La condena

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Hace varias semanas contemplé el film Damnation (La condena) del húngaro Bela Tarr y sus imágenes aún no se han borrado de mi mente. Si el artista se propuso retratar el alma de los lugares, las personas y el tiempo en sus fotogramas, puedo jurar que lo consiguió. Más que el retrato de una alucinada relación de amor, un viaje hacia la perdición, la película es un retablo sobre el dolor y la desesperación. La pérdida de la fe y el deseo interminable de redención. Está realizada con la paciencia con que los maestros medievales pintaban las paredes de las catedrales, retocando tranquilamente cada uno de los detalles de sus frescos hasta alcanzar un alto grado de perfección. Con una serena sobriedad que ilumina la oscuridad, mostrando frontalmente un paisaje devastado en el que los personajes se comportan como marionetas enredadas en sus propios hilos y hablan y se desenvuelven como si fueran actores de teatro. Figuras que actúan utilizando los métodos del distanciamiento brechtiano para dialogar con un entorno áspero, seco y decadente del que Tarr extrae inmensa belleza retratando con sinceridad su degradación.

Hay películas con las que se conecta o no. Frente a las que cabe la empatía e implicación absolutas o la desconexión total. Y Damnation es una de ellas. A los pocos minutos de su proyección, yo ya no deseaba salir de ella. Quería quedarme a vivir entre sus personajes y paisajes. Fumando tabaco y bebiendo vodka mientras se escuchaban antiguos valses y cantinelas eslavas que hablaban de batallas y héroes perdidos. Y también de viejos amores derrotados cuyo comienzo ya evocaba desde su surgimiento, el ocaso.

Los leves movimientos de cámara, el sonido de la lluvia, las delirantes conversaciones, los gestos contenidos y los desatados. Todo en Damnation huele a poesía. Versos gastados de un libro sin páginas que son arrojados al suelo para que los devore un perro. Aforismos de Emil Cioran leídos al anochecer frente a un grupo de borrachos. Viejos textos de Fiodor Dostoievsky que, aun sin haber sido abiertos ni leídos una sola vez, influencian de forma decisiva el comportamiento de los seres humanos que se encuentran cerca de ellos. Referencias lejanas a seres humanos que dieron su vida para crear obras de arte, a escenas filmadas con una parte de su alma en el cielo por Andrei Tarkovski, y a ciertos lienzos de Pieter Brueghel y Johannes Vermeer.

Bela Tarr se acerca y contempla la realidad con la mirada de un desesperado que no pide ni exige nada de Dios. Se contenta con que le permitan continuar deambulando. Dejándose perder en ariscos parajes siempre y cuando pueda compartir una noche de tanto en tanto con un ser humano. Acariciar un cuerpo o sentir un rayo de sol deslizándose en su rostro. Pues con eso le es más que suficiente para continuar con vida. Esculpir su arte. Y, en este sentido, Damnation parece más un poema, una canción o una oración desentonada que una película. Es el reflejo de un estado de ánimo espiritual más que una narración convencional. Una exploración del vacío y el absurdo vital que arrastra la realidad a su paso condenándola a ser poética o no ser, a devenir en arte o extinguirse entre los lamentos de los condenados al infierno. Damnation, sí, es una visión del purgatorio. Una vía que conduce directamente a las puertas de las cavernas. Muestra el abismo y se recrea en él sin morbo alguno. Con la serenidad del que lo ha perdido todo y no espera ya nada de la vida. De quien mira la luz esperando que aparezca la sombra y vive oculto en la oscuridad con la tranquilidad con la que mueren los hombres cuando se encuentran en paz interior.

Damnation es también una película que habla del vacío que dejó el comunismo en los países eslavos y, de alguna mágica manera, sabe conectar esa fractura con la eterna que late en el alma de los países de Europa del Este desde tiempos inmemoriales. Una muestra sin compasión de la vida al otro lado del telón de acero. La separación del hombre de la tierra y el cosmos y la prostitución de cada uno de sus anhelos y fantasías en pos de un sueño imposible: ese triángulo amoroso que enlaza las vidas errantes de los protagonistas que está condenado a  no fructificar. Es una crónica de una vida sin objetos. De una sociedad alejada del consumismo que, sin embargo, necesita el contrabando, el oculto comercio, para sobrevivir. El áspero relato de una vida sin un enemigo superior ni un rival al que batir que muestra sin ambages la otra cara de la moneda que protagonizó la guerra fría. El retrato de unos seres atrapados tanto por el mundo que se intuye en el horizonte que se encuentra por venir (capitalismo) al que de algún modo esa historia de infidelidades hace alusión, como por el mundo que se encuentra condenado a desaparecer (comunismo). Es, en definitiva, un lodazal enfangado en medio de un paisaje desierto que con sabiduría invoca al escepticismo como método para sobrevivir. Invita a continuar avanzando para no ser destruidos por el tiempo, la memoria y nuestros íntimos anhelos. Con la sabia conciencia de que la respuesta a los problemas de los seres humanos probablemente no la posea nadie. No se accede a ella con el celibato (sociedad feudal), el matrimonio (comunismo) o la infidelidad (capitalismo). Y mucho menos adoptando y dejándose guiar por un sistema político, religioso o económico. Probablemente, sí, porque como invocaba Bob Dylan, se encuentre en el viento. Aunque en el caso del cineasta húngaro, más bien podría decirse que se encuentra más allá, mucho más allá del viento y del tiempo puesto que seguramente no exista. Shalam

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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