El ruido silencioso

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Comentaba ayer con un amigo ciertos temores que tenía referentes a una posible publicación de Ruido en el futuro. En concreto, el que el público en general confundiese la voz narrativa de la novela con mi propia voz. Un gran error, como sabe cualquier amante de la literatura y el arte en general dado que el hecho de que por ejemplo, un personaje de una novela ambientada en la Segunda Guerra Mundial cometa una violación no significa que el autor esté a favor de este acto y mucho menos, que desee llevarla a cabo. En lo que se refiere a Ruido, el personaje no deja títere sin cabeza y excepto a cinco o seis escritores, al resto los tacha de engreídos y ridículos fracasados y posee un fuerte odio a la poesía y los poetas. El neurótico escritor destroza por ejemplo la obra de Nabokov, Verlaine, Baudelaire, Thomas Pynchon y un sin fin de escritores. ¿Significa eso que yo los odio? Al contrario, yo amo a los cuatro citados y sería un craso error pensar que las palabras de mi personaje reflejan lo que pienso.

En cualquier caso, lo cierto es que desde que terminé Ruido echo de tanto en tanto de menos volver a introducirme en la desquiciada mente de aquel furibundo escritor. A veces, no puedo evitar imaginar qué es lo que pensaría o afirmaría sobre ciertas obras que voy digeriendo. Por lo general, me bastan unos pocos segundos y detalles para saber si mi personaje mandaría la obra al infierno a pudrirse y quemarse o sería una de las escasas que rescataría. Pero en ocasiones, me encuentro con creaciones tan fuera de los cánones comunes que desearía escucharle elaborar un discurso sobre ellas. Este es el caso del cine de Frantisek Vlácil. Un director checo conocido por su impresionante, mágica trilogía medieval, La trampa del diablo, Marketa Lazarová y El valle de las abejas, sobre la cual dejo a continuación un texto redactado no tanto por el Alejandro Hermosilla que escribe habitualmente en avería sino por el ya mencionado personaje de Ruido. De hecho, lo voy a entrecomillar porque no lo considero mío sino de él. Ahí va:

“Frantisek Vlácil es demasiado experimental para mi gusto. Juega demasiado con la cámara. La mueve mucho. Es justo, sí, reconocer que profundizó en la naturaleza humana pero probablemente, debido a su inquietud, no alcanzó a convertir en ruido ninguna de sus películas. Sólo su trilogía medieval merece la pena que pierda algo de mi tiempo en comentarla. No porque allí supiera recoger el sonido de los truenos y los cielos. No porque allí hubiera tormentas y un sin fin de gritos de dioses torturados. No porque allí el cielo se tornara negro y los árboles se transformaran en frutos violados. Sino básicamente, porque en ella, Vlácil demostró intuir lo que era el ruido. Haberlo sentido cerca. Haberlo oteado. Ocurre que probablemente se asustó y se sintió atormentado frente a su poder y decidió abordarlo sigilosamente. De tal modo, que toda esa trilogía es más que una confrontación con el poder del ruido, una exploración del silencio del ruido. Vlácil intenta captar el ruido cuando duerme y se recuesta en los cielos y sólo cuando está seguro de que se encuentra callado, comienza a filmar. La magia de muchas de las escenas que rueda consiste básicamente en esto: haber sabido esperar el momento en que el ruido descansa, captando el ambiente insólito que hay en la naturaleza cuando esto ocurre. Por eso, los diálogos no importan tanto en su cine como el estado de los rostros de los protagonistas, pues en sus ojos, mentón, nariz o frente es donde se refleja la tensión que sienten. Lo que verdaderamente piensan. La conciencia de que deben tomar decisiones y llegar a conclusiones válidas mientras continúe el silencio del ruido sobre la tierra pues de lo contrario perecerán.

Creo que es necesario realizar una diferenciación entre las películas de esta trilogía. La trampa del diablo fue la primera que llevó a cabo y eso puede percibirse claramente porque en ella se siente el miedo del director checo. En cuanto escucha algo, una gota cayendo sobre un arroyo o un animal rugiendo, se pliega, se recoge sobre sí mismo y se niega a expresarse con rotundidad. La película se encuentra rodada con absoluta sutileza, como si estuviera susurrando o huyendo de alguien, y entre las calles del pueblo medieval en que la filmó se encontraran cientos de monstruos a los que si no llevaba el cuidado necesario, podía despertar. Sin embargo, en Marketa Lazarová sí fue mucho más atrevido. Creo que allí se liberó de muchos de sus temores. Se atrevió a mirar de frente por unos instantes a las tempestades. De hecho, hay escenas en la película que casi que son ruido. Me refiero a aquellas en que se llevan a cabo batallas entre los dos clanes que protagonizan este ardiente crucifijo cinematográfico. Aunque lo cierto es que prácticamente cualquier acto de violencia o traición en Marketa remite al ruido. Realmente, el que Vlácil no cese de mover la cámara, nos deja muy claro que sentía temor. No se sentía seguro frente a la boca del monstruo. Pero desde luego que consiguió acercarse a retratarlo. En Marketa no sólo se vislumbran el rostro del diablo, el ojo húmedo de las gárgolas y la sonrisa de los infiernos. También y sobre todo, el caos de las guerras. El ruido que hacen los músculos de los hombres cuando clavan sus espadas a otros hombres, corren o luchan sin necesidad de tener una razón. Puede olerse el sudor y sobre todo, la desorientación. Los deseos de venganza y de morder. El sinsentido, la bilis y el triunfo de la destrucción sobre el amor. Las puras armas del ruido. Y la Edad Media se percibe como una época inmemorial. Una catedral de lamentos, rezos y luchas sin fin, salvaje y metafísica, tan indescifrable como los deseos divinos. Pero no sé si recomendaría verla entera. Creo que basta con varias reyertas y una mirada profunda a los ojos de la joven Lazarová para entender lo que deseo decir.

Obviamente, después de haber dado a luz Lazarová, Vlácil era un hombre más fuerte y resistente. Un creador casi respetable. Un señor que podía mirar de frente a la muerte durante varios minutos y como consecuencia de ello, El valle de las abejas fue un film austero y sobrio. Un duro retablo flamenco donde se sentía la presencia del ruido en casi todas las escenas. Pero sobre todo, en la mirada de Ondrej y en su rebeldía contra su mentor religioso. En El valle de las abejas la fe y la religión eran destruidas. La película era una oda a la barbarie. Una prueba de que el odio termina por imponerse casi siempre al amor y el egoísmo y la lujuria brotan, nacen y se reproducen en cualquier lugar. Conventos, ríos y pueblos. Pues creó, sí, que Vlácil consiguió en ella su objetivo: dejar claro que puede que el ruido sea una manifestación ominosa y destructiva pero su aspecto arisco, lo hace en el fondo, sumamente deseable”. Shalam

اِسْأَلْ مُجَرِّباً وَلاَ تَسْأَلْ طَبِيباًَ

Para hacer la paz se necesitan dos; pero para hacer la guerra basta con uno solo.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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