Jack

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Jack Nicholson no actúa, gesticula. No habla, hace muecas. No ríe, suelta carcajadas. Y probablemente no es un ser humano. Es una pantomina. Básicamente, porque todo en él es excesivo. Tanto que decir que sobreactúa se queda corto. Muy corto. Porque Jack Nicholson es el histrionismo. La esquizofrenia. Basta echarle un vistazo a su rostro para comprobar cuán gigantesco es el tamaño del ogro capitalista. Los ojos de Jack Nicholson podrían ser los de un perro. Y su mirada, la de un lobo. Porque no es alguien exactamente humano. Es alguien monstruoso. Un actor que sin necesidad de pronunciar una sola palabra o prepararse un papel, tan sólo con que aparezca en pantalla y chapurree unas cuantas sílabas, es capaz de inquietar, desequilibrar conciencias, transformar un cine en un psiquiátrico y el mundo en un abismo feroz. Un destino como artista que desde sus primeras colaboraciones cinematográficas tenía absolutamente marcado. Al fin y al cabo, comenzó actuando a las órdenes de Roger Corman. Interpretando pequeños papeles en nocturnas, delirantes y abisales adaptaciones de clásicos de Edgar Allan Poe junto a Boris Karloff o Vincent Price. Comenzó a despuntar interprentado magistralmente a un joven drogado en la hipnótica y carnavalesca The Trip. Y consiguió ser tomado definitivamente en serio, por su papel de médico antisistema, consumidor de marihuana y borrachín, en la mítica Easy Rider.

Es decir, desde sus inicios, Nicholson estuvo marcado por el estigma del delirio. Demasiados indicios y pistas indicaban que no destacaría precisamente por interpretar al ciudadano medio norteamericano. Por ponerse en el pellejo de tipos mediocres, burócratas o aburridos banqueros. Algo lógico porque en caso de que Nicholson se quedase mirando fijamente a alguien, su interloctutor inmediatamente creería estar drogado o comenzaría a sentirse mareado. Como si estuviese en un limbo fuera de la realidad. Por lo que obviamente, estaba condenado a pasar a la historia por personajes lunáticos y excesivos que, en realidad, no parecían distintos a él sino un pedazo de su ser. Cuando Robert De Niro interpretó por ejemplo, al psicópata de El cabo del miedo, lo hizo dignamente. Pero no de forma natural. Y todos al verlo gesticular con desprecio, sabíamos que de haber escogido Scorsese a Nicholson para su película, el film hubiera ganado muchos enteros en cuanto a credibilidad. Algo que comprendió probablemente años atrás, Stanley Kubrick. La interpretación que lleva a cabo, de hecho, Nicholson en El resplandor no sólo es ostentosa sino real. Tanto que yo creo que ni actúa. Que Kubrick, como acostumbraba, se preocupó minuciosamente de todos los detalles de la película menos de él. Le diría -digo yo- que fuera él mismo, se despeinara todo lo que pudiera y mirara a su alrededor con la mirada perdida y que con eso le bastaba para obtener lo que deseaba de su actuación. El monólogo que protagoniza en la barra de un bar del hotel Overlook es, desde luego, glorioso. Pero lo mejor es que, si nos paramos a pensar, no resulta nada extraño imaginarnos al propio Nicholson repitiendo absurdos monólogos como ese en su vida privada. De hecho, verlo en primer fila contemplando los partidos de L.A. Lakers, siempre me ha producido pasmo. Incluso pánico. Que Nicholson haya sido la imagen de uno de los equipos más famosos de la NBA durante décadas, es casi una declaración firmada de que el capitalismo es básicamente locura. Una irracionalidad absoluta que convierte al hombre en esclavo del dinero y al mundo en el estercolero y patio de juego de los ricos. Y que ya da igual cualquier cosa porque Todo está perdido.

¿Es Jack Nicholson un actor? Yo creo que no. Yo creo que es una fuerza de la naturaleza. Un relámpago en el mundo del arte. Una hiena. No creo realmente que sea posible clasificarlo de ningún modo. Nicholson es la extrañeza fluyendo libre en medio del esteriotipo. Un intento de Hollywood por normalizar la enfermedad. Por integrar la excentricidad en el sistema. Y por eso, la mayoría de films -caso de la mítica Alguien voló sobre el nido del cuco– que ha interpretado, no parecen obras de ficción sino biografías. De hecho, creo que ahí radica en gran parte, la grandeza de Jack. En conseguir que las películas en las que aparece, parezcan episodios filmados de su vida. Haber convertido el cine en su teatro particular. Un patio de butacas donde se dedica a gesticular, hablar en voz alta, eructar o comer patatas fritas, disfrutando al ver nuestras reacciones de sorpresa ante el desparpajo con el que, sentado en un viejo sillón y mirando hacia el techo, se ríe burlonamente de nosotros. Shalam

 إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

Nadie se ama a sí mismo demasiado poco

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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