Los sueños

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El film, Los sueños, considerado el testamento de Akira Kurosawa, prácticamente su despedida, era una sinalefa taoista de enorme belleza. Una oda a la naturaleza a través de la que el director japonés pretendía ofrecer aliento. Concitar esperanza. Una obra extremadamente preocupada con el desarrollo nuclear y la posible destrucción del planeta de un simpleza arrolladora. Porque el director japonés no deseaba crear complejas estructuras o abordar nuevos horizontes. Pretendía enunciar con la mayor honestidad posible y sin rebuscamientos innecesarios, sus preocupaciones, anhelos y frustraciones. Su temor por el incendiario avance de la sociedad industrial y la desaparición del Japón rural. Y para ello rodó una serie de sueños, ocho, de la forma más honesta de la que fue capaz. Invocando la sacralidad de la naturaleza, la vejez, la niñez y los símbolos arcaicos y ancestrales. Eternos y perdurables. Mezclando magia vital y serenidad con imágenes dantescas que representaban ese posible apocalipsis que lo angustiaba.

Creo que Los sueños explica mejor que la mayoría de las películas rodadas por Kurosawa, su personalidad. Cuáles eran sus ideas. Que su profesionalidad brotaba espontáneamente por su compromiso con todo aquello que le rodeaba. Y desde luego queda claro al contemplarla que para el samurái del cine japonés, una vida únicamente cobraba su auténtico sentido si llegaba a la vejez. Lo que contrasta con uno de los lemas más destructivos del capitalismo. La importancia de morir joven para dejar un bonito cadáver. Una invitación precisamente a lo contrario: envejecer intentando parecer lo más joven posible. Si es posible, convertidos en eternos adolescentes. Precisamente porque es la muerte lo que no se acepta en Occidente. Siendo, al contrario, la experiencia trascendental para la que se estaba preparando Kurosawa mientras rodaba este simple haiku con el que intentaba enraizarse a la vida. Aferrarse, como un fuerte abedul, a las raíces de la tierra antes de desarraigarse para siempre. Convertirse en uno de esos espíritus que no por casualidad, aparecen una y otra vez en su película. Una invitación a la serenidad y recuperar vínculos de hermandad con el prójimo. Conseguir que la experiencia artística mute en amor. Mensaje entregado en botella que indique a la humanidad, las líneas de salvación. La flor que ha de crecer en su corazón para experimentar una vida dichosa.

Se ha leído Los sueños como una epopeya personal que refleja en parte la historia del Japón moderno. El advenimiento de la modernidad, el traumático encuentro con Occidente, la guerra mundial, la bomba atómica, Godzilla y su progresiva deshumanización. Sin descartar esta más que interesante lectura, a mí me gusta verla como una tirada pública de I Ching llevada a cabo por Kurosawa. Un reflejo preciso de su inconsciente antes de emprender viaje a los horizontes lejanos. Un instante de luz en medio de las corrientes que conducen a las fauces de la ballena. La esencia de una aventura que no aspira a la perfección sino más bien a condensar una sensación. Una mutación en medio de las tinieblas. Casi un grito de aliento budista. Una meditación en voz alta. Una petición de auxilio y respeto realizada con desesperación y la convicción íntima de un iluminado. Los sueños, sí, no es exactamente una película. Es un inmenso haiku. Un poema de imágenes que aspiran a ser mensajes. Corrientes de agua introduciéndose en las venas de arena de los seres humanos. Un poético ajuste de cuentas, horas antes de atravesar el más allá y responder con los actos de toda una vida, si las cuentas kármicas se encuentran resueltas o no. Y conocer si se renacerá convertido en un olivo, un niño santo o en polvo transportado por las alas amarillas de varias mariposas.

Los personajes de Kurosawa se preguntan una y otra vez qué es lo que están sucediendo. Sufren, son dañados. Se encuentran siempre en un proceso de crecimiento y maduración, salvo cuando alcanzan la vejez que para las culturas asiáticas, es símbolo de plenitud. Desarraigo consciente. Y lucidez no tanto relacionada con la inteligencia, sino con la experiencia. Es decir; plena sabiduría. Los sueños, sí, es una obra de arte sabia porque Kurosawa no la hizo para inventar el cine, corromperlo o transformarlo sino como si fuera una carta llena de amor y compasión destinada a sus hijos y nietos. Exactamente, Los sueños no es cine. Y probablemente no sea arte. Es una voz serena -la del anciano del último sueño (el único que parece además real)- sugiriendo mientras se mece la barba y pone sus pies a remojar en el agua fresca del río, qué actitud debemos tener los seres humanos para conseguir morir en paz. La dicha máxima. Shalam

إِذَا هَبَّتْ رِيَاحُكَ فَاغْتَنِمْهَا

Algún dinero, evita preocupaciones. Mucho, las atrae

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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