La puta gloria

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Whores’ glory, el documental del recientemente fallecido Michael Glawogger, me ha sorprendido por su mirada desenfadada a la vez que sincera, verdadera a la prostitución. Las putas, por ejemplo, no son tratadas ni como víctimas ni como culpables. De hecho, hay varias escenas en las que quienes dan pena son los clientes. Probablemente, porque lo que se propone y consigue con absoluta naturalidad Glawogger es llevar a cabo un retrato de la prostitución no muy distinto del realizado si se acercara a las relaciones laborales en una empresa, Universidad u otros tantos ámbitos de la vida social.

Whores’ glory es un trozo de celuloide que intenta descifrar cómo es posible sobrevivir en el mundo global, neoliberal. Un documental que explora la manera en la que se produce y (re)produce la guerra económica en las sociedades asaltadas, (destrozadas en algún caso) por el capitalismo. Y lo hace con tranquilidad y sin intentar exponer juicios por más que, tras su visionado, habrá algunos que piensen con razón que estamos ante un film bélico. Una película de guerra y horror donde el cuerpo es más un arma, un medio para continuar vivo en la jungla o territorio enemigo, que un canal para recibir o dar placer o alcanzar el éxtasis espiritual.

Para Glawogger, los prostíbulos son placebos que reproducen las condiciones exteriores de la sociedad. Ni las empeoran ni las mejoran. Simplemente las reproducen. Las reflejan con la misma claridad y exactitud con la que los clientes contemplan a través de los cristales, la fisonomía de una serie de prostitutas en un prostíbulo de Bangkok (Tailandia). Y, en cualquier caso, deja claro que, más allá de hipocresías, cinismos y críticas absurdas, los prostíbulos no desaparecen o se encuentran en peligro de extinción porque contribuyen a la paz social. Al desahogo. Son un espacio sin más ley que la del dinero (que es, en fondo, lo que el capitalismo es) destinado al obrero o economista abrumado por leyes, notas a pie de página o un trabajo esclavo. Son recintos especializados en el placer sexual gracias a los que, una vez que los instintos han sido liberados, los estados pueden garantizar el orden social tanto en barrios conflictivos y con un gran capital humano en riesgo de exclusión como en ámbitos más lujosos donde el peligro más bien es la psicopatía.

En realidad, creo que Glawogger era -signifique lo que signifique esto- un humanista. Un hombre con conciencia. Y por ello, las prostitutas en su documental -vuelvo a repetir- no son víctimas ni culpables. Pero tampoco seres humanos normales (si es que tiene algún sentido esta calificación). Más bien, son heroínas sin conciencia de serlo. Heroínas manipuladas y en algún caso, nihilistas. La última hebra que permite que los suicidios no se reproduzcan con la facilidad que lo hizo la lepra en siglos pasados, consiguiendo de paso que los estados no estallen unos contra otros o las agresiones entre los seres humanos de un mismo país desemboquen en guerras civiles.

Además, Glawogger logra hacernos entender con claridad que la presencia de las prostitutas contribuye a que la población en masa no termine de rebelarse contra el sistema impuesto. Puesto que, mientras alguien todavía disponga de unas monedas con las que poder echar un polvo, aunque sea rápido, todavía tendrá algo que perder. Un pedazo del cielo que intentará resguardar del capital, por más que (debido a uno uno de esos contradictorios efectos propios del neoliberalismo), termine por entregárselo directamente a sus manos. Shalam

من تسمّع سمِع ما يكْره

No alcanzaréis la virtud, hasta que no deis aquello que amáis

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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