La cosa o los naufragios del capital

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Lo sugería John Carpenter de su propia obra maestra. La cosa es una película que trata básicamente sobre la desconfianza que reina en el mundo. Es uno de los films que, de manera más espeluznante y simbólica, a través de un firme, casi clásico pulso narrativo, ha retratado las relaciones laborales y de amistad en el Occidente contemporáneo. Una intensa obra que terminó de diagramar -junto a La invasión de los ladrones de cuerpos– cómo serían las sociedades durante los años de la Guerra Fría y aquello en lo que se convertirían posteriormente.

Carpenter engendró una pesadilla situada en el vórtice antártico construida a la manera de una película de horror o ciencia ficción que muestra con mucha más rotundidad y probablemente perspicacia y agudeza que otros clásicos cinematográficos, el nivel de psicosis y esquizofrenia al que ha llegado el ser humano contemporáneo. Los abismos verticales y horizontales que se ciernen sobre un tétrico mundo absolutamente agotado cuyas leyes son las del terror y la intranquilidad. El absorbente lago de angustia donde las esperanzas de una vida en comunidad flotan desperdigadas como los brazos de los náufragos durante una tempestad.

Seré sincero, e intentare explicar cuál es mi visión de la alucinada tormenta cinematográfica de Carpenter sin rodeos. La cosa, ese terrorífico, absorbente y pantagruélico alien que adopta el aspecto de los seres vivos que lo rodean, no existe. No es más que una excusa. Un ardid para tomar conciencia de que el por aquel entonces deseado encuentro con los alienígenas (La cosa apareció tras Encuentros en la tercera fase y al mismo tiempo que ET) que nos salvarían o conducirían a otras formas de conocimiento, estaba condenado a fracasar y de paso, profundizar en cuál era la naturaleza de las relaciones humanas durante el capitalismo tardío. Dado que aquella perversa cosa no permitía saber quién era quién. Quién era un alienígena o un hombre bueno como, en gran medida, desconocemos (o se intenta que no sepamos) quiénes son y a qué intereses responden los ejércitos de doctores y científicos, propagandistas e intelectuales además de, por supuesto, los líderes de la socialdemocracia occidental que un día, aparecen como salvadores y compañeros de su pueblo y al otro, como villanos o traidores. Un irreconocible pandemonium que como un cáncer -la cosa- destruye la posibilidad de la vida en común de cualquier sociedad. La imposibilita desde dentro, inoculando el virus de la sospecha y desconfianza, la traición cotidiana en seres humanos condenados a vivir adivinando maldades unos de otros o autodestruirse.

Por lo que, en este sentido, el absorbente paisaje donde se desarrolla la trama sería una metáfora del mundo post-industrial recién instalado y por llegar. Ese distópico orbe fronterizo nacido tras el descubrimiento y la total colonización de la Tierra. Un planeta en constante peligro de aniquilación y desequilibrio desde principios del siglo XX, en el que el dios de la misericordia ha sido sustituido por el de la irracionalidad tecnológica. La creencia en mitos y dioses cuyo único fin es la destrucción de la humanidad. Una devastación en la que, progresivamente, ha ido profundizando esa cosa llamada neoliberalismo. Ese monstruo de cientos de rostros y cabezas que podría perfectamente encontrarse inoculado dentro nuestro y, por tanto,  hacer estallar por los aires la parcela de mundo que amamos cuando más confiados estemos, pensando que lo hemos paralizado, conquistado, exterminado.

En suma, sí, La cosa era un perverso psicoanálisis colectivo. Un espeluznante drama telúrico. La pesadilla de la humanidad hecha carne. Un viaje a través de fantasmagóricos paisajes que conducía las recónditas aventuras narrativas construidas por William Hope Hodgson y H. P. Lovecraft unos pasos más allá. Ahondando en la perversa mirada que sobre el colonialismo imperial había creado Ridley Scott en su perturbadora, casi gnóstica, Alien el octavo pasajero.

La cosa es una película que se comprende más hoy que en su momento. Y que, vista a raíz de los acontecimientos actuales, (¿a alguien podría sorprenderle, por ejemplo, que en plena tormenta financiera -año 2011- se realizara una más que interesante precuela intentando profundizar un poco más en las raíces, orígenes y causas del la llegada del incontrolable bacilo?) continúa perturbándome al intentar imaginar cuál será la impresión que nos cause dentro de una década. Porque La cosa es una sombra retorcida. Una mano invisible apareciendo de improviso a través de una pared que, una vez cortada, comprendemos que pertenecía a nosotros y no a ese putrefacto enemigo oculto que creíamos enfrentar, cuyos berridos continuarán escuchándose, hagamos lo que hagamos, hasta la eternidad. Shalam

من تسمّع سمِع ما يكْره

Un hombre no vaga lejos de donde se está asando su maíz

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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