Hombre

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Sé que El sur es (o iba a ser) una película sobre el paso de la infancia y la adolescencia a la edad adulta. Que su emblema es una mujer, la tierra y, sobre todo, los recuerdos y los silencios. Aquello que se vivió de lo que nadie habló. Pero, a lo largo de los años, las escenas que más recuerdo son las protagonizadas por Agustín: el egregio padre de Estrella. No sólo debido a la excelente interpretación de Omero Antonutti sino porque creo que el film de Víctor Erice es también una obra sobre los misterios de la virilidad. El secreto oculto que late en el corazón de los hombres y la soledad feroz de un padre.

Una temática en la que el director vasco ya había ahondado en El espíritu de la colmena. Obra donde el personaje interpretado por Fernando Fernán Gómez era un símbolo preclaro del mundo adulto masculino. De una silenciosa hombría de hierro y fuego que recordaba a las estatuas de Chillida y a esos árboles espigados y robustos que se mantienen firmes en los montes durante años. A esos gigantescos cielos de los que brotan palabras bíblicas y mandamientos irrompibles.

Los hombres en el cine de Erice son como frutos maduros. Guardianes silenciosos que hacen pensar en las novelas de Pío Baroja y los ensayos de Unamuno. En paisajes resecos y fríos donde se come tanto la carne bien hecha como el requesón con cubiertos de madera. Son almas curtidas por los sinsabores, la lucha diaria y las esperanzas perdidas. Cuerpos abatidos en cuyo pecho y manos se esconde la memoria de la raza. De los ancestros. Son una especie de yunques que intentan sostener el mundo, a pesar de que no puedan participar del milagro de la natalidad. El alumbramiento de un nuevo ser. Son dignos a pesar de sus errores. Fuertes a pesar de las vicisitudes de la vida y que no sepan resolver los desafíos de un mundo que los aboca a una prematura despedida. A un doloroso recogimiento. Tal vez incluso a la tragedia. A la nostálgica contemplación del duro paso del tiempo y el amargo poso y sabor del fracaso. El lento adiós.

No obstante, creo que el logro de Erice en El sur fue mayor que lo apuntado. Porque no sólo retrató con letanía, poesía y dignidad a la masculinidad sino que entiendo que supo desarrollar un trasunto temático muy difícil de llevar al cine y que era central en el relato de Adelaida García Morales en que se basaba: qué es lo que un padre es para una niña y qué es lo que desearía que fuera. O mejor aún, qué es lo que no puede ser un padre para una niña y le hubiera gustado ser.

Ciertamente, creo que ese uno de los temas centrales de la película: cómo una hija mata al padre y el padre muere para esa hija, una vez que no se puede llevar a cabo el incesto. Algo que la convierte en una obra excepcional porque, por lo general, estamos acostumbrados a visualizar obras edípicas o saturninas en las que o bien el hijo mata al padre y se convierte en el nuevo héroe del clan o el padre impide el crecimiento del hijo e impone su sombra y poder en sus descendientes por siglos. Sin embargo, el tema de El sur es, repito, más sutil: cómo una hija ha de comportarse -querer, odiar, ignorar, respetar- con su padre para forjarse una identidad, reconocerse y aspirar a cierta autonomía y libertad.

En realidad, El sur es la filmación de una una conversación secreta y sagrada entre un padre y una hija. Entre Agustín y Estrella. Entre los remordimientos de un hombre y los anhelos y esperanzas de una niña. Entre el sinsabor de una existencia llena de fracasos y protagonizada por los remordimientos y el anhelo de volver a empezar y de que la inocencia borre los esquivos besos y abrazos dados en nombre de la carne, la pasión y los celos. Esos engaños y falsas mentiras de los que está compuesto ese mundo adulto del que Agustín intenta -sin conseguirlo y sabiéndose abocado al fracaso de antemano- proteger a Estrella. Una joven destinada a matar (simbólicamente) al padre real para convertirlo en el imaginario sostén de su búsqueda. El poste que nunca falla. Enérgico, incontestable tótem que impregnará de savia, sentido y recuerdos, sus futuros amores y experiencias. El sentido absoluto del mundo. Shalam

إِنَّ كِذْبَةَ الْمِنْبَرِ بِلِقَاءٍ مَشْهُورَةٌ

La vida es duda, y la fe sin duda es sólo muerte

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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