La decadencia

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No existe cineasta más obsesionado con la decadencia que Luchino Visconti. Y muy pocos han sido tan alérgicos y se han sentido más alerta con la eclosión de la cultura de masas. Por eso, más allá de sus primeros y muy logrados experimentos neorrealistas, su cine es una especie de anochecer continuo. La mirada a un paisaje -la vieja Europa gobernada por la nobleza- en trance de comenzar a ser dirigido por la clase burguesa y empresarial. El exacto momento en que la aristocracia comprende que debe pactar con los insurgentes, revolucionarios o demócratas para sobrevivir. Y mantener en cierto sentido sus privilegios. Pero también el momento en que costumbres refinadas y elaboradas con suma delicadeza a lo largo de los siglos comienzan a perderse. A ser sustituidas por una jovialidad popular transformada en vulgaridad que la realeza no puede combatir porque se encuentra sometida a su propio proceso de cambio y descomposición. A su proceso de adaptación a un mundo al que Visconti siempre dejó claro que se sentía ajeno y en cierto modo, le provocaba repugnancia. Pues su promesa de liberación no consistía tanto en una elevación del espíritu y cultura humanas como en una igualación a la baja que finalmente podría provocar un acusado descenso en lo valores vitales y artísticos. No obstante, Visconti no era un fascista. Su espíritu -al fin y al cabo el de un artista- volaba libre y en la Segunda Guerra Mundial se opuso a Mussolini. Pero el ser descendiente de una mítica estirpe nobiliaria -él mismo era un conde descendiente de la célebre Casa Viconti que controló con mano férrea Milán de los siglos XIII al XV- le hizo ser muy sensible a las transformaciones socio-ecónomicas y tecnológicas llevadas a cabo durante el siglo XX.

025-luchino-visconti-theredlistLuchino Visconti era un nostálgico. Un hombre que miraba desde un castillo un paisaje que lentamente se iba convirtiendo en una autopista llena de ruidos y automóviles. Que sentía que un ángel moría cuando se construía una gasolinera cerca de una ermita o en la inmediaciones de los jardines de un palacio nobiliario. Y además, era homosexual.  Por lo que terminó refugiándose en el arte para huir de una realidad que sentía hostil. Un puñal atravesando cada uno de sus tendones. Convirtiéndose en uno de los mayores estetas cinematográficos que han existido. Sino el que más. Un señor que llenó de elegancia la mayoría de los planos que rodó convirtiendo la pantalla en un nocturno de Chopin, una ópera o un crepúsculo eterno. Filmando películas que aunque estuvieran situadas en el siglo XX parecían haber sido rodadas en el siglo XIX. Como si un viejo espíritu fuera capaz de adelantarse en el tiempo, vislumbrar lo que ocurriría en el futuro y mostrárselo a sus contemporáneos décadas antes de que ocurrieran los hechos allí expuestos. No tanto con la pretensión de cambiarlos o de curiosear sino con el ánimo de constatar su ocaso. Ser testigos de una decadencia frente a la que por lo general, los personajes de Viconti reaccionan replegándose en torno a los símbolos de la alta cultura: la historia, su escudo, los grabados, los libros, esculturas, sobrios lienzos, trajes hechos a medida o la música clásica. La visión del mundo como un teatro donde apenas hay risas porque el destino de los nobles siempre ha sido dirigirlo y velar por su conservación. Persistir en su integración y luchar contra cualquier proceso de disolución.

senso-28El de Visconti es un mundo ajeno a la televisión. Y casi que a la tecnología. En él tiene más importancia un cenicero, la forma en que se camina, o se doblan los pañuelos que el propio drama humano. Un armario y el barnizado de un mueble que el cielo. Más que nada, porque son esos detalles los que explican ese drama. Y quién sabe si también ese cielo. Casi siempre, las obras de Visconti concluyen trágicamente. Con alguna muerte o una renuncia. La constatación de un fracaso. La impotencia ante los cambios. Y la añoranza de un pasado que hace a muchos de sus personajes replegarse tras la cultura como si fuera un escudo. Un arma con la que defenderse de un mundo en el que ellos aún conservan buenas fuentes de capital. Pero ya no poseen la llave que lo hace circular, generar transformaciones sociales. Al fin y al cabo, la función de la nobleza era conservar. Proteger. Preservar a sus siervos de los enemigos. Ofrecerles un manto y caparazón que generaba tanto admiración como temor. Luchino Viconti es la triste, resignada mirada al resquebrajamiento del útero. El llanto y asombro frente a la progresiva inutilidad de la nobleza. El escepticismo ante el mundo industrial y la rememoración continua del pasado. Es Marcel Proust más Verdi más Maquiavelo y Lampedusa y alguna novela clásica italiana, vistos a través de los ojos de un moribundo que se crió con ellos. Un fino y sutil retratista que dominaba el latín y conocía de memoria versos enteros de poesía italiana y consecuentemente, retrataba las grandes familias y personajes burgueses y nobiliarios de los siglos XIX y XX como si fueran egregios nobles medievales desplazándose por un mundo que comenzaba a serles ajeno o aquellos emperadores romanos cuya grandeza no obstante, permitía vislumbrar su decadencia. Digámoslo claramente, Luchino Visconti retrataba fantasmas. Personas que no existían. Enfermos. Dementes platónicos encerrados en perfumes y trajes caros. El tiempo difuminándose para siempre a pesar de los continuos esfuerzos por recobrarlo. La era en que la educación pasó de las casas a las escuelas, y los pueblos se convirtieron -a pesar de este supuesto progreso- en más ignorantes. Y los días en que la cultura se quedó sin máscaras. Se acabó el carnaval. Y no quedaron más que recuerdos. Sombras caminando con un libro de Leopardi en las manos a través de castillos en trance de convertirse en museos. Dejar de ser hogares y lugares de mando para siempre.

image560f1d3a81f0d3-56898141Luchino Viconti obviamente no es el pop. De hecho, más bien sería el miedo al pop. El rock visto como veneno. La moda como arte. Y el ballet y la ópera como un sueño. El paraíso recobrado en medio de un arenal de vulgaridad. Un bacanal de baqueros rotos y bañadores fuosforescentes. Porque Visconti es todo lo opuesto a la banalización cultural. Es el Antiguo Régimen derrumbándose. La añoranza de una enaguas y un reloj de pulsera. Un cofre lleno de papeles con la palabra Rosebud. La historia de las grandes familias nobiliarias contada a la manera clásica. En medio de incontenibles excesos de romanticismo y leves toques decadentistas y expresionistas. Es una ópera de Wagner suntuosa, mágica y espectacularmente rodada proyectada en medio de una plaza ante la indiferencia general. Una radiografía violenta y precisa de la nobleza y la venganza. La lucha por el poder. En definitiva, un espectacular mosaico con tintes renacentistas donde Europa es tan sacralizada e idealizada como cuestionada. Y se siente en la mirada de cada uno de los personajes el crepuscular ocaso de su mundo. Cómo va a ser modificado, reemplazado por otro cuyas promesas de regeneración y transformación sociales no han sido más que la excusa para terminar de convertir los antiguos feudos, villas y actuales ciudades en lodazales. La sociedad sin valores jerárquicos y sin gusto artístico. Y probablemente sin criterio. El reino del rencor, la ira y el ruido. Ese palacio lleno de ideas libertarias (jamás puestas en práctica) donde los antiguos dioses no son más que estatuas rígidas en brilantes palacios y los titanes gritan y gritan orgullosos y fieros como si cada día fuera el fin del mundo. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

Mejor loco en compañía que sabio solo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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