El oso

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El problema de Orson Welles radicaba en que no era grande sino enorme. Su silueta  no es que llenara la pantalla sino que la ocultaba en su totalidad. Aparece en una película Orson Welles y el tiempo se detiene. Ya no existe en esa película nada más importante e interesante que Orson Welles. Un hombre con un talento tan descomunal que daba la impresión de ser más importante que el propio cine. Parecía de hecho el padre del cine. Un calificativo desde luego, exagerado pero que da la auténtica dimensión de su estatura. Porque si de algo no hay duda es de que fue un genio. Fue el más wagneriano y shakesperiano de los actores y el director de cine más circense y teatral. Un señor que parecía surgido de la era barroca, olía al Medievo por varios de sus costados y además, era tan arrogante y vanidoso como cualquiera de esos empresarios capitalistas norteamericanos que tanto detestaba. Cuando se concentraba plenamente en un proyecto, conseguía rebasar cualquier límite. Convertía narraciones vulgares en épicas, un programa de radio en un drama apocalíptico, un fósforo en un incendio, un castillo derruido en una fortaleza de ensueño y llevaba a cabo todo tipo de innovaciones técnicas con una naturalidad asombrosa. Como si hubiera sido criado en una marmita artística y poseyera por tanto un talento sobrenatural. Un personaje como Falstaff parecía por ejemplo haber sido escrito siglos atrás por William Shakespeare pensando en él. Y, desde luego, Robert Louis Stevenson no hubiera podido imaginar nadie mejor para interpretar su John Silver de La isla del tesoro.

Sugería Carlos Boyero que Orson Welles era un hombre sin edad y estoy de acuerdo. Cuando era joven, su mirada era la de alguien experimentado. Una persona que, prematuramente, había atravesado abismos. Y por el contrario, de anciano, sus ojos transmitían un cierto brillo juvenil. Se sabe que, en los años correspondientes a la madurez, Orson Welles fue un niño grande y durante su infancia, un adulto prematuro. Un sabio que no había perdido la inocencia. Porque Orson Welles era eterno. Un Buda rebelde. El Miguel Ángel del cine. Y también el Caravaggio. Alguien capaz de transformar cualquier momento de la vida cotidiana en arte. Un apóstol de la lujuria, el goce y el buen vivir que se desplazaba por el mundo con el porte de los dioses. Y en un momento dado, se lo permitió todo. Ingería inverosímiles cantidades de comida, llevaba a cabo las críticas más osadas y destructivas contra sus compañeros de profesión y fumaba como si su corazón fuera de hierro. Tal  vez porque creía ser inmortal y, por tanto, si así lo deseaba, de los cielos caerían truenos en medio del estío más feroz o tal vez porque era muy consciente de que se había ganado un puesto en el Olimpo del arte -no hace falta más que contemplar varios minutos de Sed de mal, Mr Arkadin o El cuarto mandamiento para corroborarlo- y se encontraba más allá del bien y del mal. Lejos de toda esa panda de mediocres a los que su pantagruélica figura desafiaba. Envilecía aún más.

Estoy casi seguro de que, en algún momento de su vida, Orson Welles se creyó dios. Motivos tenía para hacerlo. En su comienzos, la RKO le pagó cifras económicas astronómicas para un debutante. Ciudadano Kane nunca se movió del pódium de las mejores películas de la historia del cine. Tuvo relaciones con algunas de las mujeres más bellas de su época -Rita Hayworth, Dolores del Río y Judy Garland entre otras-. Y a pesar de que pronto se ganó la animadversión de los productores y el mundo de Hollywood en general, su prestigio artístico nunca dejó de crecer. Nadie ha logrado desde luego adaptar la obra de Franz Kafka como lo hizo él. Su versión de El proceso amplificaba aún más si cabe, las resonancias laberínticas de una obra angustiosa y enigmática, y sus adaptaciones de Shakespeare eran emocionantes. Se encontraban llenas de hallazgos memorables y tensión. Algo lógico porque todo lo que su mano tocaba se engrandecía. Puso su atención sobre una mediocre novela policial y la transformó inmediatamente en un clásico de cine negro incontestable: Sed de mal. Y le bastó poner la voz a una balada heavy -“Defender” de Manowar- y a una oda sinfónica, “A dream within a dream”- para convertirlas respectivamente en un rocoso himno bélico que parecía haber surgido de las profundidades del Valhalla y una misteriosa canción pop llena de misterio y belleza. Orson Welles era un oso. Alguien tan excesivo como incontrolable cuyo tortuoso camino en la meca del cine no es únicamente achacable a su actitud desafiante, la codicia de los productores o el haber sido acusado de comunista durante los años de la Caza de brujas llevada a cabo por el macartismo sino a sus propios instintos. Su innata sensación de grandeza. Pues podía abandonar durante unos días un rodaje para satisfacer su líbido y anteponía en muchas ocasiones, su propio goce al trabajo. Y una vez transformado en un voluptuoso Dionisos, una fuerza de la naturaleza telúrica, era sumamente difícil razonar con alguien que, por otro lado, con una facilidad inverosímil, convertía una toalla medio rasgada en el suntuoso telón de un teatro o un trozo de espejo partido en un pasaporte a otra dimensión. Hizo de su propio placer una obra de arte y convirtió sus comidas en impresionantes sinfonías carnavalescas.

Orson Welles no fue denominado genio por casualidad. Su debut en el cine revolucionó la narrativa del séptimo arte. Amplificó sus posibilidades técnicas, construyendo innumerables planos y escenas inverosímiles. Y, obviamente, su epílogo como cineasta debía ser igualmente importante. La última película que rodó –Fraude– fue una maravillosa reflexión artística. Un falso documental sobre dos falsificadores artísticos que se adelantó a toda la ola de “fakes” creados en las últimas décadas tanto desde la industria de Hollywood como desde sus márgenes, cuyo influjo es cada vez mayor. Pues Welles se adentró hasta el corazón de las imágenes cinematográficas. Esa gran mentira. Y desnudó como nunca se había hecho hasta entonces la trastienda de una industria cuyos resortes se encargó de transformar en magia. Rodando todo tipo de bombas fílmicas cuya fuerza atravesará con seguridad el paso del tiempo. Roturará los campos más áridos, sembrándolos con su titánica fuerza. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Con el cebo de una mentira se pesca una carpa de verdad

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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