L’Apollonide

0

Como saben bien los admiradores de Luchino Visconti, es muy difícil captar, retratar la belleza de lo decadente. Casi que que lo natural al intentarlo es hacer el ridículo. Por ello continúan sorprendiendo los logros conseguidos por tantos de los artistas de fines del siglo XIX, capaces de dialogar con la decrepitud, la muerte y el anochecer y describir elixires, placeres y visiones de almas y animales errantes. Más difícil todavía, convendremos, puede ser intentar captar un siglo después cómo es que se respiraba, olían los perfumes y a qué sabían los cigarros en el París inmortalizado por Baudelaire y Rimbaud. Para ello es necesario ser inmensamente atrevido y valiente y tener un ánimo lo suficientemente pausado para no caer en la truculencia o el impresionismo fácil. Razón por la que me parece necesario reivindicar una película tan atípica en los tiempos actuales como L’apollonide: un retrato de la vida en un burdel en la Francia de entre siglos (XIX y XX) que le sirve a su director, Bertrand Bonello, tanto para componer una oda a un pasado que se fue como para explicarnos la evolución de un capitalismo suave o moderado (burgués) a otro frenético y salvaje.

De la casa de tolerancia regentada por una Madame a la calle (o mejor, a la puta calle). Ese es uno de los tránsitos de la prostitución en las últimas décadas. Años en los que el cuerpo de la mujer vendido (o alquilado) a cambio de dinero se ha ido objetualizando cada vez más, a medida que la sociedad se despojaba de determinadas costumbres y rituales y se hacía más utilitaria. Queda claro que para Bonello tanto el suntuoso acercamiento burgués del siglo XIX como el actual (marcado por la despreocupación) son igualmente perniciosos. Esto no es lo importante en el film sino el desarrollo de este proceso que nos narra con suavidad y tranquilidad, dejando hacer a sus personajes hasta crear un vaporoso, conmovedor y detallista fresco sobre una época que, lentamente, se desvanece en el tiempo.

Puede costarle al espectador actual empatizar con el ritmo que propone el film de Bonello pero si lo consigue, tomará conciencia de encontrarse ante un obra especial. Pues hay cierta suntuosidad en sus imágenes y un manejo del tiempo proustiano. Más oriental que occidental. Ya que no existe prisa alguna ni en las descripciones ni en las escenas de sexo. Al contrario, hay cierta recreación en la mirada, en las costumbres y actividades cotidianas de ese prostíbulo que termina por transformarse en una especie de recinto místico. Un espacio envuelto en un manto transparente a través del que la vida de un conjunto de mujeres se torna espejo de toda una época, ideología y mundo.

A esto, sin dudas, contribuye la naturalidad con la que diversos referentes artísticos como las pinturas de Paul Klee o Renoir o la ya mencionada obra de Proust y Balzac se integran con las imágenes. De hecho, la cita cultural sirve aquí más para ilustrar, conceder un componente moral y cierto marco de referencia histórico a la obra que como excusa o coartada. Y por ello, las referencias al darwinismo social, la vida disipada de los clientes, las enfermedades y las inspecciones médicas se entremezclan con tanta naturalidad con los corsés, ligueros, baños en los ríos y una serie de escenas sexuales desarrolladas con una languidez y tranquilidad que contribuye a exaltarlas. Al igual que las elipsis, silencios, miradas entre personajes, vestimentas, y esas palabras que se pronuncian entre líneas, contribuyendo a crear un ambiente opresivo, sugestivo y seductor similar a un poema de Verlaine o una melodía de Claude Debussy.

Bonello consigue, en resumen, radiografiar muchas de las causas del actual devenir de Occidente en ese pequeño recinto que retrata con grandiosa, opalescente belleza. Y para ello, incluye canciones pertenecientes a nuestra época que rasgan el terso ambiente de la obra. Por lo que las escenas carnavalescas, la presencia de las máscaras así como la secuencia central  -aquella en que un cliente desfigura el rostro de una prostituta dibujando en su cara una sonrisa trágica- no son únicamente suntuosas ni un baile esteticista más o menos conseguido. Son el más claro ejemplo de cómo el horror y la crueldad han presidido gran parte de la vida privada y pública en Occidente durante las últimas décadas. Son la prueba exacta de que detrás de la racionalidad, como sugería Georges Bataille, se encuentra la animalidad y que la hipocresía y las buenas costumbres sociales, en definitiva, no son más que ardides a través de los que los grandes empresarios, políticos, reyes o controladores sociales ocultan la realidad: que el lobo siempre termina por devorar a Caperucita en las sociedades consumistas (pues, al fin y al cabo, se trata siempre en el capitalismo de consumir y devorar un cuerpo, un objeto, algo, lo que sea…). Y tristemente, el pueblo en su mayoría se encuentra más preocupado por aportar el tenedor y el cuchillo para que el lobo se coma a la niña del vestido rojo que por el asesinato en sí mismo. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Si acumulas mucho polvo puedes crear una montaña

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo