Jodorowsky’s Dune: lluvia en el desierto

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Orson Welles, Pink Floyd, Moebius, H.R.Giger, Mick Jagger, Salvador Dalí. Estas son tan sólo algunas de las fastuosas personalidades artísticas que iban a colaborar en una obra –Dune de Alejandro Jodorowsky- que se propuso romper todos los límites artísticos y mentales y finalmente, no pudo llevarse a cabo debido a la incomprensión de los productores de medio Hollywood y sus exageradas ambiciones.

La semana pasada vi el documental  que Frank Pavich le dedicó a este quijotesco intento y hay que reconocer que además de divertido, es sumamente recomendable. Ante todo porque -como se puede leer entre líneas- este proyecto se forjó en una etapa donde todavía se pensaba que todo era posible, no había miedo a experimentar y aún latía cierto aire libertario y hippy en Occidente que se iría perdiendo para dar entrada a otra época mucho más represiva en la que progresivamente se iría introduciendo el mundo al ritmo gélido y tétrico del Low de David Bowie y los desesperados y angustiosos gritos de los jóvenes punks.

Que no se pudiera rodar el Dune de Jodorowsky me parece a mí que es un signo de los tiempos que venían. Si durante los años 60 y a medida que se se terminaba de “civilizar” el continente americano, existió la necesidad en la psique humana de encontrar nuevos lugares y espacios que colonizar de los que la aventura espacial era un reflejo manifiesto, en los años 70, tras el aterrizaje en la luna, se vivían tiempos de resaca a este respecto. Basta escuchar “Space Oddity” de Bowie y su continuación -“Ashes to ashes”- 11 años después para entender este cambio de conciencia e interés en la psique occidental. Aquel Mayor Tom de finales de los 60, emocionado ante el despegue hacia una nueva realidad, se había convertido en el ocaso de los 70 en un yonki. Un freakie incapaz de soportar este mundo si no era por medio de los constantes pinchazos que se inyectaba en vena.

De alguna forma, aquella escena del magnético vídeo que grabara Bowie para testimoniar el tortuoso recorrido vital del Mayor Tom (y que, pienso, que en parte pudo inspirar a George Lucas la del famoso embalsamamiento de Han Solo en El imperio contraataca) donde se lo veía atrapado por unos tentáculos alimentando a una partícula que no es difícil de identificar con la matrix social, anunciaba la despersonalización del hombre contemporáneo. Esa alienación que H.R. Giger describía de maravilla en lienzos cuya influencia sobrevolaban ciertas escenas del videoclip de Bowie. Inspirando sus experimentaciones musicales enfermas a medio camino entre el expresionismo trasnochado y un emergente, poderoso y destructivo industrialismo sonoro que en cierto modo, marcaba el camino hacia el que se dirigía el mundo: Chernobyl y la manipulación colectiva producida por los mass-media. Los extremismos de un capitalismo cada vez más desatado a medida que el comunismo se debilitaba.

 Lo cierto, en cualquier caso, es que a la emoción ante un nuevo viaje mental y físico (reflejada perfectamente en la obra de Stanley Kubrick 2001:una odisea del espacio), le prosiguió el desencanto por la imposibilidad de mudarse y poblar ese asteroide y consiguientemente, tanto las directrices políticas como las drogas usadas cambiaron. Es decir, como consencuencia lógica de este desencanto y del consumo habitual de marihuana y LSD se pasó al de heroína y cocaína. Substancias que, en el caso de la heroína, destruyen ilusiones y utopías y en el de la cocaína, multiplican, amplifican y masajean el ego del drogadicto haciéndolo sentir capaz de consumir todo, tal y como deseaba el capitalismo invasivo de la década de los 80 y novelas como Menos que cero o American Psycho ejemplifican y resumen perfectamente.

Teniendo en cuenta estos condicionantes, tal vez se entiendan mejor los motivos del rechazo al maravilloso proyecto de Jodorowsky.

John Carpenter se había mofado de la carrera espacial no hacía demasiado en su impagable Dark Star. Battlestar Galactica hacía alusión a una colonia de humanos perdidos en el espacio incapaces de encontrar la tierra. Star Wars presentaba un Universo repleto de seres malvados entre los que destacaba el invencible y temible Darth Vader. Y las visiones del futuro de Ridley Scott –Alien el octavo pasajero y Blade Runner– eran en gran medida distopías. Hollywood se había cansado del optimismo y la esperanza y describía un porvenir terrible para hacer más soportable esa traumática realidad que describían Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Michael Cimino en sus films y atenuar la frustración norteamericana por no haber conseguido poblar nuevos mundos. Y por contra, Alejandro Jodorowsky había preparado pacientemente una joya cinematográfica recubierta de simbolismos sagrados y fe en la humanidad que obviamente, debió desconcertar a los estudios.

De hecho, en su guión original había cambiado el final de la novela de Frank Herbert. Paul Atreides moría pero su esencia pervivía en todos los seres de un planeta Arrakis que se llenaba de agua y bosques y frutos como sinónimo de la regeneración de la conciencia humana cuando se ha producido un cambio vital y espiritual importante. Un mensaje de confianza dentro de una película cuya duración podía superar perfectamente las diez horas que chocó contra la mentalidad punk de los 70 y que puso a la defensiva a decenas de ejecutivos que se encontraban alerta después de haber contemplado obras tan atípicas como El topo, La montaña sagrada o Fando y Lis. Y, lógicamente, no vieron nada claro que pudieran recuperar su inversión económica si apostaban por este proyecto interestelar.

Lo afirma en un determinado momento Jodorowsky en el transcurso del documental: su Dune podía haberse convertido en una obra de referencia cinematográfica. El mayor espectáculo contemplado jamás en una sala. Pero terminó transformado en una utopía imposible de llevar a cabo. Tal vez, repito, en los años previos al aterrizaje en la luna, cuando el cine experimental era una referencia a seguir, la proyección de Dune en pleno Woodstock -entre fanáticos de Grateful Dead y Jefferson Airplane seducidos por la guitarra de Hendrix y la poderosa voz de Jim Morrison- hubiera marcado una época, pero los 70 no era desde luego su momento.  Afortunadamente, Jodorowsky no se rindió y una gran parte de las ideas desarrolladas en aquel guión, las plasmó en El incal, Los metabarones y otros cómics de referencia. En gran parte, por tanto, experimentó el destino de Paul Atreides. Tuvo que resguardarse del ataque de los Harkonen para hacer oír su voz sobre un planeta ajeno a todo mensaje espiritual y sometido a un estúpido embrutecimiento -ese desierto de ideas que Pink Floyd habían descrito perfectamente en su The wall– que se empeñaba en cerrar los límites y fronteras del conocimiento al ser humano. Esas texturas que el psicomago ha intentado abrir una y otra vez con sus charlas y creaciones y que describió someramente en esa especie de exorcismo espiritual que fue La danza de la realidad. Shalam

 كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

 Desdichado el que duerme en el mañana

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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