Harvey

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Tan sólo he estado cerca de Harvey keitel en una ocasión: como público de su recorrido por la alfombra roja del Festival de San Sebastián en el año 2003. Keitel se encontraba en fase de promoción de la mediocre El misterio Galíndez pero su aparición me impresionó. Porque parecía un guerrero que acabara de enfrentarse a la muerte o un pirata que hubiera desembarcado en la hermosa ciudad vasca no demasiados días atrás. Parecía, sí, un hombre que había vivido una experiencia trascendente en algún momento de su vida y que por tanto, se encontrara alejado del mundo cotidiano. Viviera en constante lucha con su mundo interior, dialogando con sus demonios, y rememorando, masticando experiencias pasadas, intentando asimilarlas de una vez.

Con el tiempo supe que, durante su adolescencia, se alistó en los marines y participó en la guerra del Líbano y comprendí mucho mejor el contenido de su rostro, su manera de mirar y moverse y la angustia que podía descifrarse en su corazón incluso en los momentos más óptimos y placenteros. Además, su infancia en Brooklyn (Nueva York) estuvo llena de mareantes problemas. Era disléxico, fue expulsado de la escuela y estaba acostumbrado a meterse en líos y alternar trabajos en los que no solía permanecer mucho tiempo. Era, sí, un joven destinado a ser carne de psiquiátrico y a deambular sin rumbo por la zona gris de la existencia. A morir olvidado en un callejón. Ser tal vez un matón de discoteca acostumbrado a sufrir las burlas y humillaciones de los niños ricos y a pelearse cada cierto tiempo con cualquier descerebrado. Pero afortunadamente, llamó a la puerta adecuada en el momento preciso y se convirtió en uno de los primeros actores fetiche de un director primerizo, lleno de energía y dispuesto a comerse el mundo: Martin Scorsese. Y desde entonces, se transformó en una de las imágenes más inquietantes y creíbles del cine. Un verso suelto que no encajaba en ninguna parte y era, desde luego, muy difícil de encasillar -de hecho, sólo conoció el éxito masivo durante la eclosión del cine independiente en los 90- pero con una capacidad desbordante para la interpretación. Hacer creíbles sus apariciones y ganarse al público con tan sólo dos escenas y tres o cuatro frases de guión pronunciadas con absoluta naturalidad.

Ciertamente, las traumáticas experiencias vividas durante su juventud, le permitieron encarnar a los tipos más rocosos y duros. Seres que emergían de los extrarradios de las ciudades modernas y sobrevivían en el limbo. Buscavidas sin épica dispuestos a todo que, a pesar de llevar a cabo los asesinatos más fríos y extremos, dejaban traslucir ciertas heridas y sensibilidad que los humanizaba. Los hacía queribles. En cualquier caso, Keitel no era tanto el rostro de la locura sino de la obstinación. De la búsqueda. En todas sus interpretaciones, hay hallazgos. Un momento en el se percibe que acaba de descubrir un dato oculto del carácter de sus personaje que no se encontraba escrito en el guión y le permite conducirlo un paso más allá. Ayudando a transformar su actuación en un ritual. De hecho, Keitel ha sido el actor adecuado para mostrar qué es la expiación. Las grietas y heridas que escinden las almas. O el dolor y la desorientación. Y también tiene una vis cómica muy sofisticada que, no obstante, únicamente Tarantino ha sabido explotar. Lo cierto, en cualquier caso, es que no es alguien tan obsesivo como De Niro. No parece capaz de adelgazar y subir de peso o meditar durante las horas que sean necesarias para componer un papel. Pero tampoco lo necesita porque, ante todo, es alguien intuitivo. Casi un visionario de la interpretación. Un actor que, debido a su experiencia vital y talento, capta detalles de sus personajes que pasan desapercibidos a la mayoría. Y no desea tanto transformarse en ellos sino que va dejando que se apoderen de él, hasta realizar un ensamblaje prácticamente perfecto. Natural e inquietante. Casi un exorcismo.

La carrera de Harvey Keitel ha estado llena de luces y sombras. Momentos álgidos en que parecía que se iba a convertir en el nuevo Steve McQueen y protagonizar anuncios de champagne para festejar el año nuevo y otros en que ha desaparecido totalmente del primer plano y podíamos imaginarlo bebiendo alcohol frecuentemente en los bares, acostado apesadumbrado durante horas en su habitación, vagando por cualquier ciudad sin rumbo fijo o pensando si abrir un negocio y retirarse discreta y sombríamente del cine. Por la puerta de atrás.

Estaba destinado por ejemplo, a protagonizar una de las grandes epopeyas épicas del cine, Apocalipse now, pero finalmente, su papel fue para Martin Sheen y entró en una crisis de la que no se recuperaría en años. Teniendo en cuenta que no era un galán y aún no había demostrado ser el portento artístico que era, los directores norteamericanos comenzaron a ignorarlo. Y no más que le ofrecían papeles secundarios en películas desechables. Por lo que se vio obligado a realizar el camino contrario al habitual y tuvo que emigrar a Europa a principios de los 80 para continuar actuando y ganar prestigio. Encontrar papeles interesantes acordes con su cultura y capacidad. Y paradójicamente, gracias a esta difícil y controvertida decisión, pudo trabajar años más tarde en una película que no tiene nada que envidiar al grandioso film de Coppola. Me refiero, claro, a La mirada de Ulises. Una obra que resume una era, un siglo y casi que gran parte de la historia occidental donde realiza una conmovedora interpretación llena de mesura y épica. Tanto es así que Keitel podría haber muerto días después del estreno de la fastuosa película de Angelopoulos y tendría un lugar asegurado en la historia del cine. Porque su rostro llega donde muy pocos actores han llegado. Es casi el rostro del drama y la filosofía. De la poesía y de la sinrazón. Una metáfora de los aforismos de Heráclito y de los más lúcidos versos de Homero. Harvey Keitel se convierte él solo en la memoria de Europa y encarna a la perfección la tragedia humana. El deseo de inocencia y la imposibilidad de alcanzar la paz. Alguien frágil y áspero con una fortaleza interior que nace del amor.

La grandeza de Harvey Keitel radica en que nadie duda de que es un hombre duro pero a pesar de los malos tragos que ha experimentado, no ha dejado de lado a su niño interior. Creo que todos sabemos que Harvey es alguien confiable. Una persona que compartiría su droga sin problemas con cualquiera de nosotros y nos prestaría un libro a pesar de que le gustara mucho. En realidad, Harvey no parece un actor profesional sino un aficionado porque se percibe que tiene dudas sobre su manera de actuar. Que cada vez que se pone delante de la cámara, explora la interpretación y apenas posee certezas de cómo debe comportarse. Y se percibe, asimismo, que cada película es para él un reto y la vida, una búsqueda constante. Una interrogación infinita. Y por ello, es el rostro de la aventura. Del viaje artístico. Un hombre que habla de tú a tú con la muerte diariamente y pisa con idéntica facilidad tanto en las puertas del paraíso como en las del infierno. shalam

أُحِبُّكَ يَا نَافِعِي وَلَوْ كُنْتَ عَدُوِّي

El que se ahoga no repara en lo que se agarra

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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