Maligno

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La vida de Christopher Lee fue una novela. Una de las más interesantes del Siglo XX. Tenía sangre de reyes, raíces nobiliarias, antepasados que habían sido estrellas de la ópera, padrastros millonarios, la sombra de un ancestro como Carlomagno persiguiéndole y un primo cuyo nombre era ni más ni menos que Ian Fleming. Se educó en las mejores escuelas pero pasó apuros económicos y fue humillado por sus compañeros de clase. Manejaba varios idiomas.  Era un deportista nato. Mató a varias personas durante la Segunda guerra Mundial. Participó en operaciones secretas de espionaje. Persiguió a nazis exiliados. Encontró en el golf un refugio espiritual. Amaba el hard rock. La música sinfónica. Grabó discos con Manowar y Rhapsody. Era un devoto del ocultismo. Poseía una voz que hacía retumbar las habitaciones. Convertía una conversación vulgar en un encuentro con la Esfinge. Un drama metafísico. Y participó en más de doscientas películas. Fue Drácula. Es Drácula. Será siempre Drácula. Pero sobre todo, fue una personalidad magnética. Alguien que trascendía el oficio de actor. Porque un año de la vida de Chistopher Lee valía por diez de una persona normal. O por veinte.

A día de hoy, parece mentira que los estudios de la Hammer y el mundo del cine en general encasillaran durante más de una década a Lee en su papel de Drácula. Aunque resulta comprensible porque el actor británico llevó al mítico vampiro a otra dimensión. Bela Lugosi fue el primer gran Drácula. Fue el primer molde. La primera estatua viva. Pero su imagen estaba unida al blanco y negro. A otra época. Sus rasgos magiares dotaban a su personaje de una aureola mística y exótica. Pero la técnica no le benefició. Lugosi era soberbio pero hierático. Pertenecía a otro mundo. Era una sombra majestuosa pero una sombra al fin y al cabo que, pasado el tiempo, infundía más respeto que miedo. El Drácula de Lugosi era un coche elegante bien conservado pero antiguo que no se podía usar para ir por las enormes autopistas de los 50. Se necesitaba desesperadamente una nueva imagen. Una actualización del personaje. Y ahí apareció Lee.

Si hoy en día verlo interpretar al monarca de las tinieblas todavía provoca pavor, podemos imaginar lo que supondría en su momento. Christopher Lee dotó al personaje de mayor profundidad. De una psicología retorcida. De un carácter maquiavélico. Acrecentó su elegancia. Y combinó perfectamente el lujo con el pavor. Creó, sí, un Drácula moderno. Un Drácula que jubiló para siempre a los de la era del blanco y negro y aún hoy no ha superado nadie. Lleno de todo tipo de matices.

Su Drácula era buen conversador, galán y caballero pero cruel y refinado. Alguien sofisticado y malévolo. Guapo y morboso. Poseía la ambigüedad justa para ser un icono de terror eterno. Para no pasar nunca de moda. Ser siempre moderno. Y lógicamente, el público enloqueció con él. Miles de personas gritaron angustiadas en los cines. Comenzaron a ver al conde Drácula en pesadillas, a tapar los ojos de los niños cuando aparecía su imagen en pantalla y se produjo un revuelo inmenso que convirtió sus filmes de terror en un entretenimiento popular pero, eso sí, peligroso. Porque nadie quedaba indemne ante ese vampiro humano que convirtió a Lee en una celebridad absoluta. Y provocó que la Hammer intentara repetir el éxito hasta la extenuación llegando a poner en peligro la salud mental del actor y a prueba su paciencia además de la dimensión mítica de la que había dotado al personaje. Ese inmenso carisma que provoca que aún hoy en día el rostro de Drácula sea el delgado y filoso de Lee.

Pero obviamente, Lee era mucho más que Drácula. Bueno, en realidad, era mucho más que la mayoría de seres humanos. Para empezar, sabía guardar un secreto. Mantuvo siempre un prudente silencio sobre las misiones que llevó a cabo durante la Segunda Guerra Mundial. Algo que dotó siempre a su figura de un enorme misterio e infundía confianza en su persona. Y creo que utilizó para mejorar sus prestaciones como intérprete porque, como los grandes actores, Lee no necesitaba hablar para transmitir sensaciones en pantalla. Para sugerir tormentos internos e infiernos profundos. En La Momia por ejemplo, tan sólo le bastaban sus ojos para convocar volcanes y fuego. Y por lo general, su rostro hierático y profundo advertía al espectador inmediatamente de que se encontraba frente a un señor que había traspasado la frontera del más allá. Lo que provocaba que sus malos no cayeran en la vulgaridad. No fueran soeces. Incluso los más salvajes, poseyeran un toque sofisticado.

Lee poseía un aura de inteligencia diabólica a su alrededor. De vetusta e innata elegancia. Y por eso a  nadie desde luego le hubiera extrañado que fuera lector de William Blake, estuviera vinculado a una secta masónica u ocultista, realizara sesiones de guija de tanto en tanto en mansiones de nobles teósofos o incluso que en su habitación se encontrara una ventana con vistas al infierno y no se acostara sin realizar una pequeña ofrenda a Mefisto. Pues al menos esos hechos hubieran explicado los motivos por los que cuando interpretaba a un ciudadano enloquecido o al frenético jefe de una secta lo hacía tan bien. Resultaba tan creíble. Tan natural y espeluznante.

Ciertamente, Lee era un hombre que parecía convivir con lo oculto. Estar iniciado. O al menos lo aparentaba. Disfrutaba provocando todo tipo de ralas sensaciones en la mente de sus espectadores. Cada palabra que pronunciaba era un símbolo y cada una de sus miradas una puerta a una dimensión angosta. Una meditada cabalgata por el delirio. Una invitación a probar el veneno de las logias. La cábala dionisíaca. Una puerta hacia el absoluto.

Los matices de su rostro así como los personajes que interpretó, lo convirtieron en una de las imágenes del mal. O más bien, en un elegante señor del mal. Un conde. Un mago. Un guardián negro de un antiguo rey. Algo que él se tomaba con amplio sentido del humor. Pues si de algo andaba sobrado era de clase e ironía. Como prueban sus colaboraciones con Jess Franco, disfrutaba parodiándose a sí mismo consciente de que poseía un talento superior.

De hecho, estaba tan sobrado de carisma que podía interpretar todo tipo de papeles. Encarnó muy meritoriamente a Sherlock holmes y hubiera sido un rey Arturo glorioso. Pero también hubiera podido realizar magníficas interpretaciones de las obras de Shakespeare. Y, de estar vivo y haber aparecido en Juego de Tronos, hubiera hecho arder definitivamente la serie. Hubiera puesto a la casa Targaryen y la Lannister a sus pies. Pues, en realidad, era un caballero de otro siglo. Un hombre educado en valores medievales que parecía haber firmado un pacto fáustico en algún momento de su vida, que no alcanzó el título de sir por casualidad. Aunque no obstante, comprendía perfectamente nuestra época. Tenía la capacidad de trascenderla.

Ciertamente, la palabra modernidad junto a Christopher Lee no revelaba urgencia ni prisa. Ni tampoco novedad. Porque le bastaba sentarse elegantemente para transmitir serenidad y orgullo. Detener el tiempo. Convertir por ejemplo un hospital en una antesala del cielo y hacer pensar al verlo pasear por las calles de Nueva York en las de una urbe bíblica. Consiguiendo con su mera presencia unir lo antiguo con lo nuevo, como demostró sin ir más lejos en su apabullante interpretación del conde Dooku en dos de las precuelas de Star Wars.

Christopher Lee nunca cesó de trabajar aunque, como todos los seres humanos, tuvo altos y bajos. Durante los 80 y principios de los 90 pasó una época de vacas flacas artísticas (que no laborales) la cual no obstante, le sirvió para crecer personalmente. Pues era muy consciente de que el cine era tan sólo una faceta de la vida por más que cuando logra ser arte, imita y casi que supera a la vida. Pero finalmente, varios directores salieron en su rescate -y a pesar de que lamentablemente no llegó a realizar ningún cameo en un filme de Tarantino- se fue a lo grande.

Su Saruman de El señor de los anillos es ya un icono de la cultura universal. Y creo que, como su Drácula, se mantendrá grabado en el inconsciente colectivo durante mucho tiempo. Sus discos de heavy metal no eran sin embargo sobresalientes porque en realidad, eran monumentos. Mensajes a través de los tiempos a su antepasado Carlo Magno. Una forma de ponerse en paz con su origen antes de morir. Y sus apariciones en los filmes de Tim Burton añadieron nuevos matices y retruécanos a las facetas interpretativas de un hombre que nació destinado a convertirse en un mito y luchó toda su vida para convertirse en un hombre. No ser absorbido y destruido por su leyenda. Y creo que lo logró. Porque si bien sus personajes transmitían inquietud, dolor e intranquilidad, su personalidad irradiaba serenidad. Honor. Calma. Pero no una calma momentánea sino perenne. De siglos. Inmortal. La misma que esparcen las viejas espadas y algunos poemas épicos de la cultura occidental a su alrededor o la palabra héroe apareciendo a mitad de la lectura de un poema de Jorge Luis Borges. Shalam

إنه مجنون الذي لا يفعل أشياء مجنونة

Está loco quien no hace nunca locuras

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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