Gangrena

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Leo un texto en el blog del viejo topo (http://blogdelviejotopo.blogspot.mx/2015/10/la-izquierda-bajo-sospecha-fracaso-y.html) donde, entre otras lúcidas afirmaciones sobre los vaivenes, mutaciones y desarrollos de “la Izquierda” durante el siglo XX, se indica lo siguiente: “hoy es más fácil localizar “la Izquierda” en el cine, poesía, plástica, retórica… que en un programa económico que sea diferente de la generalidad de los programas económicos burgueses. Después del decenio de 1960, “la Izquierda” se tornó predominantemente una categoría estética, una propuesta para una estética”.

 

La afirmación no sólo me parece cierta, sino que entiendo que resumiría en gran parte el cine de Jean Luc Gordard. O al menos, muchas de sus intenciones y propósitos. Incluso su militancia maoista al observar la deriva de la “izquierda centralista” o la socialdemocracia. Probablemente, una buena manera de acercarse a su obra y su desarrollo, sería precisamente en esta clave. Contemplarla como un extenso, a veces críptico y extenuante, fresco que no sólo advierte sino testimonia este proceso: cómo “la Izquierda” se va convirtiendo en balbuceo, signo desenfocado y desestructurado sin un contenido real dentro de la sociedad de consumo. Cómo se convierte en una categoría estética que, a su manera, alude a determinadas intenciones y actitudes controladas, subvertidas y en absoluto peligrosa ya para el sistema. La manera en que las distintas “Izquierdas” han devenido en un conglomerado parecido a la diversidad de lienzos dentro de un movimiento artístico o a diferentes sensibilidades cultivadas en el interior de ese mismo movimiento. Lo que viene a subrayar que su lugar en el centro del tablero global es una mera opción, una decisión no tan distinta en primera instancia, de las que el consumidor medio suele tomar en el supermercado. Las plurales izquierdas son ahora yogures de desiguales sabores y colores, con un contenido en azúcar diferente, (como probablemente también lo son esos artistas cuyos nombres se citan en voz alta y casi automáticamente en tantos films de Godard). Y su fuerza radica en la publicidad y en el sabor de las primeras cucharadas, el color con el que golpean al espectador y el logo que resume el contenido de la ingestica culinaria (política o artística).

Obvio. La “Izquierda” no es eso. Lo sabe Godard y lo intuimos todos. Pero se ha visto replegada allí. De ahí que su discurso se encuentre en gran medida descompuesto y el silencio (¿un testimonio de su desaparición o de su recomposición?) sea la manera más eficaz a través de la que muchos de sus militantes y creyentes se expresan ahora. Tal vez, esta sea la temática del último Godard: cómo al ciudadano medio, al obrero y al estudiante o militante de izquierdas, le han robado el lenguaje (y por tanto, la realidad, la misma idea de “izquierda”) pero aún puede subvertir y recomponer el mundo a través del silencio. El silencio no como conformismo sino como rebelión. La sabiduría de los escépticos. Ese puente que aún nos permite no caer en el abismo del cinismo. Aquello que acaso la abstención podría conseguir si las fuerzas disidentes contaran lo mismo que las votantes. La utopía de la destrucción. La seguridad de que todos los imperios (el consumista también) acaban cayendo. No sólo el humano. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Una palabra amable es mejor que un gran pastel

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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