Los odiosos ocho

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Los odiosos ocho es una bomba. Una película que desmonta cualquier código social con un cañonazo. No importan las referencias a otros westerns, la banda sonora de Morricone, y las siniestras alusiones a La cosa de John Carpenter. Esos únicamente son los aderezos, los sellos de autor necesarios para construir un visceral retrato de nuestra sociedad realizado con el estómago, absolutamente certero. Un vodevil despiadado y desolador que actúa como reflejo de la batalla social diaria. No sé si es el mejor film del monstruo de las galletas del cine actual pero desde luego que es el más real. Porque lo que refleja es la verdad. Que la sociedad moderna (o capitalista) es una jungla. Un semillero de desconfianza donde cada uno juega sus cartas no tanto con la intención de encontrar una finalidad personal, un sentido a sus vidas, sino para joder, imponerse sobre el otro. Por lo que resulta lógico que Los odiosos ocho concluya con una matanza colectiva. Sin supervivientes. Si la ley ética que rige la sociedad no es otra que la del enriquecimiento, la acumulación y la del más fuerte, el resultado es el engaño, la trampa y el asesinato. Además del rencor comunitario. La triquiñuela y el fraude como elementos cotidianos. Casi a la altura del saludo, el bostezo o las veces que vamos al baño en un día. Como también es lógico que la venganza se convierta en el más importante medio de correctivo personal. Una religiosa forma de imponer justicia, casi misericordiosa, dentro del desolador páramo social. Un soplo del diablo convertido ahora en instrumento divino para acabar con la podredumbre y la rapiña. Y por tanto, con todo el mundo.

Tarantino refleja eficazmente esa sociedad donde cada individuo se comporta como un abogado. Es decir; escudriñando en el trato cotidiano las carencias de los demás, para explotarlas en un duelo. Transformando cada palabra en una posible amenaza y cada insulto en una bala. Cada frase dicha o no dicha en una granada que puede estallar o no en el campo enemigo. Y una taberna por ejemplo, en un inmenso avispero. Un territorio en el que cada frase podrá ser utilizada en contra nuestra o no. Y nadie será quien dice ser. Nadie actuará con inocencia y sin una carta detrás de su jugada, o en este caso, sin una pistola. Los odiosos ocho está llena de diálogos. De palabras. Pero en este caso, no dicen demasiado. Sí, claro que son magnéticas. Refulgentes. Pero no expresan mucho. No aluden a un hecho concreto sino a la destrucción de la familiaridad. La aniquilación de la amistad. La violencia en este caso no metafórica que hay detrás de cada contrato, apretón de manos, abrazo o beso. El cuidado que debemos llevar al entrar a un despacho o considerar a alguien, un amigo. Pues en esencia, no los hay. El hombre, sí, es un lobo para el hombre y, el mundo, un inmenso océano de desconfianza, trampas, colisiones y choques frontales. Casi un banco de pruebas para la futura, segura estancia en el infierno.

Los odiosos ocho es expositiva. Un arenal de odios sin fin. Un cristal donde se desnuda el alma de Norteamérica entre trallazos de whisky y copos de nieve que tal vez sean una metáfora de lo helado del alma de aquellos parajes. Ese frío que calienta situaciones donde el asesinato, la muerte es la mejor solución. Casi la única salida. Y el timo se convierte en la manera habitual de relacionarse en un mundo donde denunciar al vecino es tan usual como tomar café, las medicinas son drogas duras (o blandas), y el agua es un refresco azucarado jaleado por el populacho que va poco a poco ensanchando las venas hasta fracturarlas; una especie de alien inoculado en lo más profundo de la estructura psíquica, física humana, que invoca una y otra vez las fuerzas del odio y la aniquilación. Provocando que la infelicidad se transforme en la única meta a aspirar. Shalam

 إِنَّ الطُّيُورَ عَلَي أَشْكَالِهَا تَقَعُ

 A quien dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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