Los inmortales

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Los inmortales era un desenfadado espectáculo visual que pronto se convirtió en un icono de los 80. Casi tanto como los gafas negras del Stallone de Cobra o las camisetas sin mangas de Chuck Norris. En realidad, el gran mérito del film de Russel Mulcahy fue narrar con pasión adolescente una historia inverosímil. De esas que dan para un jugoso cuento breve de ciencia ficción o una lúcida reflexión de Jorge Luis borges pero no están llamadas a cotas mayores. De hecho, los despropósitos realizados posteriormente con la saga lo dejan claro. Los inmortales era una película única e irrepetible por una de esas extrañas combinaciones de azar, pasión y destino. Probablemente porque quienes participaron en su rodaje lo hicieron con entusiasmo juvenil, sin pensar demasiado en el público, divertidos y fascinados de poder rodar una historia más propia de un cómic o una saga fantástica para adolescentes que del séptimo arte.

Los inmortales es una película hija del entusiasmo. Rodada sin miedo al ridículo. Intentando rememorar el espíritu clásico de las viejas novelas de aventuras y al mismo tiempo, captar el espíritu pulp de ciertos relatos fantásticos. Una obra que combinaba el ritmo y estética modernos con los condimentos de los viejos textos épicos y tenía las dosis justas de azúcar para hacer brotar alguna lágrima que otra en el espectador. Desde luego, su tema era fascinante: varios guerreros tienen el don de la inmortalidad y deben luchar hasta que sólo quede uno. Además, el que no se supiera exactamente cuál era el premio para el vencedor de esta rivalidad y por qué o quién la había originado, la dotaba de un halo misterioso que la hacía sumamente atractiva. La misteriosa procedencia, de hecho, de los inmortales hacía pensar incluso que podían ser ramificaciones procedentes del tronco jedi y sith. Porque sus duelos rememoraban tanto los de los samurais como obviamente, los de Star Wars. Lo que colocaba a la película en el centro de las corrientes populares de la época. Aunque sin duda, uno de sus puntos claves era su fascinante banda sonora. Puesto que Michael Kamen, sí, estaba inspirado. Aportaba contención y misterio a las escenas. Pero los temas de Queen eran directamente arrolladores. Cada vez que sonaban en la pantalla, convertían las escenas en pesadillas y delirios. Hacían estallar el cine, transformando las secuencias en emocionantes video clips llenos de tensión y hacían sobresalir a los personajes transformándolos en mitos.

En realidad, Los inmortales lo tenía todo: una historia de amor que terminaba en tragedia y ponía los pelos de punta. Diversión y guerra. El clásico relato de aprendizaje entre maestro y alumno. Leves escenas humorísticas. Y un villano tan carismático, un malo de esos de cuento gótico infantil, que teñía la pantalla de sombras en cada una de sus apariciones y acercaba la película al género de terror. Y por otra parte, la breve interpretación de Sean Connery era realmente memorable. Llevaba la película a otra dimensión y casi que convertía la trama en verosímil. Y por ello, cualquiera de las muchas irregularidades del film termina por ser anecdótica. Olvidada. Puesto que Los inmortales era un desafío. Una asombrosa mezcla de comercialidad, efectismo y locura. La prueba de que el cine adolescente podía ser trascendente y el cine adulto divertido y de que la mayoría de veces tanto las obras de arte clásicas como las de serie B, menores o populares son estados de ánimo. Dependen tanto de la obstinación infantil y la pasión como del talento y la reflexión. Shalam

بيْضة اليوْم خيْر مِن دجاجة الغدّ

El que censura a los demás, indirectamente se alaba a si mismo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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