Los inocentes

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The innocents, la película de Jack Clayton, es una monstruosidad lírica impecable. La obra de arte perfecta del horror psicológico. Una obra psicótica, surreal, sutil, elegante, frívola y malévola que recrea oníricamente el ambiente victoriano y deja entrever todo tipo de perversiones mentales a través del arte de la sugerencia.

Hay que felicitar a Jack Clayton por muchos motivos. Para empezar, por la tranquilidad y serenidad con la que filma. De hecho, parece un sastre que estuviera tejiendo lentamente un vestido y no tuviera prisa alguna por terminarlo. Se sintiera preocupado únicamente en la densidad adecuada de la tela, la colocación de los broches y conseguir los efectos deseados al alargar o contraer sus pliegues. Pero también hay que hacerlo porque, realmente, consigue hacer suya la extraordinaria y compleja narración de Henry James en la que se inspira: Otra vuelta de tuerca. Le es suficiente con filmar a sus personajes hablando, riendo o moviéndose para penetrar en su mundo interior. Consiguiendo preñar de magia cada detalle y escena -basta contemplar los inquietantes créditos iniciales o escuchar la insinuante canción del principio- de esta joya cinematográfica parecida a un nana maligna.

The innocents tiene muchas lecturas, prácticamente Infinitas pero, en ningún momento, juega con el espectador. Más bien, lo que hace es seducirlo. Hacerle el amor suavemente y cuando éste se encuentra confiado, enciende las luces de la habitación donde se ha llevado el acto para que descubra que estaba acariciando un cuerpo diferente de aquel con el que se había acostado.

En realidad, a mí me agrada interpretar esta película como una obra cruenta que pone de manifiesto que la nobleza siempre termina por burlarse de las clases bajas. Elabora guiñoles sociales más o menos elaborados en los que los desfavorecidos tienden a quedar encerrados sin comprender el sentido de lo que viven o desde dónde vendrá el próximo golpe de efecto.

De hecho, si bien el refulgente castillo donde vive la institutriz con los dos niños protagonistas ofrece en un principio visos e indicios de decadencia, finalmente se mantiene impoluto. Es un símbolo indestructible que contrasta con la frágil e inestable psique de una mujer que destruye aquello que ama y desea, no tanto porque lo teme sino porque no puede alcanzarlo. Nunca será suyo. Aunque, ciertamente, la maestría de Clayton nos hace dudar constantemente de los vínculos con el “más allá” de los niños, de si están muertos o han sido embrujados y, por tanto, cuestiona cualquiera de las interpretaciones que podamos hacer.

The innocents es, repito, magia pura. Un fresco surrealista contenido. Un desgarro psíquico que filma el límite entre lo real y lo imaginario con esplendorosa rigurosidad. Una obra que perfectamente podría haber brotado de un sueño de Sigmund Freud y sería delicioso poder contemplar en un programa doble junto a la inolvidable Jennie de William Dieterle.

The innocents es pura perversión. Una orgía psicológica llena de continuas sugerencias sexuales que nunca llegan a realizarse. Una obra incestuosa que provoca pavor sin necesidad de gritos ni sustos. Pues le basta para atemorizarnos con la suavidad con la que la música es introducida en diversas escenas o la candidez con la que los niños miran a los adultos mientras posan sus manos sobre palomas muertas. Shalam

أَدَبُ الْمَرْءِ خَيْرٌ مِنْ ذَهَبِهِ

Las madres de los cobardes ni se alegran ni se entristecen

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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