El rey de Nueva York

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Hay varios cineastas cuya obra no puede concebirse sin Nueva York. Woody Allen y Martin Scorsese son dos ejemplos claros. Pero el talento e histrionismo del primero es tan grande que apuesto a que, habiendo nacido en otro espacio y en otras circunstancias, habría terminado arreglándoselas para desarrollar sus frescos irónicos. Y en cuanto a Scorsese, pienso que si bien su arte crece, se alimenta y bebe de esta ciudad, habría podido desarrollar una mirada trascendente de cualquier otro lugar, habiendo tenido las condiciones adecuadas para lograrlo. Algo que en absoluto pienso de Abel Ferrara. Porque Abel Ferrara es Nueva York y Nueva York es Abel Ferrara. No hay distancia entre ambos. Su espíritu se encuentra entrelazado como el de dos amantes que hubieran sido enterrados juntos tras beber del mismo vaso envenenado.

Ferrara es la suciedad de las calles de la Gran Manzana y el aire oscuro condensado en sus escaleras de incendios. La lluvia y el asco. Las cadenas y las cárceles. La corrupción y la codicia. Iglesias vencidas por el polvo acumulado en el Bronx, sexo en la calle con prostitutas a las que no se les da más de veinte dolares por una mamada, y papelinas de crack corriendo de mano en mano. Y, asimismo, Nueva York son las gafas negras de Ferrara. Sus cazadoras de cuero, camisas blancas y corbatas y sus trajes de matón. Su estómago lleno de espaguettis y buen vino. Y  las películas de gangster con las que se educó escuchando hablar de la vida en la Sicilia y la Calabria. La dureza del trabajo en Irlanda. La importancia de vengar las afrentas, la familia y pagar las deudas con la propia sangre. Besar un cruficijo tras dejar cosido a balazos un cuerpo en un basurero. Y no disparar nunca por la espalda a no ser que esté en riesgo la propia vida.

Creo que hace tiempo que Ferrara se ha transformado en uno de esos vampiros cuyas orgías retrataba en The addiction. Un hombre que vive de inspiraciones e intuiciones, de uno o dos mordiscos al celuloide, varios puñetazos a la cámara y provocarle una sangría a la pantalla. Un boxeador sonado y un tanto neurótico acostumbrado a repetir los mismos golpes. Algo que por otra parte no tiene importancia alguna ya. Pues Ferrara no es un artista sino un estilo de vida. Una forma de mirar, ser y narrar. Más un código ético que un tratado artístico. Y se ha mimetizado con los tópicos y esencias italoamericanas de tal modo que, como ocurre con Al Pacino, uno ya no sabe diferenciar el personaje de la persona. Además, acierte o se equivoque, se encuentre más cerca de la decepción o de la creación de una obra verdaderamente grande, lo que está claro es que en cada una de sus películas, hay siempre un jirón de su ser. Un latido. Una muestra de su sangre hasta el punto de que se diría que todas ellas son autobiográficas. Formas a través de las que el cine describe las arrugas de su rostro. Se acerca a sus traumas, deseos y complejos y no tanto él a los de la sociedad en la que vive. Razón por la que no me importa en absoluto que lleve tiempo sin conseguir crear una obra maestra del cariz de El funeral. Y casi siempre disfruto con las imágenes que rueda. Sin preocuparme lo más mínimo que sean una fusión de tópicos tras otros como en el caso de Napoli, Napoli, Napoli o que vislumbrara artificialmente el apocalipsis, como sucedió en la denostada -pero sumamente aprovechable- 4:44 -Last day on Earth. Al fin y al cabo, a Ferrara no hay que pedirle tanto la excelencia sino la franqueza. Agradecerle que continúe teniendo hambre y siga poniéndose detrás de la cámara, haciendo películas como si tuviera delante un plato de pasta, o como algunos ancianos fuman puros. Orgullosos y satisfechos. Conscientes de que no importa ya tanto la calidad de la hebra de tabaco sino el continuar fumando. Disfrutando del sabor.

Abel Ferrara, sí, es una bestia. Un rebelde. Un monstruo al que le gusta desafiar sus propios límites y no le importa equivocarse. Alguien que disfruta no tanto con los desafios sino desafiando. Mostrando que se puede vivir y sobrevivir haciendo lo que a uno le de la gana. Hay una raya de cocaína que nació con su nombre impreso en el polvo. Y ,probablemente, una pizza esperando que alguien le hinque el diente, que también lo lleve. Porque Ferrara es un cáncer devorando el cuerpo e inoculado en el cine para destruirlo.  Un sátrapa de esos que no se contenta con hacerle un dedo a una monja mientras el párroco lee los evangelios y levanta el cáliz donde se halla contenido la sangre de Cristo. Necesita también filmar el momento y exponerlo con sobriedad, absoluta tranquilidad, ante una multitud en un festival de cine.

Abel Ferrara, sí, es un cineasta que no admite críticos. Sólo cómplices, admiradores o colegas y gente que lo odie y destete. Quiere, exige que te drogues o emborraches mientras contemples sus films. Películas que reflejan un estado de ánimo. En las que el argumento, los actores y el guión se encuentra siempre al servicio de la fotografía. Esos ocres, nocturnos tonos que nos muestran el mundo como si estuviéramos viéndolo a través de sus míticas gafas negras o los ojos de un condenado al infierno. Contribuyendo a crear un ambiente histriónico, irreal, casi estomacal. Un delirio catártico.

Abel Ferrara hace tiempo que está por encima del bien y del mal. Le hace el amor al mundo diariamente y sabe que ha filmado tres o cuatro obras que son verdad. Autenticidad. Sudor, violencia y lágrimas. Y no necesita más para tener su vanidad de artista satisfecha. Sobre todo, porque si es artista es por casualidad. Desde luego, no es un intelectual. Es más bien, un vividor. Un borracho. Un hombre que se embriaga de imágenes, sexo, comida y olores y probablemente no envidie a ningún cineasta aparte de a John Casavetes. El único ser humano que ha conseguido rodar una relación de pareja –Love Streams– de una manera más inquietante, física y delirante que él. Sobre todo, porque Ferrara no filma el amor. Los delirios autodestructivos de las parejas. Filma sus vísceras. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

                        El tesoro que no se gasta, aprovecha poco

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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