El sueño arcaico

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Decía en una charla Apichatpong Weerasethakul que no le importaba en absoluto que sus espectadores se durmieran contemplando una de sus películas. De hecho, probablemente, el estado más adecuado para contemplar cualquiera de sus creaciones es el de duermevela. A mitad del camino del sueño y la vigilia. Básicamente, porque cada uno de sus films tiene al menos media hora en la que el tiempo parece suspendido, no existir y haber desaparecido. Sigue fluyendo y corriendo, sí, pero a un ritmo distinto del habitual. Los segundos se hacen minutos, los minutos, horas y una hora parece un día entero. Algo que para ciertos espectadores puede resultar sumamente aburrido pero a mí, desde luego, me parece fascinante. Pues en muy pocas ocasiones, me veo transportado de tal forma ante una obra de arte, hasta el punto de sentir que me encuentro ante la misma vida haciéndose ante mis ojos, y que soy capaz de rememorar cómo sería la existencia en el mundo arcaico. Aquel mundo en el que los espíritus y dioses del cielo y la naturaleza dialogaban continuamente con los seres humanos, no existía el progreso, cada día era un don de la eternidad y cada noche, un mar negro dominado por la furias y demonios.

No sé si es correcto decir que Weerasethakul se dedica a filmar películas. Yo creo que hace magia, hechicería, antropología, alquimia. Razón por la que no lo considero un cineasta vanguardista sino un artesano. Un señor que construye sus obras con suma paciencia, ajeno al mercado y con absoluta conciencia de que está trazando las líneas de una pieza única. No sé cómo lo consigue pero en todas ellas existe un instante de absoluta revelación. Un momento en el que parece que se ha derretido la pantalla y estamos contemplando un trozo de realidad. Creo que ese es uno de los grandes méritos de Weerasethakul: conseguir quebrar la separación entre el espectador y su obra. Hacernos experimentar, sentir que estamos dentro de la película sin utilizar ningún truco especial. Los personajes aparentemente más vulgares refulgen de un momento a otro con brillo y pasan a formar parte de una realidad misteriosa. De un mundo sobrenatural que, en realidad, es el verdadero protagonista de cada de una de sus películas. Un mundo de tintes salvajes y telúricos que parece una mezcla entre El libro de los muertos tibetano, un ignoto relato de Las 1001 noches y una recopilación de relatos mitológicos asiáticos.

Hay muchos aspectos que amo del cine de Weerasethakul. Su libertad, por supuesto pero, sobre todo, la posibilidad que nos ofrece de explorar cómo sería el mundo sin tecnología. Haber convertido el realismo mágico asiático en una vía para explorar realidades más profundas, esos círculos animistas, espirituales de la naturaleza de donde brotan los monstruos y fantasmas, convirtiendo sus películas en exorcismos. Rituales en medio de los que aparecen destellos de mundos secretos y ocultos. No creo además que sus personajes busquen absolutamente nada pues básicamente, viven, respiran, se divierten y besan con una juguetona naturalidad que asombra, como corroboran las por lo general, divertidas, maravillosas conversaciones que tienen y las asombrosas escenas amorosas que protagonizan. Pues Weerasethakul explora el sexo con inocencia. Como pudiera hacerlo un niño. Como si fuera virgen y estuviera descubriendo las posibilidades sexuales al compás de los personajes y por tanto, sintiera una inmensa curiosidad al tocar un blando seno o contemplar un pene caído. De hecho, creo que nadie ha rodado una erección y el libre, natural comportamiento de la sexualidad con la mágica sensualidad que lo ha hecho el artista tailandés, y quien haya visto por ejemplo, la irreal, maravillosa Blissfully Yours o la onírica y lunática Cemetery of Splendour, supongo que sabrá comprenderme.

Cada una de las películas de Weerasethakul es un silencioso ramo de flores exóticas. Un viaje por el corazón e inconsciente profundo de los dioses y el planeta tierra. Un amplificador que trae consigo un sin fin de voces de muertos y espíritus. Leyendas de reinos antiguos de inusual belleza enterrados por el paso del tiempo cuya sombra inunda momentáneamente la vida cotidiana. El cineasta tailandés es único. Crea arte, obras maestras a partir de lo aparentemente insustancial: una siesta, un mal sueño, una canción popular, un mercado, el recodo de un río, una conversación intrascendente, etc. En verdad, su cine no es lento. Se desarrolla con lentitud que es diferente, para que puedan ponerse de relieve un sin fin de aspectos de la realidad que en la mayoría de las películas pasan desapercibidos. De hecho, ocurren decenas de cosas en cada una de las escenas de sus obras pero eso sí, la mayoría de ellas son invisibles y es necesario encontrase en un especial estado de ánimo -el ya mencionado entre la vigilia y el sueño- para absorberlas y percibirlas, pudiendo así disfrutar totalmente del cine de este extraordinariamente intuitivo artista: el santero y chamán del cine contemporáneo. Shalam

أَنَا أَمِيرٌ وَأَنْتَ أَمِيرٌ فَمَنْ يَسُوقُ الْحَمِيرَ

Quien se encuentra abajo, no debe temer por caída alguna

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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