Inquietud

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Tengo la impresión de que allí donde me encontrara con Chistopher Walken -un callejón, una plaza o un restaurante- me pondría a temblar. Porque su sola presencia transmite inquietud. Tensión. Sus ojos siempre me han resultado semejantes a los de un hombre muerto. Un cadáver. Alguien procedente del más allá. Sé que algún día me despertaré con la noticia de su fallecimiento pero, en verdad, no creo que lo lamente puesto que en mi mundo interno, Walken no es un ser vivo común. Es un espectro que, por alguna oscura razón, se ha reencarnado en este mundo. Por lo que no me sorprendería si en cualquier momento, se comenzara a quitar la piel a trizas y ante mí surgieran alargadas sombras en lugar de sangre y huesos. Basta por ello con que aparezca durante unos segundos en la pantalla para dotar de trascendencia cualquier escena. Walken ha protagonizado películas sublimes. De esas que forman parte de la historia del cine. Pero también ha intervenido en muchas mediocres o alimenticias y el efecto que su figura causa en cualquiera de ellas es prácticamente idéntico. Porque para él actuar es como respirar. Fue un niño prodigio acostumbrado a ponerse detrás de las cámaras cuando apenas levantaba dos palmos del suelo. Y conoció de manera prematura los misterios y secretos de una profesión que ha convertido en arte. Algo suntuoso. Pues, repito, basta verlo hablar o moverse para sentir la sangre hirviendo. Intuir que algo peligroso, fuera de la ley y del conocimiento humano, está ocurriendo.

Walken es capaz de transmitir pavor sin necesidad de llevar maquillaje, un atuendo especial o realizar ningún gesto. Le basta con moverse despacio para provocar todo tipo de sensaciones. Por lo general, turbias. Walken me recuerda a los tiburones. Puede haber peces más peligrosos y letales en los océanos pero ninguno produce más respeto. Walken es la densidad y el frenesí. Su mirada se encuentra a medio camino de la locura y la lucidez. Procede, repito, de otro lugar que sólo algunos seres humanos han vislumbrado. Sería lógico que alguien con tanto talento despertara envidias o gozara de un ego gigantesco. Pero en sus entrevistas se muestra como alguien muy sencillo interesado por la cocina y otros aspectos mundanos de la vida. Y entre sus compañeros de profesión, Walken genera respeto y admiración. Puede que porque, a pesar de ser un impresionante actor, siempre se ha mantenido en un segundo plano. Ha sabido medir perfectamente las distancias entre su vida personal y profesional. Sus incursiones en el cine comercial y sus atrevidas, necesarias y decisivas interpretaciones en el independiente. No cabe duda de que la película por la que será recordado es El cazador. Cimino extrajo todas sus potencialidades, lo llevó al límite y Walken respondió, dando forma a un personaje fracturado cuyo aliento hiela. Alguien que tras la experiencia bélica, se convierte en un ser desesperado con un dolor que atraviesa la pantalla y casi que puede sentirse. Walken no actúa en El cazador. Levita. Se desplaza por la pantalla creando un mar de sensaciones caóticas que van desde la fragilidad hasta el odio y es capaz, con su sombra, de restar protagonismo a un De Niro que por entonces se encontraba en la mejor etapa de su carrera. Era un actor tocado por la vara de los dioses y tuvo que abusar por primera vez de histrionismo y gesticulación para no ser opacado por el rostro agrio de Walken. A quien le bastó también con caminar lenta y silenciosamente en La puerta del cielo para transformar el tono crepuscular del filme en airado. Comenzar a hacer sentir al espectador la frialdad del mal y el odio.

Walken es tan buen actor que no necesita de ningún efecto para generar un sinfín de sensaciones. De hecho, ha conseguido hacer de la contención su mayor virtud. Siendo capaz de hacerse comprender sin pronunciar una sola palabra. Walken es de hecho, un asceta de la actuación. Un samurai. Rompe barreras sin necesidad de ser excesivo ni malgastar fuerzas. Walken podría estar sentado junto a nosotros en una habitación y ser capaz de pasar inadvertido. Porque es uno de los escasos actores norteamericanos que ha aplicado a rajatabla la regla del menos es más. Tanto es así que no desentonaría en una película de Robert Bresson. Y gracias a su talento ha conseguido por ejemplo que los explosivos films de Abel Ferrara en los que ha participado sean menos retóricos y excesivos. Sean más realistas sin perder su visceralidad. Algo comprensible dado que Walken es un artista que ha mezclado bilis y cerebro de una manera extraordinaria. Puede estar dando una paliza a sus enemigos y hacernos saber lo que está pensando su personaje. Como si estuviera consultando un libro en una amplia biblioteca en vez de agitando sus puños o apretando un revolver. Probablemente porque actúa como si estuviera muerto. Como si no le importara el presente sino el recuerdo que dejará en el mundo del arte. La impresión que tendrán de él quienes revisen cualquiera de los films en los que aparecerá dentro de varios siglos. Y por ello, en vez de pelearse por ocupar el primer lugar en cualquier plano, dedica astutamente todos sus esfuerzos a mejorarlos. Algo lógico porque al fin y al cabo, ni los fantasmas ni los vampiros tienen ego. Y si alguien puede compararse con ellos, ese es Walken: uno de esos torturados espectros que con su sola mirada transmite al momento lo que supone vivir día tras día en el purgatorio y lo secos y áridos que son los parajes que hay en el infierno. Shalam

إِنْ سَرَّكَ الأَهْوَنُ فَابْدَأْ بِالأَشَدِّ

No es poca ciencia aprender a soportar las tonterías de los ignorantes

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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