujo y embajadas. Como tampoco su actitud y comportamiento diario. Frente a los posibles problemas de la población, los burgueses se dedican a lo suyo: cenar, lleva a cabo transacciones de dinero, beber buenos vinos y follar con ese discreto encanto que Buñuel había retratado años antes en otro de sus exuberantes films.

Ese oscuro objeto del deseo es una mirada lúcida, superior, tierna y cruel a las relaciones entre hombre y mujer. Buñuel convierte el encuentro fortuito entre un burgués y una proletaria en una salvaje carcajada cinematográfica a través de la que explora lúdicamente las armas de cada sexo. Transformando el clásico de Pierre Louys, La mujer y el pelele, en una oscura, retorcida, libre y salvaje descripción del mundo sexual sin ley. Un jocoso lienzo que remite tanto a la Carmen de Bizet, a La Venus de las pieles o al cine de vampiros, sobre la autoritaria opresión masculina y la sibilina, cruel venganza femenina. Cada una de las aristas del amor burgués y patriarcal es explorada por Buñuel en medio de un film lleno de momentos juguetones que como pone de manifiesto la antológica última escena, dejan claro que el deseo pervive y se alimenta del conflicto porque básicamente, es imposible de apresar. Y cuando surge, siempre lo hace con nocturnidad y alevosía. Esa violencia que ansía el absoluto.

En realidad, Buñuel demuestra en su película, la naturalidad con la que la perversión habita lo cotidiano. Nos muestra que, finalmente, como sugería el Marqués de Sade “todo lo perverso termina por hacerse real y toda realidad por hacerse perversa”. Y que toda censura por tanto, siempre es un intento de domesticación de lo divino. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

Casarse está bien pero no hacerlo, está mejor

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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