Fehérlófia

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Ayer vi Fehérlófia. Una “rara avis” incluso en un ámbito que ha probado tener sus propias reglas y ser tan elástico como el de la animación. Probablemente porque este homenaje sincero y sentido al mundo de los mitos y las leyendas proceda de Hungria. Fuera realizado concretamente entre el año 1979 y 1981 por Marcell Jankovics. Un enamorado y apasionado del folklore capaz de recrear un mágico y absorbente arco iris en la gran pantalla con inusual cariño. Fehérlófia, sí, no es ninguna obra maestra. Pero sí que es un film de los que contribuye a mejorar el mundo, hacernos mejores personas, sin los cuales habría unas cuantas sonrisas menos. Es, sin duda, una película para cómplices, que contribuye a recuperar cierta inocencia de esa que en el cínico Occidente se echa demasiado en falta y nos invita a relajarnos. Meditar frente al caleidoscópico mundo que nos presenta. Es en suma una obra en la que importan menos los resultados que las intenciones y mucho más la afectividad que el espíritu crítico de un espectador que será empático o no será. Se dejará mecer en la cuna o partirá de la sala enfrascado en sus problemas cotidianos.

Por supuesto que Fehérlofia es irregular y no está del todo lograda. Pero esto es algo que no creo que importe demasiado. La voluntad, el mero hecho de haberse atrevido a recrear la bella historia de un héroe épico a través de una lente psicodélica que se complace en jugar una y otra vez con las múltiples formas y maneras a través de las que los colores se desintegran y unen, es ya todo un logro. Un acontecimiento digno de todos los elogios. Puede de hecho uno abstraerse de la historia que se nos narra y contemplar únicamente el continuo vaivén, baile infinito de los colores y obtener un gran deleite. Porque Jankovics es un adulto que no ha olvidado al niño. Al contrario, lo ha cuidado y guardado dentro suya. Analizando las desgracias del mundo contemporáneo a través de las historias que iluminaron su infancia y probablemente escuchara de boca de su madre o alguna hermana mayor. Y, desde luego, supone un enorme mérito haber llevado a cabo un experimento como éste a la gran pantalla. Una prueba de que tal vez el arte psicodélico podía haberse desarrollado mucho más de haber recibido los apoyos necesarios y de que posiblemente sus mayores logros, hemos de buscarlos en el extrarradio y no tanto en sus obras canónicas.

Ayer también escuché una impresionante nueva canción de David Bowie, Sue (or in a season of crime) y por algún motivo que no puedo explicarme, he sentido cierta esperanza. Como si un pájaro verde estuviera rodando por mi corazón y emergiendo de mi boca sin cesar de piar. Como si algún ángel oculto quisiera advertirme de algo. Tal vez la necesidad de mantenerse creativo o no perder la fe por más que la oscuridad que nos rodee. Aunque, para que nos vamos a engañar, llegados al punto límite al que el neoliberalismo o el capitalismo han conducido al mundo, únicamente ver a unos cuantos políticos sin cabeza colgados de un paredón, creo que pudiera relajarme o tranquilizarme un poco. Me hiciera sonreír. Por más que probablemente a los pocos minutos volviera a torcer el gesto pensando en quién dio la orden de matarlos. Algo que obviamente me entristece. Pues a tanto ha llegado el cinismo y la paranoia actuales que ni siquiera creo que viendo en el paredón a algunos de nuestros torturadores habituales pudiera relajarme. Al fin y al cabo, tras la Revolución Francesa, apareció aquel cerdo ruidoso al que estoy dedicando actualmente unas páginas en Ruido, Napoleón. ¿Y quién sabe si el rostro que mece la cuna de estos puercos es aún más deleznable? En cualquier caso, se agradece mucho, ¿cómo no?, el fascinante tema de David Bowie. Un barco que provoca y convoca incertidumbres sin despejarlas. Se regodea en las dudas y sin saber bien hacia dónde dirigirse alza el vuelo por las ciudades satisfecho por el mero hecho de planear a través de monumentos, edificios y gárgolas de catedrales sin ser abatido por los disparos de cualquiera de los nobles encargados de cerrar y abrir nuestra cárcel. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

Estudiando lo pasado, se aprende lo nuevo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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