Ese boxeador

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¿Cuándo morirá Rocky?  No lo sé. Pero hace unos días mientras revisaba un vídeo con los entrenamientos del púgil por las calles de Filadelfia, me puse a darle vueltas a esa obstinada obsesión que posee Hollywood en continuar con la vida de este personaje, y llegué a la conclusión de que no podía ser casual. Tampoco podía ser -sí, sí, estoy bromeando- una cuestión únicamente monetaria.

El primer Rocky se estrenó en 1976. En un momento en que la nación norteamericana estaba comenzando a asimilar el trauma de Vietnam conforme el descontento en las calles crecía tras el Watergate, el fin del sueño hippie, la guerra fría y la crisis del petroleo. El potro, el semental italoamericano apareció entre la miseria en una cartelera repleta de mafiosos, seres traumatizados, perdedores y veteranos de guerra desahuciados. Él también era un fracasado. Pero por azares del destino, un golpe de suerte que da forma a esa especie de cuento de hadas que es el guión original, alcanzaba la fama y la gloria de la que nunca se bajaría. De alguna manera, su triunfo y resistencia a caer, simbolizaban la resistencia y esfuerzos de toda una nación que le estaba diciendo al mundo que aunque momentáneamente pudiera estar KO, no iba a rendirse. Iba a seguir golpeando, dando puñetazos a diestro y siniestro contra quien intentara poner en duda su reinado. Y a fe que así ha ha sido.

Han pasado los años, ha caído el comunismo (al que en parte el boxeador asestó el puñetazo final en Rocky IV en las mismísimas entrañas del Imperio soviético) y las torres gemelas y han muerto Gadafi y Osama Bin Laden y Ronald Reegan y cientos de cineastas y escritores y seres humanos pero pareciera que, como el hambre en África, en cualquier momento Rocky va a regresar porque nunca se ha ido. Y con absoluta normalidad, vamos a recibir la noticia de que se ha decidido a ponerse los guantes de nuevo, realizar su rutina de entrenamiento, recibir las dosis de moral necesarias para afrontar el nuevo reto y golpear a los espectadores con un punch directo al estómago recordándoles que va a combatir eternamente y que nunca, nunca va a caer en la lona.

Esperar que Rocky desaparezca de nuestras vidas es como esperar que lo hagan los Estados Unidos. Sabemos que Rocky está ya entrado en años, cerca de la jubilación, con varios kilos de más y que su nación está enfangada en deuda, guerras y todo tipo de luchas desgastantes, pero no importa. A los dos siempre se los espera aunque aparentemente no estén. Porque nos han enseñado a no concebir el mundo sin sus puñetazos ni sus invasiones coloniales. Y es por eso por lo que hoy he recibido con absoluta normalidad el anuncio de que se está preparando una nueva secuela de esta saga que se centrará ahora en el nieto de Apollo Creed (un hijo de la administración Obama) al que Rocky entrenará y hará repetir una y mil veces “Yes, I can, yes we can”.

¿Cómo iba a sorprenderme esta noticia? Creo que el destino, como ya he dicho antes, del pueblo norteamericano va unido al de este infatigable guerrero y que mientras este señor siga poniéndose el mono de pelea, el país norteamericano continuará creyendo en sí mismo. No perderá la esperanza. Será una nación empeñada en demostrar un poder en el mundo que perdió hace ya tiempo pero que todavía se resiste a ceder. Incapaz de reconocer su decadencia, seguirá día a día poniéndose los pantalones con la barra de estrellas hasta la cintura y haciendo abdominales frente al espejo. Preparada para asestar un nuevo golpe, crear una nueva mentira o sueño y derrotar a quien se le ponga delante aunque tal vez ya sea únicamente un títere de las corporaciones económicas. Algo que en cierto modo también le ocurre a Rocky. Un boxeador que sólo morirá cuando los productores comprendan que no le pueden sacar ni un dolar más, no hay más huevos que exprimir en la cesta porque el público le ha dado la espalda definitivamente o tal vez por la defunción de Silvester Stallone. Algo que como he dicho antes parece imposible. Porque tanto Rocky como EUA se han empeñado en ser inmortales y alcanzar la vida eterna y quién sabe si no lo hayan logrado.

Sospecho, de hecho, que en prevención de una futura muerte, debe haber ya grabadas varias escenas para las futuras secuelas de Rocky que se estrenen durante las próximas décadas en las que Balboa, el toro de Filadelfia, aparecerá adoctrinando a sus futuros discípulos. ¿Qué habría de extraño en ello? Rocky de hecho, no es ya un personaje sino un profeta, la película original, una iglesia y todos sus cientos de miles de espectadores, una gran religión que ni siquiera el anuncio de la vuelta a las pistas del mismísimo Muhammad Ali podría disolver, contribuyendo a aminorar un poco el entusiasmo de sus fans tan parecido al que sienten aún hoy en día -y con la que está cayendo- los norteamericanos hacia el dólar. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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