Los inocentes

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The innocents, la película de Jack Clayton, es una monstruosidad lírica impecable. La obra de arte perfecta del horror psicológico. Psicótica, sutil, elegante, frívola, malévola. Los adjetivos se agotan ante tamaña muestra de destreza que acaso hubiera dado la mitad de un brazo Alfred Hitchcock por dirigir. Porque The innocents combina con una sabiduría diabólica lo gótico con lo moderno, la paranoia y el detallismo con un cálculo estremecedor. Dejando entrever perversiones mentales y anímicas, un mundo entre sombras imaginario (o no) a través del arte de la sugerencia. Un solitario universo de continuas remembranzas que se desliza con idéntica soltura por la escalera del terror surreal, los linderos de la esquizofrenia, el ambiente victoriano o palacios laberínticos mentales, sobrecogiendo por la calculada precisión con que lo hace. Como si su director estuviera tejiendo lentamente un vestido y no tuviera prisa alguna por terminarlo. Estuviera preocupado únicamente en la densidad adecuada de la tela, la colocación de los broches y conseguir los efectos deseados al alargar o contraer sus pliegues. Y desde luego que no tuviera miedo en contarnos una historia que en gran medida se nos ha expuesto muchas veces, porque ha hecho suyos los mundos de Henry James. Ha imaginado en sueños con más potencia y definición que nadie los contornos de unos personajes y la mansión que habitan, hasta convertirlos en realidad. Conseguir que filmarlos hablando, riendo o moviéndose ante una cámara sea en cierto modo penetrar en su mundo interior. Y por tanto, cada detalle y escena esté preñada de magia -desde los inquietantes créditos iniciales o la insinuante canción del principio- e invite a dejarse mecer por los sedosos perfiles de esta joya cinematográfica que cada vez que se la ve, parece emerger de un cofre dorado. Reluce como la primera vez consiguiendo que los destellos de la imaginación, la sabia contención con la que ha sido creada, invadan nuestra mente como una nana maligna. O un jugoso helado entre cuyas montañas de azúcar hay disuelto un peligroso ácido.

The innocents tiene muchas lecturas. Infinitas. Dependiendo de lo que decidamos haber visto. Y sin embargo, en ningún momento, juega con el espectador. Más bien, lo seduce. Le hace el amor con pasión y suavidad y cuando éste se encuentra en éxtasis, le muestra un rostro y cuerpo distintos al que creía haber visto. Tres o cuatro pantallazos de fantasmas (o no) reflejados en distintos espejos y una mirada de amor que se convierte en una de odio o de felicidad indistintamente. El preludio a una pesadilla, una incertidumbre que nos acompañará a lo largo de toda esta obra de arte. Un lienzo gris con tintes opalescentes que me agrada interpretar como una obra cruenta. Un cuadro expresionista que pone de manifiesto cómo la nobleza siempre acabará por burlarse de las clases bajas. Compondrá un guiñol más o menos elaborado donde quedarán por siempre encerradas. Sin saber porqué viven lo que viven o desde dónde vendrá el próximo golpe de efecto. De hecho, si bien el refulgente castillo donde vive la institutriz con los dos niños protagonistas, en cierto modo ofrece en un principio, visos e indicios de decadencia, finalmente se mantiene impoluto en el tiempo. Como un símbolo indestructible al contrario que la frágil e inestable psique de una mujer que destruye aquello que ama y desea tal vez no sólo porque lo tema. Sino porque no puede alcanzarlo. Porque nunca será suyo. Por odio, tal vez confusión o quién sabe si por un embrujo fatal que logra que ciertas actitudes, gestos crueles de los niños ricos se conviertan en estados de posesión catárticos. Indicios de su vínculos con “el otro lado”.

The innocents es, repito, magia pura. Un fresco surrealista contenido. Un desgarro psíquico que bordea el límite entre lo real y lo imaginario con esplendorosa rigurosidad. Una bebida tormentosa que podría haber brotado de una cabezada de Sigmund Freud durante una siesta o entremezclarse con absoluta naturalidad en un programa doble junto a la inolvidableJennie de William Dieterle. Un retrato del tormentoso y casi imperioso discurrir de la vida de la nobleza que hubiera engatusado a Luis Buñuel. Porque The innocents es cualquier cosa menos inocente. Es pura perversión. Un cuento de hadas sangriento donde apenas sale una gota del cuerpo de nadie. Una orgía incestuosa de miradas y continuas sugerencias sexuales que nunca llegan a realizarse. Y la promesa de visitar un mundo eterno que sin embargo, se autodestruye continuamente. Eso sí, casi sin gritos. Ni sustos. Con la suave ternura con que la música es introducida en escenas claves y los niños miran a los adultos mientras posan sus manos sobre palomas muertas. Shalam

أَدَبُ الْمَرْءِ خَيْرٌ مِنْ ذَهَبِهِ

Las madres de los cobardes ni se alegran ni se entristecen

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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