Fassbinder o las alas del tedio

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Hace años publiqué un texto en la revista El coloquio de los perros sobre el cineasta Rainer Werner Fassbinder que, con sus correspondientes correcciones, me apetece publicar hoy en Avería. Ahí va: 

                         Fassbinder o las alas del tedio.

Rainer Werner Fassbinder fue un puerco. Pero no uno de esos puercos que viven de los artistas o el pueblo. Uno de esos ególatras que nos castigan diariamente con sus opiniones sobre otros hombres con mayor poder o influencia que ellos. Fue un puerco de los que se bañan en la mierda para reflejar hasta qué punto todos -incluido por supuesto él- estamos envueltos en ella. En ningún momento, de hecho, se creyó mejor que los personajes que retrataba y fustigaba o los espectadores de sus películas. Al contrario, profundizó en sus propios fracasos, vicios y obsesiones trazando las oscuras líneas de una cinematografía decadente y perversa como muy pocas. Una obra en la que se pueden sentir ecos del nihilismo sin fin de la literatura de Louis Ferdinand Céline, las malignas epopeyas de Joris-Karl Huysmans, los ásperos bostezos poéticos de Rimbaud o Baudelaire así como del magnetismo épico y cruel del cine de Josef Von Stenberg. Una obra afín a la escritura de Georges Bataille en cuanto pareciera haber sido compuesta con el expreso deseo de aniquilarse y autodestruirse. De formular un no en voz alta, un puñetazo contra la pútrida existencia y sólo una vez que se ha blasfemado y cagado en ella a su antojo y gusto, busca con ansiedad y nocturnidad una luz. Un amor que siempre es melodramático, trágico, apasionado y febril y en vez de liberar a sus personajes, termina por esclavizarlos. Condenarlos definitivamente al ostracismo.

El cine de Fassbinder es un canto épico al suicidio. Un poema de desprecio al ser humano. Un arte creado a través del espanto y el miedo a la vida por el cual revolotean libres los ángeles de Klee, que se regodea en lo mórbido para subvertir o al menos reírse del futuro apocalíptico que estamos construyendo. Un cine que hace épica del asesinato y el crimen (que aparecen como lógicas soluciones al colapso vital actual) y se baña de violencia para hacer frente al tedio y la desesperación. De hecho, parece haber sido originado a partir de una maldición o un insulto. Haber sido forjado a través de un exabrupto. Pues no hay personajes sanos allí. Todos son ángeles caídos. Personas que pagan un precio altísimo por estar vivas y en absoluto aspiran a la felicidad. Más bien si acaso a reconocerse en sus delirios. Profundizar en su sadismo o masoquismo. La esclavitud que sienten hacia sus pasiones, puesto que se encuentran absolutamente fracturados. Son conscientes de que nunca cumplirán sus deseos, de que la felicidad no existe y la existencia es sinónimo de violencia. De que entre aquello que anhelarían decir y lo que verdaderamente dicen hay un abismo. Y que el orden social se levanta a través de la sangre y la rabia y en el fondo no puede enmascarar la locura y el delirio.

Fassbinder sabe bien que en el centro y origen del pueblo alemán se encuentra la venganza. El odio incubado en el pecho de Krimilda por la muerte a traición del héroe Sigfrido. Un hombre condenado a ser cruel. A matar o perecer. Víctima y verdugo. Un héroe cuyos ojos siempre están rojos de cólera porque los hombres vivimos en perenne estado de guerra. Sobre todo, con nosotros mismos. Algo connatural a la historia occidental. Al fin y al cabo, no hay persona que soporte menos a Aquiles que el propio Aquiles. Siendo lógico, por tanto, que, temeroso de estar a solas consigo y escuchar su viciosa voz, el guerrero griego se arroje una y otra vez sobre las lanzas y espadas del enemigo. De hecho, si revisamos la historia de los dioses griegos y romanos encontraremos un gran número de disputas y conflictos entre ellos que reflejan al fin y al cabo nuestra disarmonía esencial. Nuestra tendencia a la vorágine y el conflicto. Esa estúpida voluntad de destruir lo que más amamos. Asesinarlo. Algo que afecta de una manera u otra a todos los personajes de Fassbinder. Hombres y mujeres en guerra, encolerizados y sin paz carcomidos por la culpa. Neuróticos que ni en cien vidas podrían asimilar el pasado de su patria, mirar de frente a la historia del nazismo o a una infancia por lo general destrozada. Llena de traumas y ese rencor y odio que se refleja en cada uno de los fotogramas de una obra en la que se huele a humillación y muerte por todos los costados. En la que el absurdo y el vacío se llenan con violencia y alcohol y el sexo es siempre un ritual sangriento de dominación. Un apareamiento maldito que no acaba con la soledad y desde luego no produce amor sino odio y más odio. Destrucción y extinción. Ese rencor hacia la vida y el mundo pegado al cuerpo de los personajes de Thomas Bernhard. Ese malestar inexplicable que ni el dinero ni el arte consiguen ocultar u opacar.

 

Es sabido que Fassbinder era un obseso artístico, que únicamente encontraba un bálsamo a su angustia, consagrándose a sus sórdidas creaciones sin medir las horas de sueño al trabajo. Hay quienes dicen que ese fue el único paraíso que conoció y parece lógico. Sólo centrándose en su obra podía olvidarse de su conciencia. Dejar de lado sus recurrentes obsesiones. Intentar liberarse de su propia esclavitud, de sí mismo, a través de una rutina que era en el fondo pasión desatada. Una manera de darle forma y ponerle cauce a un corazón sin riendas que de no ser por el angustioso ritmo creativo al que se veía sometido, probablemente hubiera optado por el suicidio como una solución válida a ese callejón sin salida que para él era la vida. “Dejo mucha más libertad a los personajes de mis películas que a mí mismo”, diría en algún momento este admirador de Douglas Sirk. Este hijo de la rabia que unía íntimamente en sus fotogramas, los melodramas protagonizados por Rock Hudson con el veneno extraído de los aforismos de Ciorán o las sombras teatrales de Antonin Artaud. Un poeta de la decadencia que únicamente encontraba salvación en el infierno y perfectamente podía haber protagonizado una novela de Dostoievsky en cuyo cine el aliento fresco y santo de los lienzos del Giotto era transubstanciado por el aroma de lo kitsch. Y lo ridículo y lo obsceno se conjugaban libremente para construir películas donde lo repugnante, mórbido y decadente eran tratados casi heroicamente. Como si fueran fuerzas y potencias descomunales de la naturaleza básicas para entender la sociedad contemporánea. Ese mundo lleno de desorientados, purgados e inconformes que retrataba en films cuya temática básicamente no es sino la aniquilación del amor.  La exterminación del consuelo y la esperanza. La construcción del imperio del mal y las pasiones. Una sociedad esclavizada por el poder frente al que caen postrados los discursos, palabras, imágenes, sexos e historias.

Fassbinder, sí, fue uno de esos ateos llenos de fe. Uno de aquellos que maldecía a Dios por habernos creado y entendía que la vida no era en el fondo más que un asesinato. Una invitación a morir realizada por un despreciable ente. Y por eso su cine se ocupa más que de la muerte de Dios, de las posibles maneras de asesinarlo. Es una invitación a destrozar a Prometeo. Regodearse con los mordiscos de los buitres en su piel y a aparecer con una metralleta en el paraíso fulminando sin piedad a nuestros padres, Adán y Eva y la serpiente, y además no dejar un solo fruto sano en el árbol del bien y del mal. Responde a un torturante deseo de dejar de ser nosotros mismos y buscar nuestro reflejo en los espejos. En el fondo, sí, es una súplica y ruego a los dioses por no volver jamás. Pero de verdad. Jamás. Una muestra de que hay ciertos seres humanos que no han caído tan bajo para aspirar a la felicidad. Y de que una de las mejores salidas a los problemas de nuestro mundo sería la destrucción de todas y cada una de las civilizaciones. Que todas ardieran como ardió Pompeya. Pues los hombres estamos condenados a la desdicha. Nacemos de un crimen cuyo asesino aún anda suelto y ni el lenguaje ni el arte podrán en verdad nunca cicatrizar esta herida. Al fin y al cabo, todo lo que existe, está condenado a ser siniestro o morir. Es la ley de la supervivencia y la del más fuerte. La ley del capitalismo que es la misma que la de la peste. Se puede acaso sobrevivir a sus dictados pero nadie puede acabar con ellos. Prueba de que los alcohólicos, perezosos, vagabundos y bastardos son en realidad los frutos prohibidos y gozosos de la existencia. Los seres más lúcidos que existen. Pues son los únicos, que en esta época de esclavitud y falsas promesas, alzan los brazos contra los dioses y exigen que si es cierto que se nos ha concedido la libertad, podamos elegir la muerte que deseemos. La mejor manera de destruirnos y acabar con esta farsa de una vez. Tiempo de amar, tiempo de morir. No se me ocurre una definición mejor para el cine de Fassbinder. Un tugurio cinematográfico en el que los perdedores pueden al menos elegir la muerte que desean. Gozar de la posibilidad de autodestruirse miserablemente. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Hay que subir la montaña como viejo para llegar como joven

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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