Mártires

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Es difícil no hablar de una película como Martyrs después de haberla visto. En este sentido, su director, el francés Pascal Laugier, desde luego que consigue su objetivo. Hay que aludir a su obra sí o sí ya sea porque nos haya sobrecogido o nos hayamos sentido rechazados por su propuesta intensa y extrema hasta límites escasamente concebibles. Tanto que me resulta difícil tomármela en serio al menos como un film. De hecho, la considero más una performance sobre el horror -comparable en varios aspectos a la realizada por Michael Haneke en Funny games- que una película clásica, puesto que es en el formato libre donde creo que alcanza toda su expresividad y sentido. La veo más como una puesta en escena autoconsciente de su locura que invita al espectador a traspasar la cuarta pared que como una pieza de arte tradicional que busca asfixiar y aterrorizar al espectador.

Esto es algo que no es en absoluto extraño dentro de la cultura francesa dado su grado de sofistificación racional. Tanto las películas de Alain Resnais, Jean Luc Godard o Alain Robbe Grillet como las novelas de Georges Perec y Le Clezio o los ensayos de Giles Delleuze o Jean Baudrillard entre otros muchos nombres, aun de manera diferente, testimoniaban este fenómeno. Conducían al límite la representación, el lenguaje, la imagen, la narratividad o el pensamiento. Y en muchas ocasiones, los destrozaban en vivo y en directo adoptando un nihilismo necesario para hacer respirar obras de arte contaminadas, abatidas por el peso de siglos de cultura. Una cultura, en el caso de Francia, hiperracional y cartesiana sin conexión con la tierra y probablemente tampoco con los cielos, que se alimenta de simulacros de realidad, que estos y otros artistas recreaban manipulándola o incineraban, removiendo constantemente sus dobleces para conseguir resucitarla con el fin de que conmoviera a un espectador ya experto, en absoluto empático y perdido en los confines de su masa encelográfica.

Creo que los puntos de partida de Martyrs son los anteriormente citados. Ocurre que al tener que aplicarlos en este caso a un género como el de terror que de por sí desborda y despide emociones y tensiones extremas, Pascal Laugier se verá obligado a llevar su propuesta a límites prácticamente inconcebibles de horror para ofrecer vitalidad a una obra que exhuma exhibicionismo por todos sus poros. Un intento frenético y exagerado de llamar la atención de todas las formas posibles que me parece que se explica debido a la cultura de la irrealidad extendida en Francia. Un país donde el foso entre las palabras y el mundo se hace día a día más grande, exigiendo rellenarlo a la desesperada para conseguir construir puentes de diálogo entre los componentes de una cultura que se diría, está muerta o al menos trabaja para la muerte y con la muerte. No emite rasgos vitales y hay que reanimarla y llevarla al confesionario que es lo que hace el director galo en cierto modo aquí. Ponerla ante el espejo y comenzar a golpearla, torturarla, a ver si despierta de alguna forma teniendo en cuenta que el enfermo está convaleciente.

Es con esta clave por ejemplo que leo la fallida historia de la secta que desarrolla la película. De hecho, entiendo que el interés de los señores burgueses por descubrir aquello que se halla más allá de la muerte, es un símbolo de una cultura condenada a perecer, decadente, como el realizador francés se encarga de certificar con el suicidio final de la señora que logra conocer este secreto. Y, desde este punto de vista, las torturas, los bailes de sangre, los gritos, las coreografías de ballet, las confusiones esquizofrénicas, el dolor, la lucha, la violencia ilimitada no son, me parece a mí, sino rasgos de esta amarga y apática realidad de la que surge. Un baile sangriento que intenta desesperadamente golpear la pantalla y abrumar al espectador que funciona mejor como símbolo de impotencia que de rebeldía. Se comporta  y actúa como podría hacerlo una mosca a la que le hubieran cortado la alas o un león sin alguna de sus piernas condenado a revolverse furiosamente ante la morbosa mirada de sus captores en una jaula sin poder hacer nada. Absolutamente nada más que automutilarse que es lo que en el fondo realiza Laugier. Autoflagelarse recordando y citando entre líneas los martirios de Juana de Arco y otras santonas con el fin de encontrar un aire puro que esta realidad y vida le (y nos) esconden. Con la necesidad de cubrir de mierda la poesía y la realidad para lograr estallidos de rabia y miedo en un espectador al que no se le da respiro y casi que se le pide que o bien participe activamente en la tragedia o salga de ella absolutamente descompuesto por sus sádicos planteamientos. El daño y saña con las que realiza una incisión en una pantalla que se transforma por momentos en lo más parecido que he visto en años al ojo rasgado por un cuchillo de El perro andaluz. Una tormentosa catarsis de dolor en continuo crescendo.

Valga, en cualquier caso, el ejemplo de Martyrs para recordar que la vida está repleta de paradojas. Decía Ernesto Sábato, que sólo en un país tan racional como el francés podía haberse desarrollado el surrealismo como lo hizo. Pues se necesitaba un estilo artístico que pusiera la réplica al racionalismo desmesurado. Y me parece a mí que a propuestas como la de Martyrs o Holy motors de Leo Carax, se le puede aplicar perfectamente esta sentencia. De hecho, no he podido evitar comparar las dos películas estos últimos días. Pues ambas me parecen no ya un comentario sobre otro comentario o una cita a pie de página, que es lo que son muchas obras de Godard, sino como he indicado antes, una performance en toda regla. La performance de un cadáver levantándose de la tumba, el cual, por tanto, no necesita ni tiene porqué dialogar, salvo momentos determinados, con el lenguaje que manejamos cotidianamente.

Creo que en el fondo esto es lo que nos propone el más radical e incomprendido a la par que sugestivo cine francés actual. Radicalizar la imagen desde la muerte. Una celebración de la vida desde la tumba. La posibilidad de ver desplazarse a un cadáver y por tanto saltar y romper todas las reglas existentes. Aunque por supuesto, habría que matizar. Si en Martyrs asistimos a un grito lleno de desesperación, el de Holy Motors es mucho más lúdico sin dejar de ser hiriente. Carax se ríe de la realidad desde el cinismo. La mira como quien no tiene la certeza de estar muerto. El señor que reconoce su aburrimiento y se despereza sin rubor a ver si consigue provocar una reacción en su público. Monta un circo para mostrar el diálogo continuo de sueño y realidad. Y traspasa los límites de la pantalla y el videojuego para corroborar que la diferencia entre la ficción y la vida real ha dejado de existir hace ya mucho tiempo y no tiene sentido alguno seguir respetando este absurdo límite. Y verdaderamente, lo que sucede a continuación, tras estas reflexiones, es arte puro y delirio, un cocktail macabro y hermoso entre el cine de arte y ensayo, el comercial televisivo, las películas de fantasía y ensoñación, el videojuego o el animé, que entiendo que hay que alabar por lo inesperado y atrevido; por atreverse a sacar y jugar y apostar con la carta del loco sin importar qué puedan decir los críticos o espectadores; por disparar contra sí mismo y contra todos con balas cargadas de belleza e irracionalidad condenadas a provocar odio y resentimiento y entusiasmo y admiración a partes iguales. En suma, por conseguir que el esqueleto de un pueblo muerto y el fantasma de todo un continente reviva y camine portando de nuevo una antorcha encendida por la que revolotea aquel espíritu de la libertad al que Luis Buñuel dedicara una de sus mejores películas. Shalam

لِكُلّ شمْس مغْرِب

 Ojo por ojo y el mundo acabará ciego

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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